José G. Pérez Ramos

Desde la diáspora

Por José G. Pérez Ramos
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Puerto Rico necesita una gran jueyada

El pasado verano vimos en Puerto Rico un evento que, sin dudas, no se había visto en muchas generaciones: una voz de indignación en contra de los que estaban en el poder. Como es de conocimiento, fue el famoso chat lo que colmó la copa. La indignación de un pueblo comenzó a bullir como agua para los jueyes, esperando que todos los jueyes se ahogaran pero, uno que otro siempre trata de escapar y, en esta indignación, se nos escaparon unos cuantos.

Desde la diáspora veíamos y, hasta cierto punto desde un lente externo, los acontecimientos que ocurrían a diario. Unos estuvieron lamentando y repudiando los actos de violencia y otros comprando pasajes de avión para unirse a las protestas. Vimos como el uso de la fuerza bruta se hacía sentir, mientras los siempre “pelús y pelúas” hacían frente de batalla. Entonces hubo una reacción en masa con un unísono mensaje de “basta ya”. 

Fueron días intensos, tanto en Puerto Rico como en las diferentes diásporas, muchos no paraban de hablar del tema y hasta se lanzaban con pronósticos de aires soberanistas donde aquellos en Wall Street le temblaban las rodillas, y sus colmillos carnívoros se fraguaron como dientes de leche. La reacción en masa tuvo su clímax cuando artistas utilizaron sus redes sociales para activar sus seguidores. Fueron días épicos en los que un pueblo multi-generacional liderado por la juventud resistió a claudicar mientras la fuerza bruta empujaba sus directrices de represión. Todo culminó con la renuncia del gobernador Ricardo Rosselló. 

El tiempo ha pasado y podemos ver las cosas de una manera más clara, no consumidos con la protesta y los garrotes policiales. Si bien es cierto que se logró movilizar un mar de puertorriqueños, que fuimos capaces de unirnos poniendo a un lado los desastres sociales que se viven diariamente, que dimos cátedra y, quisiera creer, que influenciamos a otros a nivel global, también es cierto que nos quedamos cortos. 

Quizás para muchos el objetivo de las marchas era solamente derrocar a Rosselló, sin embargo, creo que si ese era el objetivo fue entonces uno limitado y con gríngolas insularistas. El derrocar al gobernador de turno nos enseñó que se podía lograr un cambio, esto fue en mi opinión un logro, pero en teoría se suponía que todos los jueyes cayeran en la caldera de agua hirviendo y no fue así. 

Ya vemos como todo sigue igual o francamente peor de lo que estaba antes. Seguimos en las mismas, con un país sumamente politizado y polarizado, aquellos que llevan más de dos años viviendo bajo un toldo azul ya no saben qué más hacer para parar las goteras.

Puerto Rico es gobernado por los mismos grupos. Se tumbó un monigote, pero la cabeza o, mejor dicho, las cabezas siguen paradas fanfarroneando de su fortaleza. Pienso que si no se ataca el problema de raíz, no saldremos de este atolladero. 

La lucha no se acabó este verano, hay que seguir expandiendo nuestras luchas para hacervaler nuestros reclamos de justicia, sobre todo por aquellos que perdieron la vida a causa del huracán María, por los que se han ido y siguen buscando progreso desde la diáspora, siempre esperanzados de poder regresar.

También hay que luchar por los que se levantan a diario para tratar de salir del roto. La lucha no es política, la lucha es social, de abajo, con la misión de que de una buena vez se haga una gran jueyada, sin que se nos escape otro crustáceo. Así, finalmente, se podrá enderezar nuestra patria puertorriqueña, para dejarles a nuestras futuras generaciones un mejor país.


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