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Tenemos que construir un Puerto Rico sólido

Ante la amenaza de que el huracán María, de intensidad catastrófica, destruya buena parte de la infraestructura de Puerto Rico, una pregunta debe ser el filtro al evaluar los daños que deje el temporal: cómo podemos evitar que el país colapse por semanas y meses tras estos eventos. De la respuesta tienen que surgir acciones.

En medio de la emergencia relacionada al paso de este nuevo sistema, el gobernador Ricardo Rosselló Nevares atinó a reconocer que habrá que reconstruir al país “no igual que antes, sino mejor”. El objetivo es minimizar el impacto de estos fenómenos, que los científicos pronostican que aumentarán en frecuencia e intensidad por el calentamiento global.

Hay estrategias propuestas para que el país se adapte mejor a estos fenómenos naturales. El Consejo de Cambios Climáticos tiene recomendaciones estudiadas y acordadas por expertos de múltiples disciplinas, de todos los sectores. Lo que falta es hacerlas prioridad para proteger vidas y propiedades.

En los próximos días conoceremos el alcance del azote del huracán María a Puerto Rico. Pero la experiencia reciente con el huracán Irma ilustra que no queda margen para improvisar.

Los vientos de Irma, que alcanzaron a Puerto Rico con intensidad de categoría 1, causaron pérdidas estimadas por el gobierno en alrededor de $1,000 millones. Veintisiete municipios fueron declarados zonas de desastre. Más de un millón de abonados quedaron sin servicio de energía eléctrica. El lunes, mientras se declaraba la emergencia por el huracán María, casi el 4% permanecía a oscuras. Cerca de 400,000 abonados quedaron sin suministro de agua potable. El lunes, cerca del 1%, aproximadamente 12,000, recibían los informes sobre el nuevo disturbio, aún sin servicio.

Unas 6,000 personas tuvieron que ser alojadas en refugios. Decenas de familias quedaron sin casas, la mayoría de madera y zinc, afectadas principalmente por los vientos. Esas estructuras son parte de unas 75,000 viviendas que, se estima, están construidas sin permisos. La mayoría en zonas marginadas. Estos hogares de familias que son el rostro de la pobreza y la desigualdad son vulnerables a eventos como los que acompañan al huracán, como inundaciones, deslizamientos y el impacto de los vientos, así como a terremotos.

Las viviendas más modernas fueron construidas bajo el Código de Construcción de Puerto Rico. El vigente, de 2011, establece las bases para prevenir o minimizar los efectos de un huracán en una vivienda ante vientos de 145 millas por hora en ráfagas.

No obstante, se estima que la mayoría fue construida bajo el código anterior que establecía la velocidad de vientos base en 125 millas por hora. El propio Código dispone que el documento se revise cada tres años, para atemperarlo a los nuevos conocimientos y tecnologías. Si algo se reconfirma ahora, es que nos enfrentamos a nuevas realidades climáticas.

Ya la Agencia Federal de Manejo de Emergencias dispone que todo nuevo refugio tiene que diseñarse para cargas de viento de 200 millas por hora. Irma fue un huracán de categoría 5, cuyos vientos sostenidos de más de 185 millas por hora asolaron parte de las Antillas Menores. María se aproxima a la Isla con vientos sostenidos que podrían alcanzar las 155 millas por hora.

La propia naturaleza revela lo absurdo de pretender hacer las cosas como siempre. Son tiempos distintos y desconocidos. La única forma de adaptarse es anticipar ese futuro y sus peores escenarios.

Para eso hace falta pensar distinto. La urgencia real que tiene el país por reactivar la economía no puede resbalar otra vez en el cortoplacismo que ignora consecuencias. Para reconstruir a Puerto Rico, lo urgente tiene que someterse a lo correcto.

Los nuevos proyectos y los procesos mismos de permisos acelerados y las revisiones al Plan de Uso de Terrenos tienen que basarse en cómo mitigan y se adaptan al cambio climático, con un sentido profundo y firme de justicia social. Sobre esos pilares imprescindibles podremos construir un país mejor.

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