💬 0

La niñez tiene que ser puntal del bienestar social

La confirmación de que, entre las jurisdicciones de Estados Unidos, la niñez puertorriqueña es la más pobre, debe asumirse como un llamado urgente a la integración de esfuerzos para la adopción y ejecución de una política pública dirigida a rescatar a nuestros niños de este presente de indignidad y desesperanza.

La política pública a la que aspiramos debe proveer a los menores, desde la edad temprana, oportunidades reales de desarrollo. La meta es convertir a la población infantil en puntal del bienestar social y del valor de los derechos humanos en nuestro país.

La articulación de una estrategia de adecuada atención a la niñez requiere una coalición de los expertos más pulidos en las herramientas que abonen al bienestar de los menores. El tercer sector experimentado en el desarrollo humano y social, y el empresarismo motivador de la juventud, deben acompañar al gobierno en el diseño de la guía para el presente y el futuro de nuestros niños.

Las políticas integradas que liberen a la niñez del subdesarrollo deberán surgir de las propuestas de este junte de entidades. Deben considerarse como esenciales la sólida formación educativa temprana y la apropiada preparación para la vida en sociedad apegada a los valores del trabajo, la sana convivencia y la equidad.

El estudio Kids Count Data Book 2018, publicado por la Fundación Annie E. Casey, arroja un perfil alarmante sobre el estado de la niñez puertorriqueña, sostenido por los informes de los pasados diez años. En 2016, el 84 por ciento de nuestros menores vivía en zonas de alta pobreza y el 56 por ciento bajo el nivel de pobreza. El 53 por ciento vivía con padres que carecían de empleo seguro; el 35 por ciento de los menores de tres y cuatro años no acudía al preescolar; y el 13 por ciento de los jóvenes no acudía a la escuela ni trabajaba. Esto convierte a la niñez puertorriqueña en la más pobre, comparada con la de los estados.

El huracán María destapó esta dolorosa realidad para el resto de Puerto Rico y el mundo. También la acentuó.

La pérdida de viviendas y la condición deplorable en que quedó buena parte de los sobrevivientes, así como las limitaciones en suministros, servicios de agua, electricidad y movilidad, aumentaron la precariedad. También alentaron el éxodo de Puerto Rico.

Entretando, los menores siguen atrapados en las prácticas de dependencia de los adultos que los tienen a cargo y de las ayudas externas. El saldo es la escasa oportunidad real de hacer valer sus derechos fundamentales a una vida con salud, vivienda, seguridad y educación.

Pero es posible liberar a los niños de esta condena prematura e inmerecida, razón de peso para unir fuerzas como país. Como punto de partida para la inversión ordenada y estructurada en la niñez, es necesario poner fin a la pobre sincronía entre las entidades gubernamentales responsables del bienestar de esta población.

Cambiar las condiciones en que vive la mayoría de nuestros niños requiere acceso a educación temprana de calidad como herramienta de integración social. En la práctica, esto debe traducirse en servicios y atención en la primera infancia y en una enseñanza preescolar de excelencia. Para combatir hasta erradicar la pobreza infantil es también preciso que sus familiares adultos desarrollen destrezas y confianza en el mundo laboral. Especial asistencia debe proveerse al alto número de mujeres que crían a sus niños solas. Además, hay que examinar y resolver el fenómeno de deserción escolar que derrota las posibilidades de progreso los jóvenes.

Las soluciones a la diversidad de problemas que minan el desarrollo de nuestra niñez tiene que ser prioridad en los planes de revitalización del país. Puerto Rico necesita reunir ya a las mejores mentes y voluntades para generar políticas y prácticas en beneficio de la edad temprana. Ello es clara condición para el éxito del proyecto del nuevo Puerto Rico.

💬Ver 0 comentarios