Jaime Rivera

Punto de vista

Por Jaime Rivera
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Malestar o crisis de representación democrática

El Preámbulo de la Constitución del Estado Libre Asociado de Puerto Rico pone de manifiesto que un sistema democrático es aquél donde la voluntad del pueblo es la fuente del poder público, donde el orden político está subordinado a los derechos del hombre y donde se asegura la libre participación del ciudadano en las decisiones colectivas. 

Lo cierto es que para que se cumpla con esta aspiración es fundamental la representación democrática. Cuando en el entramado social surge el quebrantamiento de la confianza en el poder público y en sus instituciones y el mismo es percibido, se entiende que atravesamos por lo que se conoce como malestar con la representación. Este proceso es la antesala a la crisis de representación. En ese contexto, si bien es cierto que el Estado confronta problemas para satisfacer las necesidades de la ciudadanía, no es menos cierto que la raíz del problema radica en gran medida en que los representantes políticos de la voluntad del pueblo no responden del todo a los intereses de los gobernados. 

Este hecho trae consigo un interés social por auscultar nuevas formas de canalizar sus necesidades por otras vías con el objetivo de alcanzar el poder público y por ende lograr una mayor representatividad. En América Latina, la situación ha generado el surgimiento de diversos grupos de interés distanciados del gobierno con el objetivo de atender las necesidades sociales. En Puerto Rico, la situación no es adversa. Con las recientes emergencias políticas, climatológicas, geológicas y biológicas ha quedado demostrada la incapacidad de respuesta de las agencias de gobierno. Como resultado, muchas de las tareas gubernamentales han quedado desplazadas en manos de grupos de interés u organizaciones no gubernamentales. Ahora bien, ¿qué nos dice todo esto? ¿Acaso experimentamos los efectos del malestar o de la crisis de representación?

A nuestro modo de ver, el verano de 2019 marcó un principio de ebullición y transición. Sin embargo, Puerto Rico experimenta un profundo malestar con la representación democrática que se ejemplifica en la desconfianza en las instituciones gubernamentales y en la desconexión habida, cada vez más, entre los representantes políticos y los gobernados. Como antídoto, se propone abrir espacios para la participación ciudadana, es decir, colocar el poder de decidir en manos del pueblo. Se sugiere la innovación tecnológica orientada al acceso a servicios de calidad. Se recomienda la rendición de cuentas en las actuaciones gubernamentales junto a un gobierno de consecuencias criminales. La meta es el establecimiento del verdadero valor público. 

La gente quiere servicios de calidad, no la espera que desespera. La gente quiere sentirse representada, no repulsivamente ignorada. La gente quiere confiar en sus instituciones, no que las instituciones promuevan la desconfianza. La gente quiere ver políticos presos cuando laceran la confianza y la voluntad depositada, no quieren impunidad. El malestar puede devenir en una crisis de representación democrática. Este vaticinio es superable solo en la medida en que el orden político se subordine a los derechos y necesidades de los ciudadanos. 

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