Yarimar Bonilla

En Vaivén

Por Yarimar Bonilla
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Los gallos y el imperio

Desde la llegada de las tropas estadounidenses a Puerto Rico en julio de 1898, hasta lo que estamos viendo en estos días, las peleas de gallos han sido un símbolo usado por el imperio para proclamar su supuesta superioridad moral sobre Puerto Rico y otros territorios.

En su libro The Gospel of Kindness: Animal Welfare and the Making of Modern America, la historiadora Janet Davis examina cómo el movimiento contra la crueldad hacia los animales llega a ser visto como parte integral del proyecto nacional e imperial estadounidense. A principios del siglo XIX, mucho antes de que se aboliera la esclavitud, ya varios estados empezaban a reconocer los derechos de los animales a permanecer libres de dolor y maltrato. En 1899, solo un año después de la Guerra hispano-estadounidense, la Sociedad Protectora de Animales de Estados Unidos declaró en su reunión anual que era importante extender sus labores a las “nuevas adquisiciones” del imperio. Estos activistas sentían que era imprescindible predicarles a los nativos lo que definían como “el evangelio de la bondad”.

Aun hoy, la presidenta de la Sociedad Protectora de Animales de Estados Unidos, Kitty Block, defiende la prohibición de las peleas de gallos como parte del trabajo que su organización ha realizado en Puerto Rico en los últimos años (y sobre todo luego del huracán María) para transformar la cultura local con respecto al maltrato de los perros, los gatos y otros animales. En el blog de la asociación, Block explica que “las peleas de gallos socavan la cultura de bondad hacia los animales que intentamos forjar allí”.

La primera prohibición, que se da a solo un año de la ocupación de la isla, evidencia esta política de “civilizar” a los nativos. Por ejemplo, un artículo de 1898 en The New York Times asegura que “desde un punto de vista humanitario el puertorriqueño es esencialmente cruel. La consideración para los animales parece estar más allá de su comprensión”. La nota periodística detalla cómo los nativos se deleitan con el sufrimiento de los animales, y sugiere que los únicos que interceden en nombre de los animales son los nuevos residentes americanos en la isla. El autor narra cómo una mujer norteamericana utiliza una manguera contra un puertorriqueño luego de que él se riera cuando la misma lo regañó por lastimar a un caballo. El artículo concluye que con la aprobación de una nueva ley contra la crueldad hacia los animales en los territorios se esperaba que los puertorriqueños “escucharan mejor las quejas de los ciudadanos americanos”.

Aunque este momento suele ser representado como un “choque de culturas”, para esa fecha las peleas de gallos todavía eran una parte fundamental de la cultura estadounidense. Igual que los españoles trajeron las peleas de gallos a Puerto Rico, los británicos las llevaron a Norteamérica. Entre los “founding fathers” había varios galleros, como por ejemplo Washington, Jefferson y Adams, quien llegó a celebrar peleas de gallos dentro de la Casa Blanca.

El gallo de pelea por poco se convierte en el pájaro nacional de Estados Unidos, perdiendo por solo un voto ante el águila calva. No es hasta luego de la Guerra Civil de Estados Unidos que las peleas de gallos empiezan a perder apoyo. Paulatinamente, a partir de ese momento, las peleas quedaron relegadas a las áreas rurales del sur.

En Puerto Rico las peleas de gallos nunca cesaron. En 1901, el entonces superintendente de la policía, Chief Fechter, le confesó a The New York Times: “Si hay tres cosas que siempre existirán en Puerto Rico estas son la bebida, las apuestas y los gallos”.

Por años, legisladores locales como Rafael Martínez Nadal trataron de revertir la prohibición, pero los norteamericanos vetaban la medida por su preocupación, según expresó el gobernador Horace Mann Towner en 1928, de lo que esto podría decir sobre el carácter del pueblo estadounidense. Sin embargo, en 1933 se nombró gobernador a Robert H. Gore, quien se había criado en Kentucky con la cultura de los gallos. Al declarar que las peleas se deberían permitir para promover el turismo, Gore no dejaba atrás las ideologías de inferioridad racial que motivaron la prohibición original, sino que las aprobaba para promover a Puerto Rico como un destino exótico con prácticas “ancestrales”. Manuel Domenech y otros locales se opusieron a la propuesta porque, según ellos, esta afectaría los principios morales del país y la opinión que se tenía de nosotros en Estados Unidos.

Así, la lucha contra las peleas de gallos han sido un símbolo de la relación colonial. La primera prohibición de 1898 refleja la política temprana de Estados Unidos hacia la isla en la cual se buscaba “civilizar” a los nativos, quienes eran considerados como una raza inferior sin la capacidad de cuidar por sus propios animales. La legalización de la práctica en los años treinta muestra cómo ya décadas antes de la creación del ELA, los gobernantes estadounidenses comenzaban a abandonar su proyecto de asimilación cultural y se disponían a otorgarles cierta “soberanía cultural” a los locales, sobre todo cuando esto coincidía con el imaginario turístico y los intereses económicos del imperio. De igual manera, la prohibición actual pone en evidencia el nuevo recrudecimiento colonial que ha caracterizado la última década de relaciones con Washington, con la llegada de la ley Promesa, la Junta de Control Fiscal y las representaciones de los puertorriqueños como “corruptos” incapaces de manejar sus propios asuntos.

Tal vez los historiadores del futuro escribirán sobre cómo los intentos actuales de buscar estrategias creativas para navegar la nueva prohibición federal reflejan a su vez no tan solo un nuevo recrudecimiento colonial, sino también la búsqueda puertorriqueña de esquivar una vez más nuestra condición colonial.

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