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Hablamos de un árbol capaz de proteger las costas del fuerte oleaje, mantener el agua limpia, promover las pesquerías, ser fuente de medicamentos, permitir el desarrollo de arrecifes coralinos y sustentar -todo al mismo tiempo- una diversidad de aves y otras criaturas. Esto sin contar que controla inundaciones y promueve actividades recreativas y hasta científicas.

Nos referimos al mangle rojo (Rhizophora mangle), una de las especies de mangle que habitan en nuestras costas. Pero a diferencia de otras, este desarrolla fuertes raíces de sostén que le permiten colonizar y crecer en contacto con el mar, ya que dichas raíces quedan sumergidas, anclando al árbol al fondo marino.

Su nombre de mangle rojo responde a una sustancia conocida como taninos que produce en su corteza. Este compuesto protege las raíces contra la pudrición y al árbol de infecciones pues es un bactericida natural. En el pasado, dicho tanino era extraído para curar y preservar las suelas de los zapatos y redes de pesca. Al punto que para mediados de los 1800, la cáscara del mangle rojo estaba registrada como un artículo de exportación de Puerto Rico.

Las raíces sumergidas del mangle rojo proveen uno de los habitáculos más importantes y curiosos conocidos en el mundo marino. Se consideran el vivero de los mares tropicales, ya que más del 80 por ciento de los peces que habitan en los arrecifes de coral y otros ambientes marinos profundos pasan parte de su etapa juvenil protegiéndose y alimentándose entre estas. De esta forma, sustentan toda una diversidad de especies y benefician las pesquerías en los mares tropicales. Pero encontramos, además de peces, una gama de organismos que se adhieren en sí a las raíces sumergidas.

Los europeos se maravillaban con las historias que escuchaba de las Antillas, pero de todas, la más impresionante fue cómo era posible recolectar ostras en árboles que crecían en el mar. Precisamente, se referían al ostión de mangle (Crassosstrea rhizophorae), una ostra que crece adherida a las raíces sumergidas del mangle rojo.

A estas ostras le acompañan un sinfín de otras criaturas como esponjas, corales, algas, crustáceos, entre otros. Curiosamente, de estos organismos se han obtenido compuestos medicinales. Por ejemplo, la compañía PharmaMar, en colaboración con la Johnson & Johnson Pharmaceutical Research and Development, anunciaron la producción de Yondelis® (Trabectedina, ET-743); un compuesto capaz de curar diferentes tipos de cáncer.

Este innovador producto medicinal fue descubierto en el tunicado de mangle (Ecteinascidia turbinata), una pequeña criatura gelatinosa que crece en colonias en las raíces sumergidas del mangle rojo.

Los manglares como ecosistema mejoran la calidad de las aguas en la costa. Más del 77% de los contaminantes que llegan al mar son de origen terrestre y un 44% provienen directamente de aguas usadas y de la escorrentía pluvial. Pero las raíces actúan como trampas naturales que retienen los sedimentos. Además, sus raíces inmovilizan contaminantes como pesticidas y nutrientes en exceso antes que lleguen al océano.

Al mejorar la calidad de las aguas en la costa permiten el desarrollo de otras comunidades como los arrecifes de coral y herbazales marinos que dependen de aguas claras para subsistir. Aun más, mejoran la calidad del aire, pues reducen polvos fugitivos y producen oxígeno.

Por ejemplo, en zonas urbanas actúan como amortiguadores de ruido, mejorando la calidad de vida de los ciudadanos y abriendo espacios verdes estéticos para la recreación pasiva, observación de vida silvestre, caminatas y esparcimiento. Finalmente, los bosques de mangle mitigan el calentamiento global pues se estima que absorben anualmente unos 26 millones de toneladas de dióxido de carbono, un potente gas de invernadero.

En términos de ingeniería, los manglares constituyen una alternativa costo efectiva y duradera para controlar la erosión en la costa. Además de retener los sedimentos, amortiguan el fuerte oleaje ya que la energía de una ola puede ser reducida en un 75% al pasar por una franja de manglar de unos 200 metros. Incluso nos ayudan a contrarrestar el ascenso en el nivel del mar ya que pueden acumular hasta 8 milímetros de sedimentos al año logrando ganar -de forma natural- terreno hacía el mar.

Ahora bien, existió y existe la idea de que los manglares son criadero de mosquitos, malolientes y focos de enfermedades. De hecho, la Resolución Conjunta Número 7 del 13 de mayo del 1927 autorizaba al Gobierno de Puerto Rico a vender manglares del Pueblo de Puerto Rico para ser desecados, pues estos se consideraban “altamente perjudiciales a la salud, por ser criaderos de mosquitos y consecuentemente focos de malaria y otras enfermedades” y “terrenos improductivos”.

Tuvieron que pasar 78 años para que se reconociera la importancia de los manglares y su protección quedara plasmada en la Ley Número 60 del 20 de agosto de 2005, que permitió la protección de los manglares y otros humedales.

El Programa del Estuario de la Bahía de San Juan -con la colaboración de su ejemplar cuerpo de voluntarios y colaboradores- ha sembrado sobre 3,000 plántulas de mangle rojo en lugares donde el manglar fue destruido. Es hora de que devolvamos a nuestras costas lo que les fue arrebatado, por el bien y beneficio de ella, su criaturas y de nuestra propia existencia.

(El autor es oceanógrafo y asesor científico para el Programa del Estuario de la Bahía de San Juan).


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