Mercedes Martínez Padilla

Tribuna Invitada

Por Mercedes Martínez Padilla
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Las lágrimas de Julia Keleher

Una reciente nota de prensa reseña que la Secretaria de Educación, Julia Keleher "no pudo contener el llanto al pedir a los directores que actualicen la matrícula de sus escuelas". De esa manera la funcionaria pareció responsabilizar a los directores escolares por el fracaso de la gestión por la que el país le paga a ella $250,000.00 anuales de salario.

Mil maestros declarados excedentes en pleno agosto, cientos de plazas sin nombrar, después de tres semanas de iniciado el año escolar, falta de recursos para los niños y niñas del Programa de Educación Especial y otros son los problemas que marcan el arranque accidentado de este semestre. A la Secretaria se le paga (¡y bastante!) para organizar y dirigir la más importante agencia del gobierno. El Departamento de Educación trabaja con la formación del futuro y las esperanzas de Puerto Rico, los niños, niñas y jóvenes. 

A escasos ocho meses, la Secretaria de Educación ha fracasado en la función para la que fue contratada. Hoy Keleher llora lágrimas de cocodrilo.

No vimos a la Secretaria Keleher llorar cuando cerraba a finales de mayo 166 escuelas. Entonces, padres, madres y estudiantes le suplicaron que no lo hiciera. Sin embargo, los señalamientos del daño que le provocaría a los 27,000 niños y niñas que sufrieron traslados forzosos no lograron conmoverla. Su sensibilidad no se vió afectada ante la pérdida de empleos que su decisión provocaría. Ni siquiera compareció a vistas legislativas a las que se le citó para que explicara su plan de cierres masivos. Entonces, fuimos madres, padres, estudiantes y maestros quienes lloramos sin ser escuchados.

No hemos escuchado su llanto tampoco cuando esta semana, gracias a una ineficiente e improvisada organización de recursos, cientos de maestros y maestras fueron declarados excedentes y citados a las regiones escolares para ser reasignados a sabe Dios cuál escuela. Se trató de maestros que habían iniciado sus clases, que habían acondicionado sus salones para recibir a sus estudiantes y que invirtieron de su propio dinero para imprimir pruebas diagnósticas y prontuarios.

La sensibilidad de la Secretaria Keleher pareció entonces a prueba de cualquier sufrimiento o desasosiego de sus subordinados. No le tembló el pulso al diezmar las facultades escolares, aunque ello propiciara hacinamiento de estudiantes y dificultades pedagógicas. No importó dar directrices para que los salones albergaran grupos de 30, 35, 40 y hasta 50 niños, afectando el aprovechamiento y haciendo imposible la atención individualizada.

No hemos escuchado ni un gemido de parte de la Secretaria Keleher ante la ausencia de maestros y recursos para los participantes del Programa de Educación Especial, que componen el 40% de la matrícula estudiantil.

Por eso hoy, cuando en medio de una entrevista de relaciones públicas deja escapar algunas lágrimas y trata de culpar a los directores escolares, luego de haber culpado a los padres, por deficiencias que son de su absoluta competencia, no podemos creerle. No se puede ser empático solamente cuando ella busca sacudirse de sus responsabilidades.

No se puede dirigir el Departamento de Educación desde una interminable gira mediática diseñada para manejar la opinión pública.

Los que estamos en las escuelas, los que día a día peleamos para echar adelante a nuestros niños y niñas, sabemos la realidad de lo que pasa en nuestros centros de estudio. 

Nosotros sí lloramos. Pero nuestro llanto no es una pose para la prensa. Nuestro llanto es un grito contra la injusticia cometida hacia maestros, estudiantes y padres. Y a su vez, es un compromiso inquebrantable de lucha, en defensa de la escuela pública. Nuestro llamado es a organizarse, a resistir y a vencer.

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