Hoteles como Mama Shelter son un ejemplo de cómo se puede maximizar al máximo un cuarto de hotel. (Suministrada)

Se los conoce como microhoteles y la fuente de inspiración es japonesa. En ese país, tan afecto al ahorro y al máximo aprovechamiento del espacio disponible, surgieron los primeros hoteles así.

Las cadenas japonesas fueron pioneras en ofrecer alojamiento “micro” para -en un principio- empresarios, que de esa manera ahorraban en los costos de viajes. Pero no son solo los ejecutivos -y sus casas madre, que son las que pagan la factura- los que quieren ahorrar costos cuando viajan.

Jóvenes que aún no han formado familia y que muchas veces cuentan con un presupuesto reducido también tienen interés en poder dedicar más dinero a las experiencias viajeras -salir a comer, recorrer la ciudad, pagar la entrada al museo- que destinar fondos a un lugar que, a menudo, es para dormir, ducharse y desayunar. Para esos y otros viajeros las grandes cadenas de hoteles achican espacios y, por consiguiente, precios.

El diseño de las nuevas versiones que, por lo general, se encuentran en ciudades relativamente caras como Nueva York, Londres y París (aunque también hay en otros destinos) cuida hasta el último centímetro cuadrado, según un especialista en hoteles.

Las habitaciones son pequeñas -normalmente la mitad del tamaño de una típica habitación de hotel urbano, o incluso más reducidas-, con muebles que a menudo son plegables o pueden guardarse, además de baños que suelen tener duchas e inodoros, pero no bañeras. Las televisiones montadas en la pared también ahorran mucho espacio.

Lobby del hotel Mama Shelter, en Lyon, Francia. (Suministrada)
Lobby del hotel Mama Shelter, en Lyon, Francia. (Suministrada)

Para Henry Harteveldt, de la empresa de investigación en turismo Atmosphere Research, el proceso de meter más habitaciones apretadas en un hotel es similar a lo que vienen haciendo las aerolíneas desde hace años: incrementar el número de asientos en un avión y así poder meter a más pasajeros en los viajes. El ejecutivo mencionó que, si bien las tarifas de las habitaciones en los microhoteles y los boletos de vuelos en clase económica a veces son relativamente bajos, son atractivos para los desarrolladores porque la cantidad de clientes potenciales es mucho mayor que cuando se apunta al lujo.

Una habitación en un hotel de este tipo de hoteles “a menudo busca satisfacer las necesidades de las constructoras”, y no el confort de quien los elija para hospedarse, de acuerdo a Stephani Robson, catedrática estadounidense en una escuela de administración hotelera. Para ella, que el tamaño de las habitaciones de los microhoteles sea calificado de “minimalista”, eso no equivale a que sean cómodas o elegantes. Eso sí: “Están muy bien planificadas, y aprovechan al máximo cada centímetro cuadrado”.

En general, los microhoteles actuales tienen habitaciones que van de los 32 pies hasta los 65 pies cuadrados, según la cantidad y el tamaño de las camas. En comparación, una habitación típica en un hotel en una ciudad en Estados Unidos puede tener un tamaño entre 75 y 92 pies cuadrados.

Pero no se trata solo de ahorrar espacio. La fidelidad a una marca o una cadena es algo tan buscado que también estos hoteles buscan ser algo más que ser únicamente una opción para bolsillos magros. Muchos microhoteles cuentan con vestíbulos amplios; espacios diseñados para sentarse a pasar el rato, cenar y beber algo, y llevar a cabo reuniones de trabajo.

Muestra de una habitación en la cadena de microhoteles Arlo. (Suministrada)
Muestra de una habitación en la cadena de microhoteles Arlo. (Suministrada)

Destinos en sí mismo

Los lobbies de los microhoteles a veces exhiben obras de artistas locales; sirven bebidas y alimentos de proveedores locales afamados, y ofrecen actividades para los huéspedes y otros visitantes. Los hoteles de la cadena Mama Shelter, por ejemplo, ofrecen acceso gratuito a juegos como fútbol de mesa. Por su parte, en los microhoteles de Arlo hay happy hour para la desconexión digital, que son gratuitas para los huéspedes y están disponibles para los visitantes por una tarifa.

El hotel 40 Winks, en Londres, es apreciado por su mobiliario, atmósfera y estructura. (Suministrada)
El hotel 40 Winks, en Londres, es apreciado por su mobiliario, atmósfera y estructura. (Suministrada)

Algunos de estos lugares intentan y consiguen ir más allá de lo práctico y barato, y se convierten en un destino en sí mismo. Por ejemplo, 40 Winks, un microhotel en Londres apreciado por su mobiliario, atmósfera y estructura, obra del diseñador David Carter. La experiencia de alojarse ahí es tan codiciada que hay lista de espera para poder ser huésped de 40 Winks, aunque también es comprensible que se genere una cola para poder ocupar una de las dos únicas habitaciones que tiene el 40 Winks. Quedarse ahí cuesta entre $150 y $250.

Cuarto del Hotel Micro, en Estocolmo. (Suministrada)
Cuarto del Hotel Micro, en Estocolmo. (Suministrada)

Otro establecimimento que suele recoger muchos elogios es el Hotel Micro de Estocolmo. Cerca de varias atracciones -por ejemplo, una sala de ópera, el museo dedicado el dramaturgo August Strindberg, la estación central de trenes y la hermosa iglesia de Sankt Johannes- el Hotel Micro será diminuto pero aún así cuenta con un gimnasio, además de vistas que permiten apreciar algunas de las partes más hermosas de la capital sueca.

El Pod, en Nueva York, se ha convertido en un hotel muy popular entre los jóvenes. (Suministrada)
El Pod, en Nueva York, se ha convertido en un hotel muy popular entre los jóvenes. (Suministrada)

También suele recomendarse el microhotel Pod, en Nueva York. Seleccionado como uno de los diez mejores microhoteles del mundo por el medio británico The Telegraph el año pasado, el Pod apunta sin tapujos a los “gasoleros”. Su lema: “¿Qué sentido tienereventar la plata en un hotel si luego no te queda para disfrutar del destino?”

El diseño del Pod es sencillo, las 350 habitaciones parecen más de hostel que de hotel (aunque hay algunas que tienen hasta bañera, por más que tengan dimensiones minúsculas), y una de las atracciones principales es la azotea: ideal para tomar sol de día y perfecta para tragos y socialización de noche. Hospedarse ahí cuesta, dependiendo de la temporada, entre $100 y $150 por noche.

El hotel Tubo, em México, ofrece literalmente habitaciones en unos pequeños cilíndros. (Suministrada)
El hotel Tubo, em México, ofrece literalmente habitaciones en unos pequeños cilíndros. (Suministrada)

En México, en tanto, está el microhotel Tubo Hotel. El nombre no es casualidad. Uno se hospeda, literalmente, en un tubo. Además, dichos tubos de hormigón se encuentran en medio de la naturaleza, cerca del pueblo Tepoztlán y del Parque Nacional de Tepozteco, al sur de la capital.

Los tubos sirven para dormir y descansar. Para ducharse, sin embargo, hay que ir hasta otro edificio. No hay restaurante (sí hay desayuno), pero una de las actividades que ofrece el lugar es clases de cocina tradicional de la zona con una chef. Por lo demás, como dice el propio Tubo Hotel en su web: “Si no encuentras algo interesante para hacer en Tepoztlán, estás en el hoyo guey”.

En aeropuertos

Para los que viajan apurados por trabajo u otras razones hay opciones de alojamiento compacto en varios aeropuertos. Uno de ellos es el de San Pablo, que ofrece pequeñas habitaciones donde descansar durante las escalas largas. En Estados Unidos, en tanto, los aeropuertos de ciudades como Atlanta, Dallas o Filadelfia cuentan con espacios que van de los 8 a los 17 pies cuadrados. Los gestores de esas habitaciones les cobran a los viajantes por períodos de 15 o 60 minutos, hasta una noche completa. Muchas de las habitaciones de algunas de las cadenas tienen duchas, mientras que otras son solo para recostarse un rato en vez de soportar los incómodos asientos que prácticamente todos los aeropuertos instalan para castigar a los viajeros.

Algunos operadores turísticos piensan que el modelo de negocio de los microhoteles sufrirá si la economía mundial se desacelera y aumentan los índices de desempleo. Cuando eso ocurra, razonan, los viajes por trabajo y por placer van a disminuir y eso afectará a los hoteles que apuntan a un público con menos recursos financieros.

Pero otros, con una mirada más optimista, ven justamente en ese modelo de negocios una fortaleza. Incluso si la situación económica empeora. Mientras haya viajeros que consideren que el hotel es, básicamente, un lugar para depositar el equipaje y recuperar fuerzas para seguir la exploración de la ciudad, ese último vaticinio parece tener sustento.




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