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Solidarios con el pueblo mexicano en la adversidad

El terremoto de magnitud 8.2 que estremeció a México, cobrando al menos cien vidas, refleja nuevamente el poder devastador de las fuerzas de la naturaleza que en cualquier momento también pueden manifestarse en nuestra región.

Esta inmensa capacidad de destrucción tuvo manifestaciones múltiples sobre la nación mexicana, cuando en dos semanas recibió el impacto de los huracanes, Katia, de categoría dos, y Max, de categoría uno, mientras apenas comenzaba a calibrar los daños ocasionados por el terremoto en sus poblados más pobres.

Tan solo en el istmo de Tehuantepec, la zona más castigada por el temblor, hubo 800,000 damnificados. En Chiapas se contabilizaron 12,000 viviendas averiadas parcial o totalmente y otras 40,000 en Oaxaca, donde no se descarta que el saldo de muertes sea mucho mayor al estimado preliminarmente.

Los efectos de la intensa sacudida llegaron hasta la capital mexicana, donde extensas zonas quedaron sin electricidad. Fue precisamente esa superpoblada ciudad el lugar más destrozado por otro poderosísimo sismo, en 1985, que causó el colapso de miles de edificaciones y ahora queda como un mal recuerdo, pero importante referente.

Como en aquella ocasión y otras subsecuentes, nos solidarizamos con el pueblo mexicano, del cual tenemos en Puerto Rico una activa y pujante comunidad. En 1985 nuestras brigadas colaboraron en las labores de rescate y un grupo de ingenieros ayudó a establecer las causas de los derrumbes de las estructuras, que todavía radica, como evidencian Chiapas y Oaxaca, en los modos de construcción.

Como parte de nuestra tradición humanitaria es menester ofrecer apoyo en la medida de nuestras posibilidades e incluso considerar otras acciones pertinentes de ayuda desde entidades sin fines de lucro y gubernamentales.

Puerto Rico cuenta con un caudal de recursos humanos y expertos en las labores de búsqueda y rescate que se activa con cada hecatombe, como es la de México, y en las labores de recuperación en nuestro propio suelo tras el paso cercano del huracán Irma. Ambos fenómenos se equiparan por el hecho de ser los de mayor magnitud, intensidad y poder destructivo en sus regiones en cien años.

La Florida, estado que casi un millón de boricuas ha hecho su hogar permanente, recibió el embate de Irma, en categoría cuatro, antes de que se disipara para siempre, dejando un saldo de daños y muertes, aunque en menor grado que en Cuba, donde la devastación de las zonas afectadas fue casi total.

Compartimos como se hace evidente, una zona geográfica, la del Caribe, altamente vulnerable a los fenómenos naturales peligrosos. El aumento en el nivel del mar, la erosión de las costas y la propagación de enfermedades tropicales son algunas de las consecuencias más palpables del cambio climático, pero ninguna augura un peor escenario que el incremento en las temperaturas del océano Atlántico, con su efecto en la formación de ciclones cada vez más feroces. Sumado a ello, por nuestra posición geográfica, al sur de dos placas tectónicas, Puerto Rico ubica en una zona sísmica activa. De ahí que durante los primeros ocho meses del año en curso, por ejemplo, se han registrado más de 2,700 movimientos telúricos de menor escala, según datos preliminares de la Red Sísmica de Puerto Rico, entidad que constantemente nos recuerda que debemos contar con planes estratégicos para poner en vigor en caso de un terremoto.

Las previsiones abarcan desde la construcción de estructuras resistentes, lo que incluye las viviendas, hasta la educación a la población. Los simulacros y ensayos de iniciativas estatales y personales, como la prueba general programada para el 19 de octubre próximo, cobran mayor importancia en la presente coyuntura, cuando los recursos gubernamentales escasean, la temporada de huracanes no ha terminado y la catástrofe en México nos recuerdan la fragilidad de la vida ante la furia de la naturaleza.

Al igual que nos preparamos para un huracán, cuyo impacto puede proyectarse con suficiente tiempo como para hacer preparativos, tenemos que centrarnos en la prevención, en la educación sobre cómo proceder en caso de un fuerte sismo y estar listos para manejar situaciones difíciles e inesperadas como las que al presente viven los hermanos mexicanos.

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