Juan Antonio Ramos

Lo que tengo que decir

Por Juan Antonio Ramos
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El escritor y los “ayatolas”

Serían las dos de la tarde. Todas las butacas del anfiteatro de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Puerto Rico estaban ocupadas. Esperábamos a José Luis González, el innovador del cuento puertorriqueño en la década de los cuarenta. A los diecisiete años publicó En la sombra (1943), una colección de cuentos que dio inicio al relato de corte urbano en la narrativa puertorriqueña.

De otra parte, González se había constituido en héroe del independentismo boricua. En 1953 renunció a la ciudadanía americana por ser marxista, acción que lo obligó a exiliarse en México. Desde entonces, Estados Unidos le prohibió volver a Puerto Rico. Sin embargo, a finales de los setenta se le concedió un permiso especial para poder estar unos días en la Isla.

El autor de “En el fondo del caño hay un negrito” por fin entró al auditorio. Fue recibido con una prolongada ovación de los allí presentes. Era un hombre alto y fornido, tenía el pelo entrecano, bien corto, y vestía una guayabera. El Decano de Ciencias Sociales se disponía a hacer la presentación de rigor, pero el invitado le pidió con un gesto discreto que no la hiciera. Se plantó frente al gentío que aguardaba impaciente, y comenzó a hablar con autoridad, sin micrófono ni apuntes. Su alocución era amena, colaba su chistecito de vez en cuando, y demostraba estar muy seguro de lo que decía. Sus planteamientos eran desconcertantes y atrevidos. En un momento dado, algunas personas comenzaron a cruzar miradas, a murmurar, a mostrar caras de asombro, de desagrado, de indignación.

“Bueno, ahora les toca el turno a ustedes”, dijo el boricua al concluir su provocadora exposición. “Vengan las preguntas”. Silencio. Nadie abría la boca. Alguien carraspeó, otro soltó una risita nerviosa, hasta que un profesor regordete se levantó del asiento para increpar al escritor. Lo que vino a continuación fue un salpafuera de dimes y diretes entre el cuentista y muchos de los asistentes. Poco faltó para que la actividad terminara en motín.

Las “barbaridades” que José Luis González se atrevió a expresar allí, formarían parte de su polémico y visionario ensayo El país de cuatro pisos, publicado en 1980. Levantó ronchas al afirmar que el puertorriqueño era esencialmente negro. Asimismo, su particular interpretación del proceso de norteamericanización de la sociedad puertorriqueña, irritó a los independentistas de línea dura. Pero lo que más enfureció a los “ayatolas” de la patria, fue decir que quienes padecían de enajenación extrema, no eran las masas puertorriqueñas sino los independentistas herederos de la clase hacendada (“la cultura de la elite”), por negarse a reconocer la importancia de la “cultura popular”, representada por los descendientes de los primeros puertorriqueños: los esclavos, los peones y los artesanos.

No comparto algunas de las ideas propuestas por José Luis González en la presentación que acabo de recrear, pero sí admiro su osadía de incitar la ira de los “ayatolas”. Fue recibido como un héroe por los militantes independentistas, pero prefirió ser honesto y decir lo que pensaba, no lo que le convenía decir. Como ensayista a José Luis no le interesaba agradar, sino provocar. Siempre defendió la escritura que destapa, no la que oculta. La que combate la impostura, el eufemismo y los paños tibios.

No hace falta aclarar que cuando hablo de “ayatolas” me refiero a individuos con mentalidad fundamentalista: dogmáticos, intolerantes, abusadores, fanáticos. Los “ayatolas” dominan la base de todas las facciones políticas del país. Los conocemos como el “corazón del rollo”. Los “ayatolas” son los responsables del bipartidismo que nos tiene paralizados. El gobierno resultante de las elecciones que acabamos de celebrar, es producto del “ayatolismo”. Esta es la expresión más cruda y destructiva de nuestra condición colonial.

La Universidad de Puerto Rico siempre ha sido un semillero de “ayatolas”. De mi experiencia en el recinto riopedrense, como estudiante y como profesor, surgió El Doctor Moncho Loro, aparecido primero en Claridad y más tarde en El tramo ancla. Abundan los figurones académicos como Moncho Loro que presumen de sus títulos eruditos para proclamar su grandeza. Títulos pomposos, arrogantes y elitistas que nos recuerdan a los Doctores de la Ley, los “sepulcros blanqueados”, los hipócritas, “la raza de víboras” que conocemos como fariseos (“Dios mío, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos y adúlteros.”)

También nos recuerdan a los ilustrísimos dictadores, que se engalanan con títulos rimbombantes: El Generalísimo, El Supremo, El Benefactor, Su Alteza Serenísima. No nos podemos olvidar del Duque de la Mermelada (“¡Oh mi fino, mi melado Duque de la Mermelada!”) y del Condesito de la Limonada (“Juguetón, pequeñín… Una monada”) creados por Luis Palés Matos.

Son personajes patéticos estos figurones de la academia. La postura egregia esconde la inseguridad, el resentimiento y los complejos que los devoran. Los socialistas de trasero dorado se han encargado de enterrar el independentismo puertorriqueño.

Algunos escritores redactan textos que buscan la aprobación inmediata de las gradas. El aplauso fácil es, sin duda, halagador, pero dura poco y, sobre todo, se obtiene mediante tácticas muy parecidas a la demagogia. Por eso resulta refrescante recordar a José Luis González. Él tuvo la buena costumbre de ser fiel a sí mismo. Fue un ser humano coherente, de una sola pieza.

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