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Puerto Rico debe superar su gran vulnerabilidad

Hoy, cuando el mal tiempo asociado al poderoso huracán Irma se ha disipado, queda un Puerto Rico desnudo en su fragilidad infraestructural y social, particularmente ante la amenaza de sufrir un evento catastrófico relacionado al cambio climático, como han advertido los expertos.

Los informes del impacto local deben ser indicadores para la reconstrucción de un país distinto. Sería en vano retomar rutinas particulares y colectivas para que el próximo evento de lluvia o vientos haga colapsar, otra vez, el sistema eléctrico, deje más carreteras intransitables y lleve a los refugios los mismos rostros marginados y desamparados.

La Autoridad de Energía Eléctrica (AEE) es el mejor ejemplo de esa desatención de décadas. Se combinan aquí la falta de coherencia de una política pública integrada que genere y sirva energía limpia y a bajo costo. Las tendencias de prácticas sostenibles proponen sistemas descentralizados que estimulen la economía de comunidades y regiones, y reduzcan la huella ecológica.

En cambio, el deterioro del sistema energético basado en los combustibles fósiles ha llegado al punto en que, en plena crisis fiscal, aun antes de que cayera una llovizna, la entidad pública anticipara un apagón general y una lenta recuperación.

Hoy, tras el paso de Irma, alrededor de un millón de abonados amaneció sin energía eléctrica, lo que multiplica el impacto económico y social del temporal. Desde mucho antes, expertos han señalado las múltiples vulnerabilidades de este sistema, así como del resto de la infraestructura vital del país.

Ante la oportunidad de desarrollar nuevos proyectos que, además, abaraten los costos energéticos, el mundo se mueve a las fuentes renovables que abundan en Puerto Rico. Son oportunidades para atraer a los profesionales más jóvenes que optan por vivir fuera de Puerto Rico en busca de mejores oportunidades. También lo son para promover estilos de vida que se ajusten a la realidad finita de los recursos naturales.

Ignorar esas dimensiones del problema para perpetuar políticas cortoplacistas ha contribuido al calentamiento global causante de eventos climáticos dramáticos.

Puerto Rico requiere una infraestructura energética, vial y de acueductos que sea fuerte porque se planifique bien, con evidencia científica actualizada. Y requiere un tejido social fuerte, por justo, porque nutre el desarrollo humano.

Ello conlleva romper el círculo vicioso de las decisiones basadas en conveniencias particulares que perjudican el bien colectivo. Cada sector, gobierno, empresas, ciudadanos, tiene en eso una cuota de responsabilidad y la capacidad de unir voluntades.

El huracán Irma, como Harvey en Texas, no es un evento aislado. Es, junto a la extensa franja de fuegos que asolan el oeste de Estados Unidos y las mortíferas inundaciones en India, instancia de lo que el cambio climático representa para la humanidad.

Estos fenómenos serán peores y más frecuentes. Es urgente frenar sus agravantes, hacernos resilientes y encaminar la sostenibilidad. Esto implica construir y consumir con respeto al ambiente y a los derechos a la vida y al bienestar de todos por igual.

Solo así evolucionará nuestro país. Rehuir esa responsabilidad aumentará su vulnerabilidad y la desigualdad.

El paso del huracán Irma por nuestra zona, cuyos efectos se revelarían con más claridad a partir de hoy, es una oportunidad crítica para que Puerto Rico reflexione, dialogue y actúe unido en torno al cambio climático con seriedad, sosiego y colaboración.

Cómo, qué, dónde y para beneficio real de cuántos serán construidos los necesarios proyectos que posibiliten el desarrollo sostenible, son temas que el ciclón deja sobre la mesa a su paso, como importante recordatorio.

De esta coyuntura deben surgir los mejores proyectos de infraestructura y de convivencia para el bienestar de Puerto Rico.

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