Mayra Montero

Antes que llegue el lunes

Por Mayra Montero
💬 0

La maldición del chat

Sobrecoge pensar que este asunto que sacudió al gabinete del gobernador, y que ha terminado con la carrera pública de tantos personajes, empezó con algo tan insignificante como que el juez Rafael Ramos Sáenz no quisiera dormir fuera de Aguadilla.

Fue a causa de eso, de su afán por ir y venir desde el oeste con chofer, que surgió el escándalo, con los medios preguntándose por qué el hombre que acababa de ser nombrado presidente de la Comisión Estatal de Elecciones, en lugar de llevarse su sabanita para San Juan y dormir donde lo agarrara la noche, gastaba un dineral en carro, gasolina y peajes.

Si se le pudiera dar marcha atrás al tiempo, y alguien le hubiera aconsejado: “Duerme aunque sea debajo de un puente, chico, pero duerme aquí”, no habría pasado nada de eso.

Sin embargo, el magistrado Ramos Sáenz se encaprichó en que tenía que ir y venir de Aguadilla todos los días. Salía un chofer de San Juan, lo recogía en su casa, lo traía a Hato Rey, y por la tarde repetía la misma operación, pero a la inversa. Cuando se le preguntó a Ramos Sáenz si eso no era un absurdo, contestó que ya había encontrado la solución, que no era mudarse a San Juan, sino contratar a un chofer de Aguadilla (o Moca), y que por lo tanto solo se harían dos trayectos, en vez de cuatro. Trascendió además que el vehículo oficial que le habían asignado, dormía en un cuartel de la Policía.

Ese enredo desencadenó la hecatombe.

De haberse olido que esto iba a llegar tan lejos, la misma gente que lo recomendó para presidir la CEE, presuntamente el exsecretario de la Gobernación, William Villafañe, la exsubsecretaria, Itza García, y el resto de los defenestrados, le hubieran dado un cuartito en su casa para que el juez durmiera y no viajara. A última hora, el jueves, se supo que la Comisión de Nombramientos del Senado pagaba por la asesoría de una compañía de la esposa de Villafañe. ¿Con tanto que ganan los senadores, no pueden hacer ellos mismos el trabajo? Total, que la asesoría no sirvió de nada, porque la pregunta más importante que le tenían que hacer a Ramos Sáenz, no se la hicieron: ¿dónde piensa dormir su majestad?

Más tarde trascendió que el escándalo se había enconado por venganza, una especie de “malentendido” entre la comisionada Norma Burgos y el presidente del Senado. Toda una madeja de intrigas que desembocó en la maldición del chat.

Nunca he participado en un chat, no me ha llamado la atención. Pero ahora, con estos truenos, menos me metería en esa conversación grupal que queda grabada y a la disposición de todos. ¿Cómo se les ocurre dejar constancia escrita de asuntos tan serios? Pues se les ocurre por la soberbia, esa tendencia a pensar que se está en la cima y nada les puede pasar.

Hace poco vi una serie alemana sobre la vida del descubridor del bacilo de la tuberculosis, Robert Koch, y de pronto aparecía uno de esos teléfonos primitivos de la época, por el que hablaba Koch, o alguno de sus alumnos. Al terminar la llamada decía que ese aparato nunca iba a tener éxito, porque a las personas les gustaba hablar cara a cara.

Un siglo más tarde, es evidente que se equivocó. Ya la gente no solo no quiere mirarse las caras mientras habla, sino que tampoco quiere oírse. Si esas preguntas del juez a los genios estratégicos del PNP se hubieran hecho mediante una llamada, no habría constancia ni nadie hubiera copiado los textos para ver qué hacía después con ellos. De la figura del “traidor” no se habla. Y eso es un dato importante, y una advertencia para los demás: en el ciberespacio nadie es de fiar.

El mejor amigo, por santo que sea, archiva las conversaciones. Y cuando le parece, se las enseña a un tercero, y el tercero a un cuarto, y el cuarto a un quinto, hasta que todo el mundo tiene acceso a ese intercambio que, como en este caso, le ha costado el pellejo profesional a un montón de gente.

En lo que respecta a las redes sociales, los “amigos” lo divulgan todo. Pregúntenme a mí. A menudo me hacen llegar feroces comentarios que supuestamente no se hicieron para mi consumo, sino para la intimidad de un chat, o la conversación privada de “Facebook”, pero al final la gente es informal, olvidadiza, mete el dedo mal, manda las cosas donde no las tiene que mandar, o donde sí quiere mandarlas (pero sin que se note), y todo el mundo se entera de todo.

Lo que uno desea que se mantenga en secreto, se dice en persona. Y no en cualquier lugar. Lo más seguro es hablar mientras se camina por un parking, o entre las góndolas de un supermercado, en la parte de las verduras, metiendo el dedo en el aguacate para averiguar si está maduro. Ese es el mejor momento para vertir comentarios clandestinos.

Me dicen que ahora hay una especie de estampida (ataques de paranoia), y que los jefes de agencia y otros funcionarios están tratando de hacer memoria para ver si alguna vez estuvieron en un chat, y en qué clase de conversación participaron.

Los sitios eróticos no cuentan. Esos son inofensivos, perdonables, y hasta beneficiosos para la salud. No nos pongamos tiquismiquis.

Escucha el pod cast de la autora Maldita Montero todos los viernes en elnuevodia.com

Otras columnas de Mayra Montero

domingo, 16 de septiembre de 2018

Yauco huele a café

La escritora Mayra Montero expone que el caso de Abel Nazario es la punta de un gran témpano a la deriva

domingo, 9 de septiembre de 2018

La UPR y el pie en el vacío

La escritora Mayra Montero argumenta sobre la encrucijada de la UPR ante el riesgo de perder la acreditación de la Middle States Commission on Higher Education

domingo, 26 de agosto de 2018

Insumisión y sacudida

La escritora Mayra Montero señala que la expectativa de los líderes legislativos es errada pues el gobierno federal no eliminará la Junta para devolverles la potestad de gobernarse a solas

domingo, 19 de agosto de 2018

Avioncitos con los “flyers”

La escritora Mayra Montero comenta sobre la iniciativa de líderes populares al repartir una polémica hoja suelta sobre Puerto Rico a congresistas en Washington

💬Ver 0 comentarios