Luis Alberto Ferré Rangel

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Por Luis Alberto Ferré Rangel
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Sembrar

El mundo cambió en una noche. La elección de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos es uno de esos eventos que corona el inexorable caminar de eventos históricos. Eventos que van desarrollándose lenta, a veces, imperceptiblemente ante nuestros propios ojos.

Mientras que desde Filipinas hasta Rusia se le da la bienvenida al nuevo populismo duro de Estados Unidos, en Puerto Rico elegimos a nuestro nuevo Gobernador, un joven con doctorado en ingeniería biomédica, al que muchos también pretendieron descartar por su falta de experiencia.

Vimos en Puerto Rico cómo se abrió paso una nueva generación y un tipo de elector que le dio la oportunidad a candidatas y candidatos independientes que se atrevieron a competir a contra corriente. La fisura en nuestro sistema electoral cerrado y opaco se hará cada año más grande para dar paso a nuevas alternativas de cómo pensar nuestro país y de cómo ocuparnos de él.

En Estados Unidos será muy fácil descalificar el fenómeno de Trump como uno racista y xenófobo, pero hay que hurgar en las entrañas del monstruo y ver qué lo alimenta. Hay algo mucho más complejo y profundo pasando aquí porque esa veta nace de la mismísima experiencia histórica de ese país, de heridas que nunca han quedado sanadas, de rencores no atendidos, de gestas aún inconclusas, de percepciones sobre el “enemigo” en la casa y fuera de la casa…

El fenómeno social que le dio paso a Trump siempre ha existido, siempre ha estado presente, pero nadie pudo darle voz como lo hizo él. La pujanza política de ese populismo ha quedado establecida y ahora el Partido Republicano tendrá que tomar el toro por los cuernos y ver cómo lo lleva más hacia el centro.

Pero giremos nuestra mirada a nuestra realidad puertorriqueña. ¿Cómo erradicar la pobreza en nuestro país? ¿Cómo detener el ciclo de violencia y abuso contra la mujer, los niños, los ancianos? ¿Cómo llevar nuestra educación al siglo 21? ¿Cómo prepararnos y adaptarnos para el cambio climático? ¿Cómo combatir la corrupción sistémica en el servicio público y la empresa privada? ¿Cómo desarrollar una base de empleo para sacar de la dependencia y del narcotráfico a tantos jóvenes?

Esas son nuestras heridas, esas son nuestras gestas inconclusas, nuestros rencores y nuestro enemigo es nuestra indiferencia ante la urgencia de atenderlas porque ya se han normalizado, porque ya corren su lento e inexorable devenir.

El riesgo de mirar hacia otro lado cuando empecemos la reconstrucción social de nuestro país lo que hará es profundizar esas heridas. Es posible, bien posible, tener progreso económico y no tener desarrollo humano y social. Y eso lo hemos visto en tantas ciudades de Estados Unidos y países de nuestra región.

Con urgencia habrá que atender la crítica situación fiscal de nuestra isla, pero de fondo hay temas mucho más profundos que no están divorciados de ella. La fibra social de nuestro Puerto Rico esta desmembrándose por la falta de oportunidades, de dirección de país y por la miopía colectiva.

Estados Unidos pasará por su propio proceso de introspección y, mientras lo hace, nosotros debemos dar paso a nuestra propia reconstrucción. Es hora de sembrar, de labrar nuestra propia tierra de nuevo, de quererla y amarla, y de prepararla para darle la oportunidad que alguna vez le negamos.

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