Mayra Montero

Antes que llegue el lunes

Por Mayra Montero
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Vieques, ¿historia de un secuestro?

Como tantas y tantas cosas en Puerto Rico, el remedio a la transportación marítima entre la Isla Grande y las islas municipio por ahora es difícil, imposible casi. No existen los fondos para comprar embarcaciones nuevas o alquilarlas, y lo que pudo haber sido un formidable sistema de avionetas subvencionado por el estado, como existen en otros archipiélagos, nunca llegó a cuajar porque sucesivos gobiernos se negaron a invertir en eso.

Todo por la corrupción, nadie piense otra cosa.

No fue por dejadez, ni por ignorancia, ni siquiera por desdén a las islas. Fue por la codicia, la que albergaba esa tribu de jefes de transportación marítima, y aun por encima de ellos, otros de mayor rango que cerraron los ojos al pillaje, o participaron ellos mismos del saqueo y la malversación.

Así, a vuelo de pájaro, hay que suponer que, tan solo en ese sector de la transportación, se ha robado de la manera más despiadada, a lo largo de décadas. Se ha abusado dando privilegios a diestra y siniestra. Los dineros que debían ser utilizados en el mantenimiento de las naves se fueron en aumentar salarios y beneficios, y en otorgar contratos innecesarios.

No sé si alguna vez se desvelará la historia en toda su crudeza. La realidad, ahora, es que ambas islas, Vieques y Culebra, están prácticamente incomunicadas. Y que los políticos van lamentándose de lo que ellos mismos provocaron. Del Capitolio, ni hablemos. ¿Cuánto se han gastado en esculturas, en chanchullos, en capillas de reflexión y en fantasmas sin rostro, dilapidando una suma de dinero que hubiera dado para comprar una lancha o veinte?

¿Cuánto han gastado en la propia Fortaleza, en esa Oficina de la Primera Dama que es pura floritura, pura banalidad, y que hubiera podido destinarse a la compra de buenas embarcaciones?

¿Cuánto no han viajado los alcaldes, a ridículas reuniones coloniales en los Estados Unidos, derrochando unos fondos que debieron invertirse en arreglar los muelles, y hacerse con una pequeña flota de trasbordadores, como en tantos países civilizados, donde hay barcazas que van de un lado a otro llevando pasajeros y carga?

¿Cuántos años hemos estado pagando escoltas, dándole protección a unos sujetos que, a derechas, ni su propia familia reconoce en la calle? Y si los reconocieran, ¿qué? Cada vez que salen los números de lo que cuestan las escoltas, el corazón de los viequenses y los culebrenses debe de dar un vuelco. No así el corazón de los escoltados, que no caben de contentura cada vez que se aparecen a un restaurante rodeados de su corte, hombres trajeados que miran a todas partes como si estuvieran protegiendo a Putin.

Se acondicionan parques, se remozan canchas, se fabrican senderos para los ciclistas. Pero a Vieques que se lo lleve el diablo, y a Culebra otro tanto. Debe dar una claustrofobia tremenda estar allí dentro y saber que no se puede salir a unos horarios determinados, de una manera regular. Aunque se viva desde siempre allí y se ame a la pequeña islita, el ansia de salir, “la maldita circunstancia de estar rodeados de agua por todas partes”, como dijo un gran ensayista, debe ser inclemente en Vieques y Culebra, más que en ningún otro lugar.

Todavía osan criticar a la Marina que no acaba de limpiar la playa. Al menos, los de la Marina sabemos quiénes son y a quién responden. Pero los políticos locales, con ser puertorriqueños, se han comportado peor. El abandono en que han sumido a Vieques y Culebra es más ofensivo que la negligencia de los americanos, porque viene de las entrañas del país, y principalmente de ese tenebroso Capitolio.

Respecto al debate sobre si la directora de la Autoridad de Transportación Marítima, Mara Pérez, que alega que fue “privada de su libertad” porque unos manifestantes impidieron la salida de la lancha donde ella debía regresar a San Juan, me parece que se le fue la mano. Una directora ejecutiva de una agencia como esa tiene que guardar la compostura, y no comportarse como una turista asustadiza. Hay que tener carácter. ¿Que no la dejan salir? Pues se enrrolla las mangas, se quita los zapatos y camina decidida hacia los kayaks o los manifestantes donde quiera que estén, se sienta con ellos y hablan como tienen que hablar. Pero ella se inventó una película de tribus que le iban a caer a flechazos.

¿Qué le costaba quedarse allí dialogando con la gente, explicarles lo fastidiada que está la cosa, comer con ellos, invitarlos a una cerveza, es tan difícil eso? Ah no, la directora de la ATM tenía que regresar, lozana como una margarita (tibetana).

Bien por el piloto de Fura que se negó a ir a recogerla. El sueldazo hay que ganárselo en los momentos difíciles, allí debió quedarse ella batiéndose con los disgustados. Para estar en una oficina con tacones, sin sudar y sin pasar malos ratos, preferimos a la Burbu.

Los humos que se gastan estos jefecitos y jefecitas no amainan ni aun sabiendo que estamos en bancarrota. ¡Qué buenos son ellos para fantasear!

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