Carmen Dolores Hernández

Tribuna Invitada

Por Carmen Dolores Hernández
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El efecto Hamilton

Muchos (tras hacer largas filas para conseguir taquillas) vimos “Hamilton”. Nos encantó su energía creativa, su movimiento escénico continuo, la ironía de sus canciones, el profesionalismo impecable de su presentación. Que un musical popular y multilaureado tenga un tema tan improbable como los dolores de parto de una gran nación (bien es cierto que vistos a través de la saga de un inmigrante caribeño de trayectoria sorprendentemente ascendente), resulta no solo insólito sino extraordinario. Lo que distinguió a Alexander Hamilton de tantos otros inmigrantes a los nacientes Estados Unidos fue, precisamente, su capacidad de vislumbrar que una gran nación necesitaba descansar sobre bases económicas sólidas y que debía evitar a toda costa divisiones debilitadoras (fue quizás el único de los “founding fathers” que previó la Guerra Civil).

El público puertorriqueño presenció la escenificación de conflictos personales e institucionales otorgándole ovación tras ovación a la presentación. Pero ¿cómo interpela “Hamilton” la situación puertorriqueña? Si la obra trata, en última instancia, del nacimiento de una nación, ¿qué podríamos inferir para la nuestra? Ningún nacimiento es fácil; ninguno es indoloro; ninguno carece de conflictos. El mito de una colectividad que marcha unida hacia su destino es una escena de una película épica, no de la realidad. La nación se forja con trabajo, se pare con dolor, se encamina con dificultad, requiere de compromiso.

Los partidarios puertorriqueños de la estadidad quieren asimilarse a una nación ya hecha, ahorrándose así muchos de los pasos que tendrían que dar para constituir la suya. Renuncian, además, a lo que implica nuestro entorno geográfico -condición inamovible- y a toda una trayectoria histórica, social, cultural, lingüística e incluso política que nos ha hecho lo que somos. Y quieren unirse a una nación que, si alguna vez se vio a sí misma (en un espejismo) como acogedora de gentes de variadas procedencias y condiciones y tolerante de diferencias y disidencias, ya no es el caso.

La obra -y sobre todo la biografía de Hamilton que la fundamenta - dejan claras las dificultades de los incipientes estados de la Unión para separar sus fortunas de la tutela colonial inglesa. También descubre -fue la contribución especial de Hamilton, hasta ahora minimizada- que el fundamento de todo es la economía. Sin una base económica coherente con las circunstancias geográficas, comerciales y tecnológicas del país no hay independencia que valga. Tampoco puede haberla sin un propósito común de los ciudadanos y un liderato capaz de aglutinar voluntades y de llevar a cabo negociaciones que a estas alturas no serían bélicas.

Los cambios del mundo en las últimas décadas han evidenciado que la mesa de negociación resulta más útil que el uso de las armas y que la habilidad de pensar en grande pesa más que la de repetir consignas trilladas. También estamos viendo con creciente claridad que los intereses geopolíticos y financieros estadounidenses no casan con nuestras condiciones y necesidades.

La historia de los orígenes de los Estados Unidos ha llegado a nosotros como una épica gloriosa piloteada por líderes sabios, tolerantes y proféticos.  “Hamilton” nos da otra versión -más realista- de los hechos, más acorde con las dificultades que tendríamos los puertorriqueños si nos decidiéramos, por fin, a mirar nuestro destino de frente, tomando en serio nuestras obligaciones con la sociedad y el lugar que nos vieron nacer. Nos esperaría un largo camino de negociaciones, planificación flexible, alianzas regionales e internacionales, concientización general e inevitables disensiones internas. No sería fácil ese camino. Vemos ya, sin embargo, que tampoco es fácil lo que implica el otro. El efecto Hamilton podría, en este contexto, significar mucho más que una noche inolvidable.

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