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Más interrogantes que respuestas en Cuba

Los cambios esperados en la mayor de las Antillas, con el nombramiento del nuevo presidente del Consejo de Estado de la República de Cuba, Miguel Díaz-Canel, estarán matizados por los estatutos de una nueva constitución en la que, según lo advierte el presidente saliente, Raúl Castro, el Partido Comunista seguirá siendo la única autoridad política y regidor social de los destinos cubanos.

En ese aspecto, no hay un gran salto generacional o que preludie transformaciones decisivas en el futuro inmediato. Ha sido claro el “perímetro” delimitado por Castro en su discurso de despedida, que las promesas o reivindicaciones formuladas por el presidente Díaz-Canel al aceptar su cargo.

Al culminar la IX Legislatura de la Asamblea Nacional del Poder Popular, que marcaba el fin de su mandato oficial al frente del Consejo de Estado -pero no así al frente del Partido Comunista, del que seguirá siendo secretario general hasta 2021-, Castro resaltó la confianza del país en las jóvenes generaciones, personificadas por Díaz-Canel, y en el hecho de que más del 87 por ciento de los miembros del Parlamento nació tras el triunfo de la Revolución.

Sin embargo, dedicó gran parte de su discurso a enfatizar que el gobierno cubano seguirá guiándose por los preceptos ideológicos que han dominado, hasta ahora, su política interna y las relaciones exteriores.

Tiene Díaz-Canel ante sí el inmenso reto de tratar de darle una nueva cara a la sociedad cubana, adelantando las transformaciones que exige un mundo globalizado y tecnológico, pero conciliando sus posturas con una realidad espinosa: ni podrá imponerse al principal aparato político, representado por el Partido Comunista, ni pasar por encima de la poderosa estructura de las Fuerzas Armadas. Será la primera vez que la máxima figura dirigente no estará al frente de esas dos instancias, lo que plantea otras interrogantes.

De hecho, una de las características esenciales del cambio de mando en Cuba es la tácita separación de ese bloque que, durante décadas, ha respondido prácticamente a una sola voluntad, la de Fidel o la de Raúl. Aun así, Díaz-Canel tendrá las manos llenas dándole forma a la actualización del modelo económico cubano, en el que, según advirtió su mentor, se seguirá dando paso al trabajo por cuenta propia como alternativa laboral y como filosofía para vencer “la mentalidad paterninalista”.

Como otras naciones de la cuenca del Caribe, Cuba intenta fomentar, a través de una figura menos comprometida con las rígidas posiciones financieras del pasado, lo que Raúl Castro califica de “muy necesitadas inversiones extranjeras”. Esto va de la mano de otro proceso fundamental para el gobierno en La Habana: “el reordenamiento de la deuda interna con los principales acreedores”. En este aspecto, el Parlamento ha apoyado la ruta emprendida por el ministro de Economía, Ricardo Cabrisas, quien ha liderado el proceso para lograr rebajas al dinero adeudado y plazos más cómodos de pago. Raúl Castro, al despedirse, ha hablado de recuperar “el prestigio crediticio del gobierno”.

Es, sin embargo, la relación de Cuba con su entorno, en especial con el resto de los países de América Latina y los Estados Unidos, la arena en que moverán los desafíos más duros para el liderato de Díaz-Canel. La reciente crisis diplomática causada por los supuestos ataques sónicos que afectaron la salud de miembros de la delegación estadounidense en Cuba, no es la única que ha provocado desencuentros entre Washington y La Habana. Ante el estilo del presidente Trump, corresponderá a su homólogo cubano hilar fino para que no se dañen más las relaciones y, por el contrario, se mantenga abierto el diálogo que permita retomar intercambios y acuerdos migratorios, por el momento estancados.

La gran esperanza para Cuba es que, a medida que su figura se consolide y suelte amarras, el presidente Díaz-Canel propicie una senda democrática para su patria y consiga una normalización que beneficie a todos en la región.

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