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Fraguar un escudo para los de mayor edad es vital

El informe del Negociado del Censo en el cual se registra que casi una quinta parte de la población de Puerto Rico tiene más de 65 años de edad, y la mayoría vive en pobreza, refleja la urgencia de reconstruir el tejido económico y social del país sobre bases distintas a las que imperaron en décadas pasadas.

Datos provistos por demógrafos muestran una realidad que convoca a todos: 75 % de la población mayor de 65 años está cerca o por debajo del umbral de la pobreza; cuatro de cada diez mayor de 65 años vive solo; gente mayor de 75 años tiene en promedio tres enfermedades crónicas. La situación amenaza con empeorar con las medidas anticipadas en el Plan Fiscal del Gobierno de reducir pensiones y recortarles la aportación a los seguros de salud de los jubilados. La realidad demográfica requiere del Estado políticas públicas claras e integradas que, entre otros resultados, atajen la pobreza y protejan a los más viejos. Muchas de esas acciones deben incluso conformar el plan de desarrollo económico.

Más allá de los esfuerzos ante el gobierno federal para lograr paridad de fondos que protejan a esta población, los datos levantan bandera para que todos los sectores reafirmen con acciones concretas la cultura que honra a los viejos. Vale mirar políticas adoptadas en otros países donde esa población disfruta de bienestar. En Suecia, por ejemplo, las personas de 60 años esperan llegar a los 80 en buena salud. La mayoría siente que cuenta con redes de apoyo. Son datos del Global AgeWatch Index de la red de organizaciones HelpAge International. Suecia tiene un sistema universal de salud, otorga transporte y pensiones a los mayores de 65 años, entre otras protecciones sociales. Ese país es referente habitual por sus políticas integradas, niveles de equidad y gobernanza.

En la precariedad local, causadas en parte por políticas cortoplacistas, insensibles y desarticuladas, esas experiencias marcan ruta para progresar. Darle espaldas al envejecimiento acelerado de la población dificulta salir de la crisis. Si no se aborda desde todos los frentes, el problema crecerá. Puerto Rico tiene la capacidad de convertirlo en oportunidad para innovar y evolucionar.

La población mayor de 65 años es heterogénea. La antigua noción de que después de cierta edad alguien deja de ser útil y productivo es obsoleta. Muchos están activos y deseosos de aportar a la sociedad. Por el contrario, la mayoría no puede sostenerse por sí misma, física o económicamente.

Tal diversidad muestra un amplio espectro de oportunidades para generar empleos y proveerles bienestar. Desarrollar adiestramientos, empleos dignos y oportunidades empresariales les abre puertas. Para la mayoría es imprescindible construir infraestructura y servicios que le faciliten la movilidad y la integración a la sociedad. Los más necesitan de forma urgente acompañamiento y servicios de cuido.

El terreno es fértil para la academia y el sector privado. En particular, para el empresarismo social. Ese tipo de empresas, que aporta sensibilidad, es capaz de establecer tarifas justas, atemperadas a las diferencias de ingresos y necesidades de dicha población.

No obstante, el periodo extraordinario que atraviesa el país reclama también que vecinos se organicen en grupos de voluntarios para velar por los mayores. La solidaridad es un componente esencial para que Puerto Rico supere sus retos presentes.

Por otro lado, el cuadro que señalan los demógrafos debe incentivar a la ciudadanía a romper el patrón. La realidad invita a las personas a apoderarse para asumir estilos de vida que prevengan enfermedades y hábitos saludables de consumo y ahorro.

Puerto Rico no puede resignarse a que la solución para sus ciudadanos sea envejecer lejos o pobres y solos. Urge pensar fuera de la caja y sin tabúes, anclados en la cultura de respeto a la dignidad de todos. La tecnología puede servir como aliada. Para que Puerto Rico tenga un desarrollo real y duradero, su nuevo tejido económico y social debe hilarse con acciones que valoren y protejan a todos, incluidos nuestros adultos mayores.

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