Las reglas de buen comportamiento que debieran regir en nuestra vida cotidiana se vuelven inquebrantables cuando estamos ahí arriba. (Unsplash) (semisquare-x3)
Las reglas de buen comportamiento que debieran regir en nuestra vida cotidiana se vuelven inquebrantables cuando estamos ahí arriba. (Unsplash)

El suspenso se mantiene hasta que cierran el avión y la ansiedad nos mata.

¿Ocurrirá el milagro de no tener a nadie sentado al lado en nuestra butaca de clase turista? La gente entra a paso lento, tarda minutos que parecen horas acomodando sus petates en el compartimento superior, se sienta donde le toca mientras observa indiscretamente si queda alguna fila de tres libre para abalanzarse antes que el resto, ojea la revista de abordo, juega con la pantalla o chequea si el celular sigue con señal. Los bebés lloran y todo es tensión, y nuestro asiento de al lado sigue vacante cuando ya parece que no entran más pasajeros.

Antes, yo me ilusionaba demasiado rápido y siempre, a último momento, caía un despistado para arruinarme la fiesta con su "29 C, creo que acá voy yo" seguido de una mirada de fuego y desprecio de mi parte. Ahora trato de no ponerle expectativa al asunto y siempre pienso que algún paracaidista inoportuno aparecerá cuando ya estamos por ajustarnos los cinturones.

En mi último vuelo, regresando directo desde Los Ángeles hacia Buenos Aires, la puerta se cerró y en la fila de tres quedó vacante el medio. "Dios mío, ¡que felicidad!", pensé, y a los pocos minutos del despegue cometí la torpeza de extender mis piernas hacia el costado vacío, agarrar la manta y la almohadita que nadie usaba y así tomar plena posesión del asiento del medio. ¿Tendría que haberlo consultado con el pasajero que iba solo al lado de la ventanilla? No sé, pues hasta el momento no existe un manual de estilo de las aerolíneas que regule lo que se debe hacer en estos casos, lo que nos deja varados en una especie de limbo que pasa a regirse por la cortesía, las buenas costumbres o la ley de la selva. En este caso, aunque el instinto hubiera parecido salvaje, me movió el sentido común: mido 6'2" y el pasajero de al lado no pasaba de los 5"6", lo que en mi mente me da derecho a hacer uso y abuso de cualquier ventaja que se presente en esa lata de sardinas que será nuestro espacio de convivencia durante las próximas doce horas.

De la fila de emergencias al asiento del medio

Antes, hace unos años, el ser alto me habilitaba a que me dieran la fila de emergencia o primera fila por default, por una incapacidad física de entrar cómodo en aquel asiento de miniatura. Hoy todo se vende, y esos asientos, además de ser caros, nunca suelen estar disponibles, porque siempre alguien nos ganó de mano.

Nota mental: hacer el check in lo antes posible (las aerolíneas lo habilitan 24 horas antes del despegue) y asegurarse de pagar un asiento bueno en caso de poder hacerlo, o al menos reservar pasillo o ventana sin costo, según nuestras preferencias. Todo sirve, cualquier cosa vale, con tal de no terminar en el infierno que implica haber sido asignado en el -o los- asientos del medio.

Quien muere ahí corre con la peor de las suertes, y está en nosotros ser solidarios con aquel ser en desgracia: cedámosle el apoyabrazos, no lo atravesemos con nuestras piernas y no lo cabeceemos cuando todos duermen descontroladamente.

Charla moderada

El año pasado, volviendo de una viaje de trabajo a Frankfurt, ocurrió una desgracia: quien me llevaba había prometido premium economy, esa nueva clase intermedia que no se reclina del todo como business pero al menos nos hace sentir que por fin dejamos el gallinero como Jennifer López dejó el Bronx. Cumplió con el tramo de ida pero "se colgó" con la vuelta. Estresado como estaba por haber trabajado cuatro días sin descanso en la fría Alemania, llegué al aeropuerto y me encontré con la noticia no solo de estar en turista, sino de haber sido anclado a un asiento del medio en fila de cinco.

Grité, pataleé, actué ataques de pánico, ofrecí pagar la diferencia a premium o lo que sea, pero el avión iba tan lleno que no existían posibilidades de cambio. Enceguecido, hice uso de mi "problema en la rodilla" y mantuve tanto el personaje que casi no me dejan subir al avión por no estar en condiciones físicas de viajar. Reculé y subí, aunque la rodilla me dolía de verdad y una vez sentado, una amable señora argentina radicada en Londres se ofreció a cederme el asiento del pasillo. Su hermandad aeronáutica me conmovió, aunque el precio a pagar fue alto, pues la mujer se sentó a mi lado y puso play a su historia de vida como inmigrante, en una trama que comenzaba con ella viajando de emergencia con la esperanza de despedirse de su padre antes de que partiera al más allá.

Dos nuevas reglas: no contarle la historia de tu vida al de al lado y solidarizarte con el que tiene mal asiento, entra en pánico o despachó el calmante que le deja viajar en paz.

El que avisa...

Hablando de pastillas, además de hacer uso responsable de la medicación y solo tomarla en caso de ser recetada por nuestro médico y en las dosis aconsejadas, si vamos a tomar algo fuerte es importante avisarle al de al lado que estaremos desconectados por las próximas cinco o seis horas, que nos puede pasar por encima si necesita ir al baño y que no se le ocurra despertarnos para tomar el café horroroso que sirven a la mañana. Hace tres meses volvía de Madrid en clase turista (sí, casi ninguna marca o empresa paga ya boletos en business para sus invitados o empleados) y a las pocas horas de despegar una señora que venía a mi lado se descompensó. Todo me resultó tan desesperante que llamé a las azafatas, grité por un médico y cuando vi que la situación se había normalizado, avisé al pasajero que nos acompañaba en la fila de tres que me iba a tomar algo fuerte, porque todo me había puesto muy panicoso y sensible, que esté atento a la señora. El tipo me miró raro y se rió, pero yo sentí que había cumplido con mi deber de buen pasajero al avisar que ya no podrían contar conmigo.

Más paciencia arriba que abajo

Por último, hay que tener cuidado con los ataques de ira, pues cualquier cosa que nos saque de las casillas puede llevarnos al desastre y terminar arrestados como Adam Sandler en la película esa de Anger Management. Es cierto que resulta fácil perder el control en una situación de encierro y desesperación como es meterse 12 horas en un pequeño tubo de metal que mágicamente recorre los cielos del planeta, pero perder la calma nunca es buena idea. Una actriz famosa me contó que una vez la bajaron del avión porque al mantener una discusión con una señora mayor que tardaba horas en subir su carry on la insultó de la peor manera y todo terminó en arresto. Yo una vez tuve una pelea similar y mentí para que todo se terminara antes de los puños. A mí no me arrestaron aquella vez y tampoco lo hicieron hace un mes, cuando partiendo a Las Vegas me confiscaron mi maleta inteligente por tener una peligrosa batería adentro. Toda mi ropa terminó en una bolsa de plástico, mientras yo gritaba y pedía hablar con todos los supervisores posibles. Afortunadamente, me acompañaba un ser conciliador que fue capaz de relajar la situación. Si hubiera estado solo, seguro terminaba arrestado como la famosa actriz, pues las reglas de buen comportamiento que debieran regir en nuestra vida cotidiana se vuelven inquebrantables cuando estamos ahí arriba, a miles de metros de altura, en un pequeño tubo de metal.


💬Ver 0 comentarios