Hiram Sánchez Martínez

Tribuna Invitada

Por Hiram Sánchez Martínez
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Las manzanas podridas en la Policía

El Negociado Federal de Investigaciones (FBI) vuelve a incursionar en una dependencia de la Policía con una orden de allanamiento para buscar evidencia delictiva por corrupción de parte de miembros de la División de Homicidios en Carolina. Hace un mes el FBI allanó las oficinas del CIC en Vega Baja, para lo mismo. Y el año pasado lo hizo en la División de Drogas de Caguas. 

Lo peor de todo es que, de momento, sentimos que estas cosas no tienen remedio, que más vale habituarnos a ellas y no agriarnos la vida porque, al fin y al cabo, al lado de las dos o tres “manzanas podridas” está la inmensa mayoría de buenos agentes y excelentes administradores que permiten que durmamos tranquilos. O, al menos, esto es lo que la superintendente de la Policía, Michelle Hernández, espera de nosotros: que nos inscribamos en la “tradición de la normalidad”. Hasta el jefe del FBI en Puerto Rico, Douglas Leff, ha tenido palabras de consuelo al decir que la corrupción ocurre en toda agencia grande y que, aun “en el FBI tenemos problemas también”. La superintendente nos asegura que “apoyaremos la investigación hasta las últimas consecuencias”. En fin, que volvamos tranquilos a nuestra siesta.

Hace unos días medios de prensa le preguntaron al gobernador Ricardo Rosselló Nevares si la superintendente mantenía aún su confianza. Él se sacudió la pregunta con un mero “Sí” y con cara de “la-mera-pregunta-ofende” siguió andando. Pero la prensa tiene buen olfato y la gente ha aprendido a leer entre líneas. Porque los muertos siguen apareciendo boca arriba o boca abajo en cualquier acera del país; los tiroteos de carro a carro no amainan y las víctimas inocentes —que ya son muchas— comienzan a verse lamentablemente con cierta indiferencia, como simples “bajas colaterales” del narcomundo, un mundo paralelo al de nuestra existencia diaria, pero muy real.

La labor de la superintendente Hernández es inmensa y difícil y presumo que hace lo mejor que puede. Pero no debemos olvidar que ella arrastra el peso adicional de ser mujer en ese mundillo de barras y estrellas dominado por hombres. Y que de este punto en adelante no hay ciencia cierta, solo especulación. No podemos saber cuánto apego a sus instrucciones de política pública cabe esperar de tanta testosterona junta. Ni siquiera si fue por eso que realmente tuvo que aprobarse una ley para ponerle un nuevo sombrero, digo, una nueva sombrilla a la Policía, la creación de un Departamento de Seguridad Pública, que también reunirá bajo sus órdenes a las demás agencias que prestan servicios de protección al ciudadano.

Pretexto o no, la realidad es que luego nombran para dirigirlo a una persona respecto de la cual tampoco se tiene claro si hay consenso de aceptación entre todas las huestes que compondrán ese nuevo departamento, y que esa persona cobra un salario de ensueño con el que no podría contar ningún policía raso ni oficial de rango, ni siquiera a cambio de su vida. Y encima lo traen de afuera, como si no hubiese en Puerto Rico el talento necesario para llevar a cabo esatarea con eficacia, denuedo y rectitud.

Los policías asignados a trabajar horas extras se quejan de que después tardan meses en pagárselas —que es un modo de no pagárselas— y que los envían a manejar situaciones de mucho conflicto personal sin el adiestramiento y equipo de protección adecuados. También hemos observado la carencia de vehículos de motor en buenas condiciones y de otros equipos indispensables para sus labores rutinarias. Para los que no se acuerden, cabe apuntar que los policías en Puerto Rico trabajan por sueldos de miseria —viendo el grave riesgo ocupacional que asumen— y que los que ingresan por vez primera son muchachos pobres o de clase media baja, no como el patrullero Jamie Reagan, de la serie “Blue Bloods”, que es un graduado de Harvard. Puerto Rico es la vida real.

No sería la primera vez que allanamientos como los del miércoles generen arrestos y condenas de policías corruptos. Porque siempre los ha habido. Pero carecemos de prueba empírica que relacionen las circunstancias adversas de trabajo en la Policía con los casos específicos de corrupción. Es necesario que abordemos con sobriedad y seriedad este problema y seamos conscientes de las necesidades que, como sociedad, aún no le hemos podido satisfacer a la Policía de Puerto Rico, como institución; institución que es necesaria en una sociedad que es democrática y no anárquica. Porque sin ejército podríamos vivir, pero sin policía no.

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