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La inversión agrícola no debe seguir esperando

Aunque la disponibilidad de alimentos en Puerto Rico no se ha afectado, ni existe ningún indicio de que se pueda afectar a corto plazo por la emergencia del coronavirus, la ansiedad ciudadana vista en supermercados locales durante los pasados días ha puesto de relieve nuevamente una gran vulnerabilidad de la vida puertorriqueña: nuestra excesiva dependencia de la importación de alimentos.

Portavoces gubernamentales, empresarios del sector de comestibles y navieros han dicho con toda claridad que no hay ninguna razón de alarma en cuanto a la disponibilidad de alimentos en los supermercados. Las restricciones impuestas al desembarco de tripulantes de las embarcaciones de carga no afectan el despacho de la mercancía y, por tanto, su disponibilidad habitual.

No obstante, durante los pasados días, los supermercados se han llenado de clientes para comprar productos de primera necesidad.

Esta acción, aunque injustificada, tiene su explicación: tenemos todavía muy fresca en la memoria las dificultades que vivimos cuando la entrada de carga a los puertos se afectó tras el paso del huracán María. Además, todos en alguna medida estamos conscientes de la dependencia que tiene la isla de importaciones de alimentos. Vivimos con el temor de que cualquier interrupción de la normalidad desemboque en escasez de alimentos en los supermercados.

Nunca es un mal momento para recordar que este es un asunto que hace años debíamos haber atendido. Diversos estudios indican que importamos el 80% de los alimentos que consumimos. Además, conocedores de la industria de alimentos dicen que en caso de una catástrofe mayor que interrumpa el flujo de carga a través de los mares (lo cual, insistimos, no es el caso ahora), la isla tendría alimentos disponibles para apenas unas seis semanas.

Ese es un escenario del que se ha advertido por mucho tiempo a las autoridades gubernamentales, a los sectores económicos concernidos y a los mismos ciudadanos, sin habérsele encontrado una solución.

Las estrategias para resolver esta situación no son fáciles, pero no por eso deben seguir postergándose. Es necesario, para empezar, fomentar la expansión de la industria agrícola, que, en este momento, aporta menos del 1% de nuestra economía. En la década de 1940, esa aportación superaba el 30%. A medida en que la isla fue estableciendo distintos modelos industriales – el textil primero, el petroquímico después y el farmacéutico en las últimas décadas – el sector agrícola se fue quedando rezagado.

Es hora de volver a darle una mirada seria. Hay, de hecho, ejemplos muy buenos de las posibilidades de este sector, como demuestran las abundantes siembras, incluso para exportación, en el sur de la isla, así como los diferentes esfuerzos de agricultura ecológica, a cargo principalmente de jóvenes emprendedores, que tienen lugar en varias otras partes de Puerto Rico. A nivel familiar, el huerto casero es otra sensata alternativa de sostenibilidad alimentaria.

Como puede verse, la agricultura tiene un gran potencial para la sostenibilidad alimentaria y la actividad económica. No solo nos ayudaría a resolver nuestra gran dependencia de las importaciones, sobre todo en tiempos de emergencias, sino que también puede ser una importante aportación a nuestra economía, que hoy necesita fortalecerse con la diversidad industrial.

La agricultura, además, tiene una gran virtud que casi nunca se mira: es un sector económico en el que más del 95% del capital que lo sostiene es netamente puertorriqueño, según un estudio de 2018 de la firma Estudios Técnicos.

Dice un proverbio chino que el mejor momento para sembrar un árbol era hace veinte años, pero que el segundo mejor momento es ahora. Debemos aplicarnos esa lección con respecto a la agricultura. Ya que no lo hicimos antes, hagámoslo ahora. Mejor hoy, por supuesto, que mañana.

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