

1 de octubre de 2015 - 12:04 AM

Este fin de semana fue Troya. Aun no logro sacar del sistema al susodicho que cual chikungunya me ha provocado dolor de venas y de corazón. Y aunque elevadas dosis de la prosa de Simone de Bouvier y constantes copas de un tinto Pinot Noir han resultado -las lágrimas como Carraízo bajan sus niveles-, aún persiste la tristeza, el desgano y la soledad, propios de un rompimiento no deseado. Eso sí, el apetito se ha magnificado y llueven las bolsas de papitas y las pintas de mantecado. Y con la Navidad a la vuelta de la esquina… pobre de mí.
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