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La expansión de los ferrocarriles y el desarrollo de los nacionalismos corrieron paralelos (y a todo vapor) a partir de principios del siglo XIX. No fue casualidad. El tren sirvió desde muy temprano como articulador de un espacio que apenas comenzaba a considerarse como nacional, y ayudó a que los habitantes de dicho espacio -particularmente los que emigraban del campo a las ciudades- desarrollaran una identidad fundamentada en esa idea. De este modo, el nacionalismo y la tecnología se aliaron para transformar el mundo conocido. Esta tendencia comenzó en Europa Occidental, pero Rusia no tardó en unirse.


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