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La educación de primera maximiza el desarrollo

Si algo ha quedado claro con las crisis multidimensionales que atraviesa Puerto Rico es que falta una política social comprensiva y coherente que tenga la educación como eje de desarrollo.

Progresar conlleva desarrollar estrategias coordinadas que cierren la brecha de la desigualdad y propicien que los ciudadanos alcancen su máximo potencial. Como motor de movilidad, la educación es piedra angular de cualquier proyecto de evolución radical y duradera. Sin una política social integrada, anclada en una educación de excelencia, el crecimiento económico proyectado mantendrá a la mitad de la población en la pobreza.

Expertos concluyen, por ejemplo, que las decisiones sobre la transformación del sistema de educación pública deben trascender los criterios económicos. También deben superar la costumbre de adaptarse a políticas federales para las cuales puedan obtenerse fondos. Se requiere, sobre todo, un enfoque pedagógico, que atienda y facilite el desarrollo integral y social de los estudiantes.

Puerto Rico necesita que sus ciudadanos aporten, con sus talentos, productividad y creatividad constructivas. Muchas de esas capacidades, sin embargo, se diluyen en actividades ilícitas que destruyen vidas y el alma misma de nuestra sociedad.

El informe Sistema de Detección Temprana de Desertores Escolares, del Instituto de Estadísticas, revela datos dramáticos. Por ejemplo, los estudiantes bajo el nivel de pobreza tienen 2.3 veces mayor probabilidad de dejar la escuela, en comparación con los estudiantes sobre el nivel de pobreza. Del grupo que deja la escuela, los varones conforman más del 60%, tendencia consistente desde mediados del siglo pasado.

Los estudios establecen que dejar la escuela es una decisión paulatina. El documento incluye recomendaciones para disuadir a los estudiantes en riesgo de una opción que afecta sus vidas y debilita nuestro tejido social. Investigaciones como estas se ofrecen como herramientas al gobierno para que adopte sus recomendaciones en los planteles y guíen la formulación de políticas.

Tampoco quienes logran permanecer en la escuela terminan, muchas veces, con el conocimiento ni las destrezas que le permitan abrirse paso en un mundo laboral que hoy gira en torno a la economía del conocimiento. Ellos necesitan una enseñanza de alta calidad en disciplinas críticas como las matemáticas, ciencias, ingeniería y tecnología que, en todos los casos, deben ser nutridas por las artes liberales. Tienen derecho a que el Estado les provea esa educación sin que medie como condición su origen social o económico. Para ello, el Departamento de Educación cuenta con el mayor presupuesto del gobierno.

Al país le urge que sus ciudadanos adquieran conocimiento de calibre global y sean capaces de transformar para mejorar las condiciones de vida de todos aquí y en el planeta.

Desde el gobierno se expresa igual aspiración. Pero hacerla posible requiere mucho más de lo logrado hasta ahora. Requiere abrirse para acoger datos y recursos como los que ofrecen los expertos en desarrollo humano. Conlleva derribar estructuras burocráticas y mentales para involucrar a padres, maestros, la comunidad y los propios estudiantes en su proceso de aprendizaje.

Implica, también eslabonar las políticas dirigidas a la niñez temprana, a la educación postsecundaria, al fortalecimiento de familias y comunidades. Y a la creación de oportunidades para una fuerza productiva competente y comprometida con las tareas que serán necesarias en el país por levantar. Demanda planes para los diferentes plazos y garantías claras de continuidad, inmunes al partidismo, a la malversación y a la mediocridad.

Bien plantea el Informe de Desarrollo Humano: el ofrecimiento de una buena educación es la mejor estrategia para generar igualdad de oportunidades, al mismo tiempo que mejora la productividad. Y, como demostró el recién divulgado informe de fatalidades asociadas al huracán María, también salva vidas. A menos pobreza, menor será la vulnerabilidad de Puerto Rico a catástrofes, y mayores las oportunidades de maduración social, política y económica.

Generar una política social abarcadora e integrada, con una base educativa de primer orden, equivale a fortalecer la cadena vital que impulsará el progreso de la isla.

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