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Oportunidad de equilibrio político y social en Bolivia

El convulso escenario que presenta buena parte de América Latina, que vive uno de sus momentos más álgidos en la renuncia del presidente boliviano, Evo Morales, debe representar un cambio para reivindicar la transparencia y la justicia que deben fomentar la democracia en Bolivia.

El renunciante líder boliviano podrá alegar que ha sido víctima de un golpe “cívico y policial”, como ha expresado en días recientes. Pero las irregularidades denunciadas en los comicios presidenciales del pasado 20 de octubre eran tan flagrantes, que de él mismo salió la iniciativa de desmontar el Tribunal Supremo Electoral. Con más del 80 por ciento de los votos escrutados, y con una tendencia que aseguraba una segunda vuelta, ese tribunal suspendió arbitrariamente el conteo de votos.

Desde entonces, más de dos semanas de enfrentamientos caóticos han polarizado a la sociedad boliviana. Tratándose de un estado plurinacional, ha habido batallas campales entre poblaciones indígenas que favorecen o rechazan las políticas del ahora expresidente Morales. El desgaste de un tercer mandato presidencial, que prometía convertirse en un cuarto ejercicio al mando de la república, también hizo mella en la popularidad del dirigente. Su obstinación en alterar la Carta Magna, a fin de permitir la reelección por más de dos períodos consecutivos, le ha pasado finalmente factura. Esa forzada continuidad fue recibida con suspicacias por la propia nación aymara, etnia a la que pertenece Morales y en la que ya tenía notables detractores.

Tan temprano como en 2011, Evo Morales había perdido una parte del respaldo en destacadas zonas rurales —que ahora se le han virado por completo—, cuando se empeñó en construir una carretera en medio de un gran parque nacional, bajo control indígena, considerado una importante reserva de agua para las comunidades del lugar. En aquel tiempo, a pesar de su todavía pujante popularidad, los moradores de la zona organizaron una marcha hacia La Paz que terminó violentamente antes de que pudieran llegar a la capital.

Pero quizá uno de los elementos más negativos a la gestión de Morales, que menoscabó su autoridad e hirió los sentimientos de muchos de los 36 pueblos originarios que conforman Bolivia, fue la tibia reacción del mandatario cuando se declararon los fuegos en la región de la Chiquitanía, una extensa llanura boliviana donde se consumieron al menos cuatro millones de hectáreas.

Mientras se producía otro siniestro que devoraba el Amazonas brasileño, y los ojos del mundo se concentraban allá, el fuego boliviano pasaba casi desapercibido. Fue demasiado cerca de las elecciones y la actitud del gobierno, atribuida a su interés por llevar a cabo desarrollos en una zona que los pueblos originarios consideraban de su propiedad, fue el puntillazo que consolidó a la oposición.

No son fáciles los desafíos culturales que representa un estado plurinacional, y ni siquiera la identidad del expresidente Morales, a quienno se le puede negar que su gran conocimiento de la idiosincrasia boliviana, le daba impunidad para conducir al país por un camino autoritario.

Por otro lado, a los levantamientos en Chile; la expectativa que crece en Brasil —con la liberación del expresidente Luiz Inácio Lula da Silva —, y la incertidumbre en Uruguay, que se acerca a una segunda vuelta electoral con la alianza de los partidos conservadores que hacen mayoría, se une la situación cada vez más trágica de Venezuela y Nicaragua, todo lo cual conforma un revuelto mapa de consecuencias aún inciertas. México, incapaz de controlar los episodios más violentos de que se tienen noticia, tampoco es precisamente un faro de estabilidad.

La búsqueda de nuevas formas de entendimiento, sin embargo, mantiene viva la esperanza de que este ciclo de reordenamiento geopolítico y social dé paso al equilibrio. Es preciso rehabilitar los instrumentos de discusión y los organismos regionales, y trabajar por la estabilidad democrática, la protección ambiental y las relaciones saludables entre países.

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