Zayra Badillo Castro

Punto de vista

Por Zayra Badillo Castro
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Treinta años de la caída del muro de Berlín

Catalin escribía todas sus cartas en maquinilla, una Smith Corona que le dejó el vecino antes de que en 1994 buscara pasaporte alemán y dejara atrás Rumanía por una vida de lujos y lujuria en la versión agrandada de la República Federal de Alemania. Johannes pertenecía a una de las minorías más importantes en Bucarest, donde sus padres, abuelos, bisabuelos y tatarabuelos habían forjado sus ilusiones y sus vidas con lengua germánica. Pero ahora, en este momento político, la madre patria, la Alemania reunificada, los llamaba de vuelta (aunque con varios siglos de retraso)  

Entre el 9 y 10 de noviembre de 1989 el muro de Berlín comenzaba a desintegrarse a marronazos, por estudiantes, jóvenes y otros más mayorcitos que buscaban poner fin a esta historia de mal gusto de la Stasi, sus cámaras de tortura y dos Alemanias. El eventual colapso de los partidos comunistas en Europa del Este y sus gobiernos, en una especie de efecto dominó, provocaron una migración masiva.  

Angela Merkel, quien hoy lidera la conmemoración de los 30 años de este suceso histórico que marcó el fin del siglo 20, pudo haber sido uno de ellos, pero la hoy canciller de la Alemania reunificada no tuvo mucha vela en ese entierro. Hace varios años ella le relataba a un periodista que aquella tarde se fue con una amiga a la sauna. Desde su trabajo y domicilio en las afueras del Berlín comunista escuchaba con sorpresa el desarrollo de los acontecimientos, para casi todos impredecible. 

Al otro lado, Eva, estudiante universitaria, recuerda cómo junto a sus compañeros de clase, se unieron a las manifestaciones en la puerta de Brandenburgo tan pronto escucharon rumores. Empezaron escalando y ya al final de la noche, cruzaban de un lado a otro del muro en un ambiente de celebración. Eso sí, aunque con recelo y muchos nervios, pensando que en cualquier momento la policía diera ordenes de cerrar el paso y quedaran varados en el lado equivocado. Parecía un juego.  

Para Katrin, quien creció en el Berlín del Este como Angela Merkel, los sentimientos fueron encontrados. No salía de su asombro al caminar y observar ese otro lado del muro, de colores brillantes, pintado de grafiti y dibujos de sátira política que contrastaban con el muro gris, de alambres de púas y militares de armas largas de su niñez. En los próximos años, muchos estudiantes del llamado bloque comunista empezarían a cruzar las fronteras para experimentar esa otra Europa a través de intercambios universitarios. Otra migración masiva de gentes y de ideas que dialogaban esta vez sin el temor de una guerra. 

Catalin escogió Ámsterdam. En aquel verano tuvo la oportunidad de sentarse con franceses, conocer americanos y cantar canciones de los Beatles, mientras aprovechaba cada oportunidad para irse de viaje a conocer otra ciudad. Para él la libertad no consistía en consignas anticomunistas ni de libre mercado sino en la sencilla felicidad de ir de la mano de Johannes sin la mirada amenazante de las enormes imágenes de concreto de Lenin en su ciudad.  

Este año de 2019 vino acompañado de grandes movilizaciones y protestas que han sacudido las más importantes urbes, provocando cambios de gran envergadura. Este reclamo por mayor democracia y participación ciudadana ofrece más esperanza que la dirección política de muchos de los países de Europa del Este, donde todavía viven Johannes, Catalin, Angela y Katrin. El auge de los partidos de ultraderecha y sus consignas populistas, muchas racistas, no invocan los preceptos democráticos que sacudieron las calles de Bucarest, Varsovia ni Leipzig hace 30 años. La doctrina del shock y la brutalidad de la privatización trajo un caos social en esa primera década, marginando a ciertos sectores de la sociedad. Fue más sencillo bregar con los mercados que con el descalabro ideológico que dejo el comunismo. 

Alemania, siendo de las economías más exitosas de Europa, sigue dividida y así lo demuestran las elecciones y el apoyo contundente a partidos que reflejan una tendencia nacionalista muy peligrosa, en las ciudades al este del muro. Hay otro evento que recuerdan en Berlín para esta misma semana de noviembre, conocido como la noche de los cristales rotos. En el año 1938 muchos alemanes, arropados por el fanatismo y la frustración, se tiraron a la calle en contra de sus vecinos judíos, saqueando negocios, quemando sinagogas y dejando muertos y miles de heridos, en uno de los primeros despliegues del poderío nazi y su campaña antisemita. 

El momento es otro hoy, pero en medio de la polarización deben aparecer espacios de colaboración. La caída del muro sigue dividiendo y es desde esa división que Europa debe forjar un nuevo diálogo que siente a todos a la mesa y confronte los errores de los pasados 30 años. 

Johannes vive mejor en Leipzig que en Bucarest, pero todavía no está seguro de esa Alemania que llama hogar. Catalin anda desempleado y Katrin trabaja de taxista, con un bachillerato de química. No quieren el muro de vuelta, ni a los comunistas, pero no están tan satisfechos con esa democracia que los convirtió en ciudadanos y europeos de segunda clase. El muro no vuelve, pero sí volvieron los fantasmas del pasado con peligroso auge electoral.  

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