Elga Castro Ramos

Desde la Diáspora

Por Elga Castro Ramos
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El derecho a manifestar el racismo

Hace poco más de veinte años visité el Museo de Ana Frank en Amsterdam, Holanda, y lo más que me impresionó -ya que es lo más que recuerdo- era una sección que tenían al final en la que te presentaban muchas situaciones con “conflictos de derechos” y te ponían a escoger cuál defenderías, era interactivo y se llamaba “Free2choose”. Ahí aprendí la diferencia abismal que hay entre la llamada libertad de expresión que existe desde la posguerra entre Estados Unidos y Europa Occidental. La razón principal siendo el Holocausto y todo el bagaje ideológico y racista, que tiene.

 Simplificando bastante, en Estados Unidos, en teoría, se puede expresar públicamente cualquier tipo de ideología, incluyendo aquellas excluyentes que son explícitamente racistas, anti Semitas, xenofóbicas, entre otras. Y en la Europa posterior a la Segunda Guerra Mundial, es un delito hacer una expresión pública que sea racista o de algún matiz similar. Así, la manifestación que ocurrió el sábado pasado en Charlotesville, Virginia, organizada por un grupo explícitamente a favor de la supremacía blanca y con simbología nazi y del KKK, era legal y tenía los permisos necesarios. En muchos de los países de Europa Occidental ésta hubiera sido ilegal y probablemente disuelta por las autoridades.

Es importante señalar que esto no implica que en la Europa actual no exista racismo, ni que en Estados Unidos se proteja igualmente la libertad de expresión de todos y todas. En Europa existe xenofobia, Islamofobia, quedan reductos de Anti Semitismo, hay racismo contra la comunidad romana y existen partidos de derecha que tienen planteamientos neofascistas, simplemente que la simbología nazi, fascista y anti semita está prohibida. Mientras, en Estados Unidos, aún cuando se enfatiza en que la Primera Enmienda cubre todo y nos protege de poder decir y expresar todo, es cierto que una manifestación de un grupo de supremacía blanca no va a ser defendida de igual manera que una de Black Lives Matter, por ejemplo, o una a favor de la inmigración. Basta ver los visuales de distintas manifestaciones en los últimos años para comprobarlo. Es precisamente bajo esta lógica que en dos ocasiones el Presidente Donald Trump ha buscado equiparar ambos bandos de manifestantes, los supremacistas blancos y la manifestación en contra. Y la condena casi total que ha recibido ante esta equiparación y a su vez por la falta de condena absoluta del racismo de ellos, implica que, aunque la manifestación fue legal, para la gran mayoría sin duda fue inmoral, condenable y merecía la contra protesta. Aún así, pocos han cuestionado el hecho de que sea legítimo permitirles manifestarse.

Sean legales o ilegales dichas manifestaciones, lo principal es que siempre sean recibidas con una condena absoluta, de frente, si es posible, en el acto; que marchando se encuentren con la contra marcha, que se confronten y que nunca se sientan en paz. Porque si en Europa tuvo que haber una guerra para que se ilegitimara al menos simbólicamente el racismo y el fascismo, en Estados Unidos han pasado más de 200 años de total exclusión y opresión a los negros y no entiendo qué más tiene que suceder para que la condena sea total y contundente. 

Yo jamás creería que se puede equiparar el derecho de un blanco supremacista a protestar y defender una estatua de un general confederado versus el derecho de los que luchan por la equidad racial, de clase, género, entre otras. La idea detrás de este planteamiento es que hay una igualdad de condiciones y como ciudadano te enfrentas libremente a dos opciones para escoger la que prefieres. Pero sabemos que no es cierto, que detrás hay un bagaje y una historia, esas dos manifestaciones no estaban en igualdad de condiciones, una cargaba siglos de opresión y discriminación.  “Free to choose?” No creo. 

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