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El ciclón afectó su vida, pero quiso ayudar al prójimo y lo ha logrado junto a los Centros Sor Isolina Ferré

Cidra - En menos de dos meses, Fabiola Torres vivió uno de los mejores y uno de los peores momentos de su vida.

Recién graduada del Programa de Maestría en Educación Especial de la Universidad de Puerto Rico, en agosto pasado la joven de 27 años se estrenó como maestra del Departamento de Educación (DE). Sin embargo, a las dos semanas, recibió una llamada del Instituto para el Desarrollo Humano a Plenitud, una empresa social de los Centros Sor Isolina Ferré que ofrece talleres de crecimiento personal y sanación interior para adultos. Le ofrecían una plaza en el trabajo que había soñado desde que, hace tres años, tomó uno de los talleres del Instituto.

“Fui a un taller de cuatro días y eso fue un antes y un después en mi vida. Desde entonces, quise apoyarlo y que más personas lo conocieran, seguir mi crecimiento (personal)”, expresó.

Por eso, aunque en el trabajo que le ofrecían generaría menos ingresos que en el que ya ocupaba en el DE, no lo pensó dos veces, pues entendía que su aportación a la sociedad sería mayor.

“Trabajar en el Instituto era algo que había soñado. Aunque iba a ganar menos (dinero), iba a ganar más para mi crecimiento y para ayudar a mi país”, resaltó.

Pero, tras renunciar a su puesto en el DE el 15 de septiembre, a los cinco días el huracán María atravesó Puerto Rico. Y entre las múltiples consecuencias que trajo el ciclón se destaca la cantidad de personas que quedaron desempleadas, incluida Fabiola.

“Se supone que (esa semana) firmara el contrato (con el Instituto), pero llegó el huracán y quedé desempleada. Para mí eso fue bien frustrante”, comentó la joven natural de Mayagüez.

Pero, en una noche de reflexión, Fabiola llegó a la conclusión de que la vida le daba una oportunidad única para ayudar al prójimo cuando más lo necesitaba.

“Me dije, ‘espérate, si yo quería ayudar en las buenas y en las malas...’ Hay mucho por hacer’”, dijo Fabiola, quien también pertenece a la Asociación Internacional de Juventud Mariana Vicentina, organización de la iglesia Católica que fomenta la evangelización a través del servicio.

Fabiola se dio entonces a la tarea de verificar que los miembros de esta organización estuvieran bien para, juntos, poder ayudar al prójimo. Días antes, ya la joven se había asegurado de que su familia en Mayagüez y Toa Baja estuvieran fuera de peligro, así como el personal y las jóvenes que viven en el Hogar Colegio La Milagrosa, en Arecibo, donde también es voluntaria. Ahora, sin embargo, le tocaba brindar su ayuda fuera del entorno familiar y conocido.

En busca de poder llegar a más personas, Fabiola visitó los Centros Sor Isolina Ferré y se unió al Proyecto Abrazo Solidario, mediante el cual se visitaron comunidades afectadas en distintos puntos de la isla para llevar agua y alimento, entre otros artículos.

“Un día le dije a Lourdes (Ortiz, directora del Instituto): ‘¿Pero, y las personas que están trabajando? ¿Cómo podemos ayudarlas?’ Decidimos hacer un Café Solidario. Fuimos a una luz en Caimito y repartimos café con galletitas y un mensaje (positivo). La gente no creía que era gratis”, recordó, emocionada, al resaltar que eso ocurrió en la Semana de la Puertorriqueñidad, en noviembre, fecha que aprovecharon para “conectar con el amor patrio y llevar el mensaje de que había que seguir adelante”.

Según contó Fabiola, muchas amistades comenzaron a llamarla para preguntarle cómo podían ayudar. Algunos, dijo, también estaban desempleados. Otros estaban dispuestos a pedir días libres en sus trabajos.

“Me sentí como puente de ayuda. Gracias a los Centros pudimos llegar a muchos voluntarios”, dijo.

Y su trabajo voluntario tuvo recompensa. En enero recibió la noticia de que la emplearían en el Instituto. Aunque con menos horas de las estipuladas originalmente, Fabiola logró convertirse en tallerista del Instituto.

“Fuimos a diferentes lugares, incluyendo égidas, donde, además de llevarles comida y otros suministros, fuimos más allá y los abrazamos y escuchamos”, dijo.

En retrospectiva, Fabiola considera que las consecuencias del huracán María le dieron la oportunidad de compartir con su pueblo y crear lazos de ayuda.

“Visitamos muchos pueblos, hogares, niños, enfermos… Cada día, cada pueblo, era una historia diferente. Todo eso me impulsó a seguir ayudando. Fue una experiencia maravillosa”, puntualizó.

A modo de reflexión, Fabiola resaltó que mientras antes su ayuda se centraba en otras necesidades, como fomentar valores y unión familiar, las carencias que trajo el huracán eran básicas, como falta de techo y comida.

“No había experimentado tanta necesidad en mi país. Pospuse algunos viajes misioneros que tenía porque realmente aquí es donde quiero estar y ayudar”, subrayó.

Ya alcanzada la meta de trabajar en el Instituto como tallerista, Fabiola considera en un futuro cercano seguir estudios de trabajo social y sicología, así como promover las adopciones de niños.


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