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Son poco más de las 3 de la mañana y llueve. Como si se tratase de un gran escenario, las luces de emergencia iluminan las ruinas de lo que hasta hace menos de 24 horas era un edificio.

Al otro lado de la calle, un escaso público sentado en la acera aguarda en silencio. Esa noche el libreto es un drama de la vida real y todos sabemos el final. “Parece una noche de fantasmas”, comenta alguien. “Los fantasmas no existen”, le respondo. “Huele de nuevo a gas”, murmura luego de un rato la misma voz. “No, no es gas -digo yo- son los muertos”.

Aquella inolvidable madrugada fue la del viernes 22 de noviembre de 1996; la acera, la que está en el vértice que forman las calles Camelia Soto y De Diego, en el casco de Río Piedras.

Unas horas antes -a las 8:30 de la mañana del día anterior- una descomunal explosión convirtió en escombros la estructura que albergaba la zapatería Humberto Vidal, segó 34 vidas, hirió a más de un centenar de personas y marcó a fuego una huella indeleble en la memoria colectiva de nuestro país.

Como suele suceder, cada cual conserva su propio recuerdo de aquella tragedia, de los minutos que precedieron su inicio, del drama de su desarrollo, del sentimiento de fatalidad de su desenlace que se prolongó en la misma medida en la que se fueron recuperando los cadáveres de las víctimas, de las historias de quienes se salvaron por obra del azar, por no haber estado ahí cuando todo indicaba que así debía haber sido, de los testimonios de los sobrevivientes, del dolor de los familiares y amigos que ese día perdieron a alguien.

En realidad no recuerdo lo que hacía en el prólogo de la explosión, pero sí conservo intacto el de su estruendo grave y cavernoso, con una resonancia que pareció dilatarse unos cuantos segundos antes de extinguirse. Vivía entonces cerca del Centro Médico. Poco después comenzaron a escucharse las sirenas. De ida y vuelta. Y los helicópteros. Y las noticias. Y las comparaciones. Con el Dupont, justamente diez años antes. Con Oklahoma y Timothy McVeigh, el año anterior.

Pero, como es usual, los rumores pronto dejaron de serlo. Muchos simplemente se desvanecieron; varios también, no sólo se convirtieron en certezas, sino que con el paso de las horas y de los días maduraron como tragedias. Algunas compartidas, lamentadas en comunión, otras únicas, sufridas en soledad, si acaso no más allá de las fronteras del clan.

La habitual efervescencia matutina del casco riopedrense quedó súbitamente enmudecida por aquel bramido que interrumpió de manera escalofriante la rutina de comerciantes y vecinos, de estudiantes y profesores, de adictos y deambulantes cuya mañana soleada de pronto se convirtió en un cuadro dantesco dominado por polvo, humo, gritos y confusión.

En aquel año Pedro Rosselló era el gobernador “de todos los puertorriqueños” -así dicen algunos con cuestionable generosidad cuando se refieren al inquilino en turno en La Fortaleza- y Bill Clinton el presidente, antes del escándalo con Monica Lewinsky. También Héctor Luis Acevedo era el alcalde de San Juan, Pedro Toledo, el superintendente de la Policía, y Carlos Pesquera el secretario de Obras Públicas.

Aquel día -justamente unos minutos antes de las 8:30 de la mañana- buena parte del medio millar de alumnos del colegio La Milagrosa se preparaba para la habitual mudanza de aula entre clase y clase. Muchos piensan que el nombre de la escuela tuvo algo que ver con el hecho de que ninguno de ellos resultase herido, algo que me pareció inverosímil mientras caminaba por sus pasillos dos días después -el sábado 23- como parte de la cobertura periodística que convirtió a Río Piedras en improvisada sala de redacción para decenas de colegas, en una época en la que las hoy rutinarias transmisiones por celular eran sólo asunto de ciencia-ficción para aquellos con las imaginaciones más desbocadas.

Las asignaciones que planteaba la emergencia desbordaban la cantidad de periodistas disponibles, al menos la de aquellos curtidos en el fragor de la llamada “noticia dura”. Al final eso poco importó. Eras demasiados los frentes que había que cubrir. Lo único que hacia falta realmente era un par de ojos, otro de oídos y saber usarlos a la hora de narrar.

¿La asignación? Esperar a que los rescatistas saquen el primer cadáver.

El recuerdo está intacto: ese jueves llego a Río Piedras luego de la puesta del sol y un caos vehicular mayúsculo me hace caminar varias cuadras hasta llegar a la esquina de Camelia Soto y De Diego. A medida que me acercó, el pulso de la noche -y el mío también- se acelera. A diez horas de la explosión, la magnitud del desastre comienza a adquirir sus verdaderas dimensiones y las perspectivas son desoladoras. No voy a un concierto de la Sinfónica.

La oscuridad domina las calles aledañas -por seguridad, la energía eléctrica ha sido suspendida- y sólo el perímetro del lugar de la tragedia está iluminado por potentes reflectores. Una inmensa grúa sostiene lo que queda en pie del edificio y su sombra contra las ruinas parece la de un animal prehistórico. Pronto comienza a caer una fina y pertinaz llovizna que cierra el círculo a la atmósfera de desolación que tiene en esa esquina su centro de gravedad. Se habla en murmullos, como si se temiese que cualquier palabra enunciada en voz alta bastase para provocar algún derrumbe que termine de matar a alguien vivo aún entre el concreto, o que haga más difícil la recuperación de los muertos.

Poco se hace, si acaso esperar... y esperar. Por el momento cualquier labor de rescate está suspendida. Hay serias reservas ante la estabilidad de la estructura y Pesquera dio órdenes de hacer una pausa, hasta cerciorarse de que es seguro continuar. ¿Cuándo? no se sabe.

“Será que hay que esperar ahora hasta que lleguen los federales”, comenta alguien, mientras el jueves se convierte en viernes y llega una nueva ronda de voluntarios con café y sándwiches.

A esa hora quedamos pocos. Quizá dos o tres periodistas y otros tantos fotógrafos. Nos sentamos en la acera, recargados contra la cortina cerrada de un negocio. No deja de llover. Nos tomamos el café en silencio. Miro las ruinas al otro lado de la calle y trato de imaginar a quienes están atrapados entre ellas y lo que pudieron haber pensado o sentido en ese último instante, justamente cuando dejaron de estar en el mundo de los vivos.

Seguimos en silencio hasta que alguien menciona a los fantasmas y poco después habla del olor a gas. Pienso antes de decirle algo.

Me da un escalofrío: esa noche descubrí cómo huelen los muertos.


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