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La agenda de Trump con gran impacto en la isla

Puerto Rico debe afinar oídos ante el Mensaje del Estado de la Unión pronunciado por el presidente Donald Trump. La atención aguda debe centrarse, no solo en el significado de la breve mención de Puerto Rico durante el discurso, sino en el efecto local de las políticas domésticas e internacionales adelantadas por el presidente.

En su alocución de alrededor de 80 minutos, Trump mencionó a Puerto Rico junto a Texas, Florida, Luisiana, California e Islas Vírgenes, impactados por desastres naturales recientes. Esa corta referencia evoca el trato desigual del gobierno federal hacia Puerto Rico durante la emergencia ciclónica. La mención hizo eco a su corta visita a la isla tras el huracán María: “Estamos con ustedes, los amamos y lo haremos juntos”.

Con la mitad de la isla aún a oscuras, en el apagón más largo en la historia de Estados Unidos, Puerto Rico necesita más que las simpatías presidenciales. Requiere respeto. Los más de tres millones de ciudadanos estadounidenses que viven aquí necesitan que se honren sus derechos.

A Puerto Rico le urge que se materialicen las circunstancias para que el gobierno federal libere el préstamo autorizado por el Congreso para atender la emergencia. Necesita fondos que permitan proveer servicios médicos, amenazados por una nueva reforma de salud federal.

Cada uno de los planes mencionados por el presidente en su alocución del martes impactará a la isla.

Puerto Rico conoce en carne propia, porque ha perdido miles de hijos en guerras, las posibles repercusiones de la nueva política armamentista y confrontacional de Trump. Su retórica hacia Corea del Norte siembra en la humanidad temores del desarrollo de un conflicto que otros líderes del mundo han logrado evitar por décadas. Insiste en minar los acuerdos alcanzados por la comunidad internacional con Irán, entre otros.

Propone retroceder a las fuentes fósiles como el petróleo y el carbón para producir energía. Justo cuando sus estados más avanzados, el mundo y Puerto Rico miran hacia las fuentes renovables.

Hoy el planeta es más habitable porque ha logrado derribar muros. Trump insiste en levantarlos. Y evoca un Estados Unidos pasado, que fue doloroso y de cuyas heridas aún intenta sanar.

Con un nivel abrumador de desaprobación de los estadounidenses y un nivel de credibilidad bajo, Trump insiste en colocarse de espaldas al mundo. En su visión aislacionista, llama enemigo al que disiente. Amenaza e instiga.

En su editorial en respuesta, The Washington Post ha dicho que, bajo la presidencia de turno, la capital federal está más paralizada que nunca por el partidismo y la corrupción.

Puerto Rico conoce de cerca las graves consecuencias de ambos males. Partidismo y corrupción han empujado a la isla al abismo del que necesitamos salir. Ambos crecen y se fortalecen con la dejadez de los ciudadanos. La indiferencia es cómplice de esos patrones que corroen a la sociedad.

Por el contrario, la participaciónactiva, consciente e informada son antídotos contra tales plagas.

Los ciudadanos estadounidenses que residen en Puerto Rico no pueden votar en las elecciones de Estados Unidos, pero pueden activarse para incidir en sus resultados. Mediante campañas, cabildeos y la movilización de sus familiares en la diáspora pueden hacerse sentir.

Aquí, corresponde diseñar y ejecutar estrategias para que esas políticas federales favorezcan o tengan un impacto menor en la isla. Trump ha prometido $1.5 trillones para reconstruir la infraestructura. Y Puerto Rico debe acelerar motores para procurar una partida justa.

Desde la diáspora, la activación electoral de los puertorriqueños les da fuerza política. Desde la isla, urge desarrollar una agenda propia que dependa menos de los vaivenes en Washington y más de la productividad local y la exportación.

El presidente Trump anunció el martes la ruta que tomará este año. Que los impactos de las medidas que adopte sean más o menos, positivos o negativos para la isla, depende también de nosotros los puertorriqueños.

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