Eduardo Lalo

Isla en su tinta

Por Eduardo Lalo
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Puerto Muerto

En días pasados el exgobernador Aníbal Acevedo Vilá hizo declaraciones en torno al estado actual del Partido Popular Democrático. Sus palabras fueron claras y contundentes y concluyó haciendo un llamado a los miembros de la colectividad para retomarla y rehacerla. Horas después la alcaldesa de la capital también hizo declaraciones a la prensa que, si bien compartían con las del primero los diagnósticos, no parecían adoptar las mismas estrategias y le abrían la puerta a la posible construcción de un nuevo movimiento político, a partir de una concertación de alianzas.

Las declaraciones de estos políticos muestran cuotas distintas de desapego y fe. En el caso de Acevedo Vilá, el desapego colinda con la ruptura, pero no puede mirarle a los ojos, y por ello postula una hipotética e improbable transformación gloriosa, obra de la “base del partido”. Su postura es valiente y digna, pero la estrategia que adopta para su realización queda inmersa en una fantasía. Por décadas tan numerosas que son ya casi incontables, los votantes puertorriqueños han vivido bajo un bipartidismo totalitario. El adjetivo nos debería convencer que tanto en el PPD como en el PNP, las “bases” han sido interpretadas como “corazones del rollo”, es decir, como cómplices leales a sus cúpulas directivas. Los dos partidos han trabajado, elección tras elección, de espaldas al pueblo y su indiferencia ante él, les ha permitido pervertir las candidaturas y los puestos electivos en carrerismo de políticos.

Hace décadas, se es miembro de estos partidos para lucrarse, para repartir el bacalao. Relacionistas públicos, agencias de publicidad y la ingeniería social de la debacle educativa y cultural del país, se han encargado de dorarle la píldora cada cuatro años a más de un millón de votantes. La supuesta “igualdad” del PNP y la supuesta “justicia social” del PPD nunca han sido prioritarias: objetivos en los que se pondrá un empeño efectivo y prolongado. En cambio, han sido cortinas de humo, campañas de imagen, supersticiones, fantasías. Ser político equivalió a ganar más que los demás, a codearse con los aún más ricos, a tener escoltas y jubilaciones formidables, a darse a sí mismo un sustancial aumento de sueldo, a asegurarse un puesto excepcional luego de perder las elecciones entre los que fueron los socios comerciales mientras se estuvo en el cargo. Rara vez hubo algo más, porque los políticos no estaban dispuestos a sacrificarse por los ideales en los que presuntamente basaban sus carreras. Me cuesta trabajo encontrar alguna excepción, en las huestes cómplices del bipartidismo totalitario, que no haya sido uno de sus parias: alguien que en la situación en que se encuentran ahora Acevedo Vilá y a su manera Carmen Yulín, haya actuado con realismo, estuviera dispuesto a romper con el partido inservible y haya sacrificado sus privilegios. Una única figura acude a mi mente: Roberto Sánchez Vilella.

Casi nadie quiere saberlo, pero desde hace décadas, a lo largo demuchos de los cuatrienios en que han estado en el poder, el PPD y el PNP ya habían muerto. Eran como esos ancianos dictadores cuyo deceso se convierte en un secreto de Estado, cuyos ministros aterrados por el fallecimiento del líder, difieren el momento de comunicar la noticia al mundo. Hoy Héctor Ferrer y Ricardo Rosselló ocultan y gestionan el coma inducido de sus organizaciones. Todavía comandan legiones y ejércitos, hay dinero en las arcas, hay un pueblo entrenado para el aguante, amedrentado por su poderío. Un jerarca popular afirmó que Acevedo Vilá había “revolcado el avispero”, pero la expresión no era exacta. El ex gobernador había asustado al mosquero que vuela en círculos sobre un cadáver del que se estima que aún se le puede sacar millaje. No en vano Victoria Muñoz instó a reencontrar el “alma” del partido. Fue una confesión atroz e inadvertida: el PPD ya no es de este mundo.

Antiguas sociedades aristocráticas organizaban faustos funerarios que se extendían por semanas e incluso por meses. El aristocrático bipartidismo puertorriqueño ha organizado el funeral de sus ideales y proyectos de cuatrienio en cuatrienio, y a nuestra sociedad le ha sido impuesto un periodo de luto sin término. Como en esas antiguas sociedades, las exequias no se limitan a enterrar el cuerpo del líder, sino que junto a él descansan sus mujeres, sus caballos, sus joyas, sus esclavos. El líder y su ideal se llevan al más allá todos sus privilegios e inmolan mujeres, hombres y bestias para que los acompañen sin tener que renunciar a nada aun después de muertos.

Esto es lo que tanto el PPD como el PNP exánimes nos ofrecen como futuro. Un funeral eterno en que paulatinamente seremos inmolados para acompañar en la tumba a líderes e ideales. Nuestro sacrificio representará el que nunca estuvieron dispuestos a hacer. Sin vida, el bipartidismo totalitario ha convertido al funeral indefinido en política pública. La momificación se propone como estrategia de desarrollo económico.

Acevedo Vilá y Carmen Yulín han visto el cuerpo yaciente. El Imperio del Sol se transformó en uno de los apagones más largos de la historia. La “vitrina de la democracia estadounidense en América” tiene la deuda mayor de toda América Latina. El país del progreso al que todos querían emigrar, es aquel que se despuebla más rápidamente que cualquier otro. La “revolución pacífica” de Muñoz culminó, gracias al PPD y PNP, en el segundo país con mayor desigualdad social en el mundo según un estudio de las Naciones Unidas.

Ante esto, parecería que prácticamente nadie está dispuesto a mirarle a la cara a la ruptura. Las próximas elecciones fácilmente podrían decidirse por el partido que logre reunir a más deudos en torno a su ataúd. Las exequias fúnebres, que comenzaron quién sabe cuándo, deben extenderse hasta finales del 2020. Para ello hay que prolongar el periodo de luto y agonía, procurar más víctimas propiciatorias, más sacrificios humanos, más inmolaciones de siervos, bestias e instituciones.

Sin querer verlo, nos hemos convertido en una necrópolis. Los ciudadanos siguen acudiendo a las tumbas: las limpian, las remozan, las defienden con policías. Una oscura fuerza nos impide contemplar la vida. El líder y el ideal observan desde su mausoleo, desde el sarcófago con la momia, desde la Comisión Estatal de Elecciones.

Ha muerto el ELA y la estadidad. El PPD y el PNP murieron quién sabe cuándo. Vivimos entre fantasmas y almas en pena, en una infinita despedida de duelo, en baquinés en los que bailan íncubos y zombis.

Esta semana, en la legislatura se proclamó el “Día del niño por nacer”. Su autora debe saber que está muerta y que junto al ataúd no hay un ser vivo. Por eso homenajea a quien vendrá a la vida, para que existan nuevas generaciones de inmolados en el funeral sin término de los líderes, los ideales y los partidos.

El bipartidismo totalitario necesita sangre nueva para que las exequias fúnebres no se detengan. Conocemos el camino al Hades, porque vivimos en Puerto Muerto.

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