Raiza Cajigas Campbell

Punto de Vista

Por Raiza Cajigas Campbell
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La Ley 54 protege toda relación

A 30 años de su aprobación, todavía hay quienes entienden que la Ley 54 solo protege a parejas que han tenido sexo o aquellas en las que ambas personas son mayores de edad. Si bien puede ser complicado definir una relación amorosa, la Ley 54 protege todas las relaciones afectivas, independientemente de que vivan juntos o sostengan relaciones sexuales. Esta ley no exige la actividad sexual ni un mínimo de edad para activar sus protecciones. Tampoco el Tribunal Supremo lo ha interpretado de esta forma.

Cuando se aprobó la Ley 54 en 1989, la definición de relación de pareja incluía aquella entre personas con quien se sostenía o se hubiera sostenido una relación consensual íntima. Por años se interpretó que ‘íntima’ implicaba que la pareja tuviera relaciones sexuales. No se consideró que la intimidad entre dos personas es algo distinto y mucho más complejo que el sexo. Además, sin base legal, solo se aplicó a personas mayores de edad. Desde entonces, esa posición ha coartado la protección a víctimas de violencia doméstica y les ha negado servicios.

La Ley 23-2013 rechazó esta interpretación. Así, enmendó la definición de “relación de pareja” de la Ley 54 para, entre otras enmiendas que expandieron sus protecciones, eliminar la palabra ‘íntima’ como calificativo de relación consensual. Para aquellas personas que utilizaban indistintamente intimidad y relación sexual, esta enmienda debió ser suficiente para abandonar una lectura restrictiva de la Ley 54. A pesar de esto, hoy se sigue repitiendo el mismo discurso. 

Si aceptamos este acercamiento a la Ley 54, por ejemplo, ¿dónde quedarían los noviazgos de menores de edad que deciden no sostener relaciones sexuales? ¿Y aquellos que establecen una relación amorosa por alguna página de Internet, lo cual no les permite tener un acercamiento físico? ¿Qué hay de las relaciones a larga distancia? ¿Dónde dejamos las parejas que comienzan una nueva relación consensual en una edad avanzada de sus vidas en la que no desean sostener relaciones sexuales? ¿Cómo les llamamos a las que por motivos de alguna condición médica no pueden? ¿Qué pasa con las que practican la abstinencia o que por sus creencias personales o religiosas no tienen sexo? 

Esta interpretación nos llevaría a obviar las protecciones de la Ley 54 y concluir que esas personas son víctimas de acecho, agresión u otro concepto legal impreciso. Como resultado, esos casos se atenderían mediante otras leyes que proveen una protección menor y que conllevan consecuencias menos graves para la parte agresora. Esa interpretación obliga a indagar innecesariamente sobre la intimidad y la vida sexual de las personas. Esto plantea un disuasivo para las víctimas, invisibiliza la violencia de género y derrota el propósito de la Ley 54.

Por más sexualizada que parezca estar nuestra sociedad, es sumamente difícil para cualquier persona hablar de sexo en un tribunal. No nos corresponde medir cuándo nace el amor sino dónde existe la violencia y detenerla con firmeza. Ante la urgencia de atender los asuntos de violencia de género con sensibilidad, confidencialidad y rapidez es inaceptable una interpretación restrictiva de la Ley 54. Cualquier componente que adopte esa visión se convierte en un aliado de la parte agresora.

Las ideas expresadas por la autora responden a sus criterios y opiniones y en modo alguno representan la posición oficial de la Rama Judicial.

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