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Una gran pluma lo es, independientemente del género en que se exprese. La mayoría de los grandes escritores que ha dado Latinoamérica también han sido periodistas. Igualmente, qué sería de la tradición periodística en lengua inglesa sin el gran vuelo narrativo de los forjadores del -ya un poco viejo- nuevo periodismo y de sus predecesores como Ernest Hemingway.

El punto es que el romance ha sido largo. Y digo romance adrede, porque lo que hay entre la literatura y el periodismo va más allá del matrimonio. Es una cuestión de amantes. A veces es una relación plácida, natural, otras es inquieta e incómoda, brutal incluso.

¿Dónde acaba la literatura y dónde empieza el periodismo? Esa es la pregunta que incontables congresos, simposios, encuentros, prólogos, ferias y todo tipo de eventos y escritos han tratado de contestar. Por un lado, están aquellos que rechazan toda lectura literaria al periodismo sobre todo por temor a la falta de rigor en la información. Por el otro, están los que afirman que el periodismo es un género literario como cualquier otro y que una escritura que aspire a ser una experiencia estética no cancela su posibilidad de ser rigurosa en su contenido.

En tiempos recientes ese cuestionamiento ha comenzado a responderse a sí mismo en el marco del llamado nuevo “boom” de la literatura latinoamericana. Pues, hace ya unos pocos años que se habla de que la nueva literatura, las grandes historias escritas en lengua española se encuentran en el periodismo narrativo. Antologías de crónicas, revistas que fomentan este tipo de escritura han sido fundamentales en que se fragüe el fenómeno.

Y no es que no se sigan publicando buenas novelas y colecciones de cuento y poesía, es que algunas de las grandes voces actuales se han enfocado en narrar las cosas en ese estilo periodístico que Gabriel García Márquez describió como “un cuento que es verdad”.

Tradición y actualidad

Después de todo es de esperarse, América Latina creció en el periodismo narrativo. Muchos de los principales imaginarios sobre este lado del mundo nacieron en las Crónicas de Indias. Siglos después figuras como José Martí o Rubén Darío ejercieron el periodismo como escritores, con todo lo que eso conlleva. El primero, por ejemplo, describiendo con asombro y detalle estampas neoyorquinas como el puente de Brooklyn y el segundo llevándonos a conocer París en sus “Peregrinaciones”.

Pocos personajes han sido elaborados con mayor precisión que los asesinos de Truman Capote en “A sangre fría” y fueron muchos los que dieron por cierta aspectos de la historia argentina según fueron narrados en las novelas del argentino Tomás Eloy Martínez, “Santa Evita” y “La novela de Perón”.

El puertorriqueño Edgardo Rodríguez Juliá ha contado la “San Juan, ciudad soñada” con tanta imaginación como verdad. Igualmente, voces como el argentino Martín Caparrós nos han llevado a las entrañas de Sri Lanka con laverdad caliente de hechos terribles y la serenidad de la historia que se cocina a fuego lento. Una voz como la peruana Gabriela Wiener ha narrado la sexualidad contemporánea como pocos. El venerado autor polaco Ryszard Kapuscinski nos ha llevado de la mano hasta entender qué es eso de “la guerra del fútbol”.

A esa tradición también pertenecen nombres como Albert Camus, Tom Wolfe, Alejo Carpentier, Mario Benedetti, Juan Villoro, Pedro Juan Gutiérrez, Gioconda Belli, Eduardo Galeano, Elena Poniatowska, Carlos Monsiváis, Leila Guerriero y Gore Vidal, quien falleció esta semana.

Celebrados por la fuerza de sus narrativas y, a veces, cuestionados éticamente, todos estos autores han encontrado su manera de entrelazar la literatura y el periodismo; muchas veces convirtiendo en libros, historias periodísticas que morirían en el día a día de los diarios.

“Todo el lado humanista de nuestra escritura de reporteros radica en el esfuerzo de transmitir la imagen del mundo auténtica, verdadera, y no una colección de estereotipos. Es una de las misiones que tiene encomendada la literatura. Y el arte. Toda manifestación de la cultura”, expresó en vida el maestro Kapuscinski según documenta el seminario en línea “El gran viaje de Kapuscinski”.

Como en toda frontera, sobre esto se ha opinado mucho. Tomás Eloy Martínez solía despacharlo así: “Un periodista no es un novelista, aunque debería tener el mismo talento y la misma gracia que los novelistas mejores”.

Mucho antes y más cínicamente el inglés Oscar Wilde lo describió así: “La diferencia entre literatura y periodismo es que el periodismo es ilegible y la literatura no es leída”. Mientras que para el uruguayo Juan Carlos Onetti “la literatura es mentir bien la verdad”. Mentira y verdad, verdad y mentira, el gran debate entre lo real y lo ficticio, y ni hablar de lo realficticio, así, en conjunto.

La española Rosa Montero no se lo cuestiona. “El periodismo al que me dedico, que es el escrito, de plumilla, de articulista y reportera, es un género literario como cualquier otro, equiparable a la poesía, a la ficción, al drama, al ensayo”, ha dicho la autora.

El tiempo es un factor. “El periodista es sólo un escritor que cuando toma la pluma, no espera en inmortalidad”, ha dicho sobre el tema Hugo Ojetti. O como recoge el colombiano Darío Jaramillo Agudelo en el prólogo de la reciente publicación “Antología de crónica latinoamericana actual” en la que se refiere al texto de Alberto Chillón “Literatura y Periodismo: Una Tradición de Relaciones Promiscuas” en el que su autor alerta que: “el confinamiento de la literatura al ámbito exclusivo de la ficción es insostenible”.

Aunque la crítica se inclina por asignar valores literarios al periodismo narrativo, todo parece indicar que el veredicto queda en manos del lector. A los autores les queda la misma misión sea desde el periodismo o la literatura pues, como diría Kafka: “La literatura es una expedición a la verdad”. Todos, pues, parecen andar en el mismo viaje.


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