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Persistir juntos en lucha por el bienestar común

Desde el 6 de septiembre, de forma silenciosa, una legión de puertorriqueños trabaja afanosamente para ayudar a miles de damnificados en nuestro terruño, así como en varias islas del este caribeño, con la meta única de propiciar el bien colectivo.

Trabajan energizados por un deseo genuino de brindar auxilio a personas que han quedado sin hogar y sin alimentos debido a la devastación causada por los inclementes vientos y lluvias del huracán Irma. En los primeros días de la crisis, han hecho la diferencia.

Inmediatamente después del paso del huracán por las cercanías de Puerto Rico, centenares de vecinos se lanzaron a la calle a limpiar los escombros. Miles de trabajadores honraron el servicio público al dejar atrás sus propias familias para hacer su parte en las tareas de socorro y recuperación.

Tan pronto trascendieron los informes de refugiados y viviendas destruidas en Culebra, en Loíza, Utuado y otros nueve municipios, y de la desolación que quedó en las islas vecinas, los ciudadanos no escatimaron en llevar provisiones a los centros de acopio. Muchos de esos espacios fueron establecidos de forma espontánea por clubes y ciudadanos propietarios de embarcaciones.

En solo 24 horas, un solo centro recibió 33,000 libras de alimentos y artículos esenciales. La Cruz Roja Americana brindó ayuda a más de 350 familias en 65 municipios, con asistencia financiera, productos de primera necesidad y apoyos de salud mental. Con 200 voluntarios activados, han asistido a unos 3,000 vecinos caribeños transportados al aeropuerto internacional Luis Muñoz Marín y el Muelle 4 de San Juan.

Gracias a que el temporal apenas rozó la Isla con vientos sostenidos de menos de 100 millas, Puerto Rico estuvo en condiciones de recibir a esos miles de damnificados de las Antillas, que recibieron el azote directo del huracán, entonces con intensidad catastrófica. Hoteles de San Juan han abierto sus puertas para acogerlos. Otros son atendidos en hospitales.

Duramente afectadas física y emocionalmente tras sobrevivir un desastre que les será inolvidable, las víctimas del huracán tienen ahora la experiencia directa con el corazón puertorriqueño. Han conocido a misioneros religiosos, empleados y voluntarios de entidades sin fines de lucro y de empresas, a ciudadanos de a pie. Han conocido por ellos al mejor rostro del Puerto Rico que da vida y sentido a los conceptos de hermandad y solidaridad.

Puede que lo dramático de la devastación haga sentir con más fuerza la presencia de estos cientos de ciudadanos laboriosos. Pero muchos están activos siempre. Muchos son parte de los más de 380,000 voluntarios de instituciones sin fines de lucro que asisten y acompañan cada año la superación de unas 700,000 personas marginadas en Puerto Rico, el 20% de nuestra población. Otros tantos sirven desde el sector privado, que ha dicho presente para respaldar el esfuerzo de ayuda coordinado por el gobierno.

Ese es el Puerto Rico que mantiene la esperanza viva en que un futuro mejor, por distinto, es posible. Ese futuro se asoma hoy a través de sus múltiples acciones positivas.

Durante la semana pasada, Puerto Rico ha sido un solo pueblo. Una sola mano extendida a todos los nuestros: boricuas y antillanos. Ha prevalecido la sola voluntad de poner al país de pie y estar del lado de los más golpeados.

En este periodo, han quedado atrás los tribalismos. La magnitud del fenómeno natural y su impacto en la región, deja redimensionadas prioridades y disputas, tantas estériles, de todos los días. Mirarlas a la luz de lo que el país ha sido capaz de hacer en estos días, permitirá ver que muchas de esas pugnas tienen soluciones al alcance del diálogo.

Acojamos ese futuro que invita a entender que todos estamos en la misma cabina de un solo bote, que es el planeta. Permitamos que la voluntad de actuar juntos, unidos en el propósito de procurar el bien de todos, permanezca sin necesidad de que se avecine otra tormenta.

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