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Un nuevo comienzo para Puerto Rico

Ricardo Rosselló ha dado el paso que con toda razón le ha exigido nuestra sociedad democrática: ceder anticipadamente, en beneficio del pueblo, la silla a la que llegó con el favor del sufragio.

Los días tensos que su dimisión tardó, incluso en la hora final con una espera inexplicable que mantuvo al país en vilo por alrededor de seis largas horas, dan cuenta de lo difícil de la decisión.

Al final acató el innegociable y justo reclamo puertorriqueño de abrir la puerta a una gobernanza que asegure dignidad y claridad en su compromiso con el renacer de Puerto Rico.

En este hito en nuestra historia, el pueblo unido ha exigido de manera elocuente a sus líderes que trabajen para el interés colectivo con nuevos estilos. Lo que estamos viviendo es la victoria del reclamo de dignidad de la gente. Es el clamor multisectorial del que la juventud es portavoz principal, decidida a construir el país de igualdad que por demasiado tiempo le ha sido negado.

Amparado en la expresión pacífica, el pueblo ha demostrado su voluntad para transformar el sufrimiento de décadas de corrupción y desatención que llevaron a la quiebra fiscal y económica, a la pérdida de credibilidad y confianza en las instituciones públicas, y a agudos problemas sociales.

La dimisión ahorra las angustias personales y colectivas que acompañan a un proceso de residenciamiento. Permiten que el país se enfoque en su futuro. La agenda es Puerto Rico y su reconstrucción.

El hoy que separa el antes del después en la gobernanza y política puertorriqueñas, reclama claridad de propósito para atender la magnitud de los desafíos fiscales, económicos y sociales que sobreviven al cambio de mando.

Por decreto constitucional, el máximo cargo ejecutivo pasaría a la hasta ahora secretaria de Justicia, Wanda Vázquez. Heredaría el mandato de asegurar la continuidad de la prestación de servicios, la restauración post huracán y la revitalización fiscal de la que depende la economía.

El pueblo exigirá al nuevo liderato no llamarse a engaños haciendo lecturas apresuradas, que huelen a decisiones más interesadas en las elecciones del próximo año que en las necesidades apremiantes de la gente. El país necesita una administración eficaz, con poder de convocatoria transversal, experiencia y conexiones en Washington.

No hay espacio para un gobernador en campaña. Tampoco para políticos con investigaciones en sus espaldas que se aferran a los estilos del pasado. Ese ha sido el contundente mensaje del pueblo a la clase política.

La principal característica del nuevo liderato tiene que ser la generosidad para renunciar a distracciones que minan la capacidad de gobernar un país en quiebra y enfrentado al freno de las ayudas federales. Tiene que poder responder a una opinión pública molesta y vigilante.

En lo inmediato, la nueva gobernación tiene la encomienda de llenar las plazas vacantes en el gabinete con personas de integridad y competencias probadas. Es prioritario ocupar las secretarías de Estado y de la Gobernación, así como los puestos sin llenar en las agencias responsables de la revitalización fiscal, la reconstrucción y el desarrollo económico.

Junto a la persona que ocupe la gobernación, la legislatura tiene la responsabilidad de asegurar que la isla cuente con funcionarios de excelencia responsivos a la gente sin consideraciones particulares y, mucho menos, electorales.

Son grandes los retos de nuestro país. Y requieren atención pronta y coordinada. A punto de cerrar el primer mes del año fiscal, el gobierno debe alinear sus planes con las metas fiscales trazadas. El trabajo colaborativo con la Junta de Supervisión Fiscal es imprescindible para lograr el equilibrio fiscal y la reestructuración de obligaciones, en ruta al desarrollo.

Con datos confiables y mecanismos de control riguroso, hay que recuperar el clima favorable para la inversión. Los procesos de pulcritud y la coordinación estrecha con la Comisaría Residente en Washington deben ayudar a restablecer los puentes de confianza y credibilidad de Puerto Rico con el gobierno federal.

El pueblo ha aleccionado. Quiere dedicación, pulcritud y confianza. Quiere edificar un país inmune a oportunismos, corrupción y demagogia. Estará vigilante y fiscalizador.

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