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El paso del huracán Irma afectó a estos ciudadanos, quienes piden ayuda de las autoridades gubernamentales

Canóvanas - Don José Carrasquillo no tuvo más remedio que quedarse a dormir en un vehículo junto a su hijo. Los vientos huracanados que llegaron con fuerza el pasado miércoles arrancaron más de la mitad del techo de su hogar; las paredes, su ropa y los enseres comenzaron a mojarse.

A una semana del embate del huracán Irma en Puerto Rico, colocaba dos planchas de zinc para guarecerse. No fue hasta ayer que pudieron pernoctar, al fin, en uno de los mattress que pusieron a secar cuando las lluvias mermaron.

Su casa -una pequeña estructura de dos cuartos, baño y cocina- exhibe las consecuencias de enfrentarse a una tormenta y perder. Las pocas pertenencias que tienen él y su hijo adulto, Ángel Alexis Carrasquillo, son vestigios de lo que pudo ser uno de los peores huracanes en la historia de la isla. Aun cuando el ojo no pasó por suelo boricua, dejó un rastro de daños a la infraestructura y a decenas de hogares.

Aunque el residente de la comunidad Villa Hugo I, en el barrio San Isidro de Canóvanas, es solo uno de los afectados por el fenómeno atmosférico, tanto él como su vecina, Carmen Pérez, coinciden en que el municipio se ha olvidado de ellos.

Y es que, si bien viven en un sector conocido por ser propenso a inundaciones, la calle a la que pertenecen queda en una estrecha cuesta, un camino que probablemente pasa desapercibido si no eres de la zona.

En su caso, la calle no se inunda, pero sufren las mismas necesidades que el resto de la comunidad. Sienten que la ayuda nunca los alcanza.

“Aquí como tal, la alcaldesa no ha venido a nada. Todo ha sido por teléfono y ‘llamen a manejo de emergencias’. Aquí no ha venido nadie, solamente ustedes’”, contó Carmen Pérez a El Nuevo Día mientras realizábamos un recorrido por el lugar.

Carmen fue líder comunitaria por muchos años. Relató que luchó junto a otros residentes para obtener servicios de luz y agua de manera legal. En una esquina de su casa permanece el archivo de los documentos que evidencian sus gestiones para finalmente obtener 27 títulos de propiedad.

Pasó el huracán en su casa, junto a su mamá de 85 años y su hija de 10. El agua se filtró por las ventanas, a pocos días regresó la luz, pero ya no funcionaban ni la nevera ni la lavadora.

Su madre fue operada de corazón abierto y a eso se suman otras condiciones de salud que la mantienen ingiriendo unas 11 pastillas al día. “Ella asiste a un centro de edad avanzada, pero ahora mismo por la condición no ha podido. Ella se puso bien ansiosa, tuve que trasladarla a mi guagua para que cogiera fresco porque era demasiado (calor)”, explicó.

“Yo le digo a Manejo de Emergencias, ‘pónganse en nuestro lugar, ustedes están en su oficina cogiendo datos y qué se yo, pero a dónde yo tengo que ir a estas alturas a buscar, aunque sea cositas de compra, yo tengo una niña…”. Según Carmen, la respuesta de los funcionarios fue que no había fondos.

Al lugar, contaron los residentes, tampoco llegaron brigadas para remover el árbol que obstruía el paso para que el camión se llevara la basura. Fueron los vecinos quienes se encargaron hace dos días de quitarlo. Entre los hogares de Carmen y don José permanece un poste de luz olvidado que no resistió la fuerza de Irma.

Buenos vecinos

Por su parte, don José y su hijo se mostraron agradecidos por sus vecinas, quienes al momento han sido su única fuente de ayuda.

“Gracias a ella (Carmen) pudimos dormir tranquilos porque aquí la delincuencia no está tan fácil tampoco. Aquí cualquiera sube, hace cualquier fechoría y como está tan oscuro, tú no sabes ni quién fue”, señaló Ángel Alexis.

Los perros son la alarma. Cada ladrido repentino puede ser la señal de que alguien desconocido ronda por la calle.

¿Por qué no decidieron moverse a un refugio?, se les preguntó.

“Porque si uno se va, pues (se) llevan lo poquito que a uno le queda”, contestó uno mientras los demás asintieron.

Don José también siente cierta responsabilidad por proteger a sus vecinas. No podría irse a un refugio y dejarlas a su suerte.

Pero desde el miedo también nace la solidaridad. Mientras, Don José y su hijo velan por la seguridad de Carmen, su mamá y su niña, ella los compensa con café y un almuerzo caliente para sostenerse día a día.

 “Y nosotros qué”

Para estos vecinos, cualquier ayuda se hace más que bienvenida, o al menos una respuesta que sea distinta a “no tenemos fondos”.

“Yo no pido que me den dinero, si me dan materiales yo me conformo porque yo mismo lo construyo. Yo no necesito que manden una brigada si no pueden. Yo no les pido a ellos que me den monetariamente nada. Que me den un empujón.”, dijo don José, mientras mostraba su hogar, o lo que quedaba de él. “Pero no. Ni una ni otra. Nunca hay fondos, nunca hay nada”, añadió.

Carmen, con lágrimas en sus ojos, se unió al mismo lamento. “Nosotros no pedimos dinero, nosotros lo que queremos es ayuda. Que traigan agua, una comprita… Ahora mismo sin lavadora, qué yo voy a hacer. No se les está pidiendo riquezas…”

“Todo es allá, allá, allá (en la zona inundable) y nosotros qué… Cuántas veces yo no he llamado. No viene nadie aquí”, exclamó.

“Hay otros peores”

A unos cinco minutos de Villa Hugo I, Julio Santiago Santiago y Virgiana López contaron cómo el huracán los sorprendió a último minuto. A eso de las 8:00 p.m. del miércoles, Irma se llevó todo el techo de zinc de su hogar en un segundo piso, mientras ellos se refugiaban en la casa de abajo.

“Yo pensé que había caído un rayo cerca y me asusté, los nenes empezaron a llorar y escucho a mi esposo que dice ‘se me fue el techo’. Cuando miramos para el lado, estaban todos los palos, el zinc, todo en la casa de al lado”, explicó Virgiana.

Junto a sus cuatro hijos menores, Julio y Virgiana se hospedan en un mismo cuarto, donde el agua se filtra cada vez que llueve.

A su hogar llegaron funcionarios del municipio junto a personal de la Agencia para el Manejo de Emergencias (FEMA, por sus siglas en inglés) a documentar los daños. “Vinieron, tomaron fotos y se fueron. Ni preguntas ni nada”, contó Virgiana.

Para la joven madre, la prioridad sería tener un hogar. No obstante, reconoce que, aunque perdió su casa, hay personas que perdieron mucho más. Aún sin techo y en medio de la espera por ayuda del municipio, se expresa tranquila y fortalecida.

“Hay personas que están peores, que perdieron todo. Hay que esperar, para todo hay que esperar… El Señor es el que suple”, expresó.


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