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Necesitamos un sistema de salud sólido

La experiencia de los últimos años con la emergencia tras el huracán María, los terremotos y la nueva pandemia del coronavirus ha confirmado las profundas deficiencias y las carencias del liderato del sistema de salud de Puerto Rico.

El colapso del sistema sanitario incidió en las casi 3,000 muertes asociadas al temporal, al punto de que, incluso, fue incapaz de contabilizarlas con rigor científico y disponer de los cuerpos con diligencia y sensibilidad.

Si el huracán María dejó al descubierto la alta incidencia de enfermedades prevenibles entre nuestra población, los terremotos mostraron algunos de sus padecimientos mentales y emocionales. Ambas instancias reflejaron un país enfermo, pese a los miles de miles de fondos que absorbe un sistema de salud insostenible.

Ahora en medio de una pandemia, a estas deficiencias, que aumentan los riesgos, se suma un liderato carente de destrezas para gerenciar de forma proactiva y con determinación e informar con claridad. Esto mina la confianza pública, indispensable en la emergencia.

Hasta el último momento, los portavoces sanitarios negaron que la isla estuviera en riesgo de contagio por la pandemia. Todavía ayer no habían trazado la logística para hacer las pruebas en la isla, pese a que tienen los materiales. Las trabas surgen, en parte, porque la isla depende de las autorizaciones y restricciones que impone el gobierno federal. No obstante, a nivel local tampoco hubo esfuerzos más temprano en la emergencia para coordinar la respuesta con el sector privado.

Puerto Rico necesita que líderes con peritaje, credibilidad y datos claros estén al frente de la emergencia por el coronavirus. También le urge tener en su sitio los planes, recursos y protocolos necesarios para atender y mitigar los contagios. El cambio de dirección y las reuniones con laboratorios este fin de semana da señales positivas al respecto.

El Departamento de Salud tiene que contar con expertos que guíen a los ciudadanos a prevenir la enfermedad y al sector salubrista a estar preparado para una oleada repentina de casos, como las que han registrado otros países.

No obstante, no todas las fallas deben ser atribuidas a una sola administración. Las deficiencias reflejan un problema de fondo que el país deberá atender tan pronto supere la actual crisis. Urge transformar el sistema sanitario de Puerto Rico, que, aún con sus carencias llegó a ser referente de salud pública.

Esta necesidad data de décadas sin que haya habido voluntad por parte de las administraciones de gobierno para transformarlo de raíz. Por el contrario, ha sido utilizado como balón en el tablero político. En nada han abonado, tampoco, las prácticas de abandonar el sistema de méritos para ocupar plazas críticas a base de simpatías partidistas. El sistema de salud necesita que quienes dirijan cuenten con el carácter, las destrezas gerenciales y vocación de servicio público.

La inacción y la indolenciapese al deteriorode la salud del pueblo ha permitido que miles de millones de dólares de los contribuyentes de Puerto Rico y Estados Unidos se diluyan en capas de burocracia administrativa, mientras emigran nuestros médicos y personal de enfermería que hoy le urgen a la isla.

La presente situación de emergencia obligará a todo el sistema de salud, público y privado, a innovar en la misión sagrada de salvar vidas. Ninguna otra consideración puede tener más peso en la acción conjunta. La coordinación y comunicación precisa y transparente son indispensables. Los consultorios médicos, las salas de emergencia, centros de salud y hospitales tienen acceso a información directa de los pacientes y deben asumirse como partes de un mismo ecosistema del que depende la salud y bienestar de todos los ciudadanos.

Nadie hubiese querido llegar al estado de emergencia que hoy vive la isla, como el resto del mundo. Pero esta experiencia debe propiciar nuevas formas de operar de las que surja un modelo de salud humano y justo, que tenga como su prioridad el bienestar físico y mental del pueblo.

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