Carl Soderberg

Tribuna Invitada

Por Carl Soderberg
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A 50 años de la mayor hecatombe ambiental en Puerto Rico

El 3 de marzo de 1968, el buque cisterna Ocean Eagle encalló en los arrecifes ubicados en la entrada de la Bahía de San Juan. El embate de las olas fue de tal nivel que la embarcación se partió en dos.

Un total de 3,700,000 de galones de petróleo crudo procedente de Venezuela y con destino a la refinería Gulf, se derramaron, causando, en mi opinión, la mayor hecatombe ambiental en Puerto Rico.

El petróleo inicialmente afectó a la Bahía de San Juan, las playas de El Condado, Ocean Park e Isla Verde.

¡Eventualmente, el petróleo impactó toda la costa norte hasta Arecibo hacia el oeste, y toda la costa norte hasta Las Cabezas de San Juan, hacia el este! En todo el mundo, solo el derrame del Torrey Canyon en aguas cerca del Reino Unido, superaba el derrame del Ocean Eagle.

Imagínense, en aquella época no existía la Junta de Calidad Ambiental(JCA), ni la Agencia Federal de Protección Ambiental (EPA, por sus siglas en inglés). Obviamente, tampoco existía un plan de contigencia para responder a un desastre ambiental.

La labor de limpieza recayó sobre el Departamento de Obras Públicas. El esfuerzo fue lidereado por los ingenieros Hamilton Ramírez y Rafael Cruz Pérez en unión al geólogo Pedro A. Gelabert y al ecólogo Máximo Cerame Vivas. El doctor Cerame, a la sazón el director del Departamento de Ciencias Marinas de la Universidad de Puerto Rico en Mayagüez, puso a la disposición de este esfuerzo su laboratorio, su embarcación de investigación y su personal. El licenciado Nicolás Jiménez fue el asesor legal sobre la Ley de Almirantazgo.

Se intentó de todo. Hasta se utilizaron lanza llamas para remover el petróleo de las paredes del Castillo del Morro y las paredes del benemérito cementerio del Viejo San Juan. Llovieron los buscones, que siempre se aprovechan de los desastres para llenarse sus bolsillos. Agraciadamente, se toparon con la muralla de integridad de Rafael Cruz Pérez y Pedro Gelabert.

Este desastre ambiental tuvo, aunque no lo crean, tres beneficios a largo plazo para Puerto Rico.

El primer beneficio fue que el desastre comprometió a Cruz Pérez y a Gelabert con la protección del ambiente. Ambos rindieron servicios públicos distinguidos en el ámbito ambiental en la isla. Cruz Pérez fue el primer director asociado a cargo de los programas de control de contaminación de agua y aire de la JCA. Además, fue el asesor ambiental del primer Comisionado de Vieques. Gelabert, mientras, fue presidente de la JCA por dos términos, así como Secretario de Recursos Naturales y Ambientales y Director de la División del Caribe de la EPA.

El segundo beneficio fue que el incidente demostró al pueblo las consecuencias de la ausencia de controles ambientales y propició que la opinión pública exigiera que el gobierno tomara acción con respecto a la protección del ambiente. En mi opinión, el desastre del Ocean Eagle le dió un empujón a la creación de la JCA.

El tercer beneficio fue que la experiencia con este derrame masivo preparó a los protagonistas para enfrentar con éxito otro derrame ocurrido cinco años después y establecer un precedente legal a nivel mundial: obtener compensación por los daños ambientales.

Puerto Rico tiene una deuda de agradecimiento con estos protagonistas y todas las demás personas que abnegadamente trabajaron por mas de seis meses con la limpieza de nuestras costas. No se achantaron ante este mega desastre y literalmente dejaron su pellejo en esta gesta ambiental de grandes proporciones.

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