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Por El Nuevo Día
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Ayotzinapa

Y es que seguimos acumulando topónimos porque no podemos hacer más para lidiar con la catástrofe. Parecería que es sólo cuestión de que un mes se deshaga en otro para que lo que en algún momento fuera nombre de zona geográfica se transforme en talismán, y de inmediato nos veamos, como en tercera persona, agobiados por una tristeza que corta por lo honda, y un golpe de indignación que viene sin héroes ni conciertos. 

 ¿Quién sabe cuál, a la larga, permanecerá con nosotros? ¿Quién sabe cómo se adaptarán los mecanismos de la memoria para bregar con todos estos mapas que apenas podemos ir cartografiando antes de que se expandan, y que nos vienen desde la distancia, sin el suspenso de otras épocas?   

 Aunque, ¿a quién le importa cómo lidiaremos después? Lo que importa, por el momento, es que aquí estamos otra vez, y que ahora tenemos que decir Iguala, o quizás, más precisamente, Ayotzinapa, por eso de no tener que hablar directamente de los cuarenta y tres estudiantes mexicanos de la escuela normal rural del mismo nombre que, primero, fueron desaparecidos tras salir a protestar bochornosas condiciones escolares y que, luego, fueron entregados por la policía misma a sicarios de un cártel sólo para que estos se deshicieran de ellos como sólo puede hacerse a través de esos innombrables aparatos de la narcopolítica.

 A diario percolan detalles cada vez más puntuales acerca del martirio estudiantil y seguimos leyendo, haciendo arder una olla de agua hirviendo que está por rebasarse, porque nos enseñaron que a las cosas uno las mira de frente. Pero entonces me pregunto si en casos como éste, quizás sea más apto cambiar la mirada luego de la primera exposición, permitir que de ahí en adelante el asunto sólo registre en las periferias de nuestra visión, porque ¿qué decir? ¿Qué hacer desde la distancia con excepción de contraernos de dolor, y esperar que no por ello desarrollemos inmunidad? 

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