Víctor M. Rivera

Tribuna Invitada

Por Víctor M. Rivera
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"El Viejo San Juan parecía un campo de batalla"

¿Qué sucede cuando un niño no conoce el límite o cuando ese niño gobierna un país?

Poner límites es una de las formas más difíciles en la demostración de amor. Cuando un niño prueba lo que se puede hacer o no, es porque está probando con sus padres hasta dónde puede llegar con sus acciones. Es ese primer ensayo en el que crean un espacio de reclamo ante el límite impuesto y los padres tienen la oportunidad de que aprenda y desarrolle su autonomía y habilidades sociales. No poner límites crea consecuencias irreparables que eventualmente se plasmarán en la forma de manejarse en la vida adulta.

El valor del respeto se pone en práctica desde el momento en que los padres, sin gritar ni golpear, le dicen “NO” a un niño. Esto es muy importante, pues a veces se confunde el límite con una crianza autoritaria. Pero es igual de negligente no poner ningún tipo de límite y es que el resultado de un niño sin límites, es un niño que crecerá caprichoso ante sus pedidos y que no valorará lo que tiene, aprendiendo las artes de la manipulación para lograr lo que quiere.

Hoy me levanté con mi barrio destrozado. El Viejo San Juan parecía un campo de batalla donde se terminó manifestando en todo su apogeo la falta de límites de todos los bandos.

Como residente del Viejo San Juan hace más de diez años, estoy acostumbrado a la actividad diaria, a las aglomeraciones de gente en las Fiestas de la Calle San Sebastián, el ruido constante del vaivén de los turistas y el bocinazo de los cruceros anunciando su salida del puerto hacia su próximo destino.  Pero nada me había preparado para vivir y sentir lo que vi anoche en la Ciudad Capital. La mezcla de rabia, frustración y tristeza es uno que yo nunca había vivido. Ver la cantidad infinita de personas llegando a La Fortaleza desde el Capitolio para alzar su voz, indignadas ante el sentimiento de indiferencia, despego y falta de sensibilidad de un niño sin límites que gobierna nuestro país.

Se me aguaban los ojos porque esa rabia, frustración y tristeza era lo que todos proyectaban mientras traían sus banderas y gritaban por lo que todos creemos es justo. También se me destrozaba el corazón viendo cómo otros niños sin límites destrozaban, pintaban y quemaban lo que encontraban a su alrededor porque el gobierno no cede a sus reclamos.

El resultado a la vista está. Enfrentamientos que no llevan a ninguna parte, destrozos de una ciudad histórica y gases lacrimógenos y gas pimienta que dispersaron a la gente y que esos gases también entraron en las residencias, incluyendo la mía.

Cecilia, mi niña de diez meses aprendió lo que es llorar y frotarse la cara ante el gas que entró en mi casa regalo de la Fuerza de Choque.

La violencia no se ataca con violencia pues los más vulnerables son los que salen heridos y recordemos que nosotros somos la guía de aprendizaje de los valores en nuestros niños y en su educación. Son muchos los valores violentados desde el gobierno en todo este proceso, la confianza, el respeto, la empatía, y tantos más que no terminaría este escrito.  Creo que la única persona que puede parar este espiral de violencia que aún no ha alcanzado su máxima expresión es el gobernador de Puerto Rico dando el ejemplo. Creo que todos sabemos cómo, excepto él.

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