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El cantautor regresa a su adorado pueblo de Mayagüez

Mayagüez - Hay olores y sabores que transportan, y cuando Tommy Torres volvió a probar el mantecado de maíz con canela de la popular heladería Rex Cream, ubicada en la calle Méndez Vigo en el casco urbano de la Sultana del Oeste, cerró los ojos, echó su cabeza hacia atrás y regresó instantáneamente a su infancia.

Recordó que los domingos sus padres les prometían a él y a sus dos hermanas que al salir de la iglesia irían a comprar helados. Así la misa parecía ser más atractiva para ellos.

El cantautor, de 46 años, volvió a visitar la heladería durante un recorrido por lugares que marcaron su niñez y temprana adolescencia, cuando vivió en la urbanización Alturas de Mayagüez. Hacía cuatro años que no llegaba hasta este pueblo costero, pero, según compartió, aquí quedaron momentos a los que suele remontarse por la inocencia y la sencillez que guardan.

“Lo más que me trae nostalgia cuando estoy acá es realmente el área donde vivía, la urbanización Alturas de Mayagüez, la calle Torrecilla. Todos esos tiempos jugando, corriendo bicicleta, repartiendo el periódico, con mis hermanas, con los amigos de la calle; todos esos tiempos traen una nostalgia por cosas que ya no regresan y una inocencia que había para ese tiempo, que para uno el sueño más grande era quedarse lo más tarde posible con los amigos en la calle jugando antes de que tu mamá te gritara ‘¡Tommy, a comer!’”, relató el artista, que este viernes regresa al Coliseo de Puerto Rico con el cierre de la gira “Tú y yo”.

“La vida era otra cosa, porque cuando uno es niño las prioridades son vivir ese momento, y eso se va perdiendo con los años, y es bueno regresar a eso, porque no debería perderse”.

El músico y compositor nació en San Juan, pero al año de nacido ya residía con su familia en Mayagüez. Estudió en la escuela elemental David G. Farragut, cuyo plantel revisitó con El Nuevo Día.

Toda la matrícula de la escuela, dirigida por Sandra Maldonado, lo esperó fuera de los salones y la algarabía se hizo sentir tan pronto abandonó la guagua que lo transportaba.

“Bienvenido a casa Tommy Torres”, establecía un cartel que realizaron los estudiantes y él firmó para el recuerdo.

“¿Así de chiquito yo era?”, se preguntaba él mismo al ver a los niños y niñas tan pequeños, sin embargo en su memoria se visualizaba más grande durante el tiempo en que estuvo en ese plantel.

Torres le pidió a su amigo Michael Iñesta que lo acompañara, y fue él quien mejor pudo traerle a la memoria muchas de las anécdotas y cuentos compartidos desde que se conocieron en el primer grado.

Fue por su amigo que tuvo su primer contacto con un instrumento musical, en este caso el violín, que llegó a estudiar formalmente en la Escuela Libre de Música del mismo pueblo.

“A mí me tuvieron que quitar el violín, y pasó un tiempo que no toqué más música, hasta después en ‘high school’, pero aquí se sembró la semilla, y creo que se notaba ya que la pasión por la música para mí era algo que venía desde pequeñito”.

Volver a la isla es un anhelo constante del artista. No sabe cuándo, seguramente cuando haya cumplido con otros deseos profesionales y personales, y cuando su hija Amanda sea más independiente.

“No tiene sentido para uno pensar que va a pasar la vejez o se va a retirar en otro lugar, si aquí es que está realmente todo lo que a uno le gusta”, afirmó.

Ese amor patrio, compartió, procura extenderlo a su primogénita, fruto de su matrimonio con la actriz Karla Monroig, de quien recientemente anunció está separado.

“Siempre tiene muchas ganas de venir para acá y, definitivamente, es algo que hay que mantenerlo porque es algo muy rico. Además del orgullo como papá de que ella pueda decir que es puertorriqueña, más que nada es muy rico para mí estar en cualquier lugar y poder decir que soy de Puerto Rico porque hay toda una cultura que nos hace especiales, y quiero que ella también sienta eso”, puntualizó.


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