Ana Lydia Vega

A Cuatro Ojos

Por Ana Lydia Vega
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Monólogo del estresado

Doctora, excúseme, no quiero ofenderla, pero la verdad es que yo vine por complacer a mi esposa. Desde que me acogí al retiro voluntario por gozarme uno o dos añitos de pensión antes que nos quiten hasta el oxígeno, ella se la pasa machacándome que el estrés mata, que necesito terapia urgente y que, si sigo en este tren, se va a quedar viuda antes de tiempo.

Como quiera, usted me va a cobrar un billetal, así que voy a aprovechar el desahogo. Y luego me dirá si encuentra anormal que un puertorriqueño promedio, como el que tiene delante, se sienta como se siente. Ah, y Dios libre que me vaya a recetar un antidepresivo. Está probado que la única medicina que sirve es el Vicks.

Bueno, aquí va. Desde el maldito huracán, me fijo mucho más que antes en lo frágil de las cosas. Y conste que no me refiero a la cita con la pelona, que es lo único seguro en esta vida. ¿Se acuerda de aquello que gritaban en el Paseo de Diego cuando promocionaban los especiales de las tiendas por altoparlante? “Todo se va, se va, se va….” Pues eso mismo es lo que estamos viviendo. Se cierran las escuelas, se largan los dentistas, se encogen las playas, mueren más jóvenes, nacen menos niños…Todo se va.

Es triste, Doctora. Uno sale al balcón por la mañana y lo primero que ve son los SE VENDE enganchados en las rejas de los vecinos. Uno mira para arriba y ya casi ni hay cielo azul por culpa del dichoso polvo del Sahara. Uno mira para abajo y se encuentra con las raíces destrozadas del árbol de sombra que había en el patio. Si me atrevo a sacar el carro por aquello de zapatearme el enzorramiento, guío a cuatro ojos tratando de esquivar - aparte de los locos de la carretera - los semáforos y los postes a punto de aplastarme la cabeza.

Tampoco ayuda mucho haber cumplido la edad del Medicare. De momento, vienen y te encajan la etiqueta de “envejeciente”, o sea de candidato a cadáver. ¿Y ha visto cómo los periódicos le niegan a uno la humanidad después de los sesenta? Si se sufre un accidente o se comete un delito, los titulares nunca dicen que fue un hombre el que murió arrollado por un silán o el que asaltó a mano armada una ATH. No, qué va: fue un “sexagenario”.

Pero eso no es lo peor. Lo peor es este estado de alerta preventiva. Tan pronto me levanto, busco el mapa del National Hurricane Center y verifico que no venga en camino otro aparato de ésos a acabar de rematarnos. De paso, entro a la página de la Triple A y chequeo el nivel de los embalses. Si Carraízo ha bajado dos centímetros, me da taquicardia pensando en el racionamiento de 2015 y corro a coger agua en cuanto candungo aparece. Pongo el radio y Ada Monzón anuncia una onda boba. Me acuerdo de la inundación que nos dejó sin muebles el año pasado y rompo a amontonar sacos de arena en la verja. El colmo es que me ha dado con prender la luz a cada rato a ver si no se ha ido. Los subibajas del voltaje ya me han dañado dos neveras y un televisor.

Todo está por las nubes: cable, celular, comida, gasolina… Los ahorros se hacen sal y agua y, de todos modos, los intereses miserables que ofrecen los bancos son un chiste cruel. Yo por eso llevo meses atacuñando debajo del colchón la chavería que me sobra del chequecito después de pagar la hipoteca, el plan médico y los gastos del hogar. Por la noche, me desvela la idea de que se nos vaya a meter un maleante encapuchado con un rifle de combate al hombro mientras estamos roncando. Si pudiera, mandaría a instalar en el cuarto una jaula de cristal antibalas de piso a techo y de pared a pared.

Eso en lo personal, Doctora. Y no le hablo de mi esposa, bendito. La botaron como escombro con quince años en una farmacéutica. Por lo demás, la esperanza también ha cogido la juyilanga. El País se nos fue por el sifón. Pena me dan esos pobres muchachos que pasan de la graduación directo al desempleo. Contar con los políticos es tirarle piedras a Marte. No saben más que turnarse para robar y chanchullar. Falta que Washington nos siembre un gobernador gringo en Fortaleza y siente a los cangrimanes de la Junta en el Capitolio.

Doctora, mándeme la factura por correo, si no es mucha molestia. Y, por favor, tranquilice a mi esposa y dígale que soy un boricua normal. Perdone la prisa y el atrevimiento. Es que tengo que llevar a mi hija y mis tres nietos al aeropuerto.

El paciente se levanta. La Doctora cierra el cuaderno de apuntes y sonríe a medias: - No se apure, don Abel. La primera va por la casa”.

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