Pedro Reina Pérez

Tribuna Invitada

Por Pedro Reina Pérez
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Una sola cruz, nunca más

“Somos más y no tenemos miedo” es una consigna poderosa, máxime cuando la enuncia un pueblo que porta en su rostro la cicatriz del silencio. Callar era imperativo aunque hacerlo violara la conciencia. 

A punta de macana y cárcel se persiguió al independentismo para reducirlo a la nada. A fuerza de chantajes se doblegó al estadolibrista para que guardara silencio, no fuera que por temeridad perdiera la casa o el empleo. Con demandas de lealtad absoluta se fidelizó al anexionista, para evitar que, por alguna fugaz imprudencia, pusiera en riesgo la ciudadanía y el pasaporte. Así fueron las cosas de generación en generación, hasta que un día las mordazas rodaron con tal fuerza que el primer grito devino ejercicio terapéutico. Nunca más—dijimos—, y andemos a la calle.

Ríos de tinta se escribirán sobre este momento histórico inédito, y con sobrada razón. Cada día trae una nueva sorpresa, una nueva forma de expresar el desprecio hacia los canallas de gabán y corbata que se mofaron de nosotros y de nuestros muertos. Empero, este momento supera esa puntual injuria y se extiende a otros agravios largamente reprimidos. La lista es extensa y lleva el testimonio personal de cada ciudadano. 

Nuestra clase política, en vez de servirnos, se aprovechó de nosotros hasta dejarnos en la insolvencia. Rotos por las traiciones y abatidos por dos huracanes, nos reconocimos unos a otros. Con tambores y cacerolas, caminando o en motora, por tierra y por mar. Solemnes unas veces y alegres las demás. Liberados, simplemente. Y resueltos.

La felicidad de este momento indica el fin de la lealtad ciega a los partidos, que claramente no nos representan. Esto no es poca cosa. Se aproxima una año electoral y la venganza del voto independiente sacude a los dos partidos de mayoría, que se saben objeto de nuestra furia. Aguardamos por la legislatura, si es que se anima a descargar su responsabilidad. El anexionismo teme un retroceso porque no sabe—o no quiere— explicar esta rebeldía. Donde antes hubo acatamiento y obediencia hoy hay rabia pura, y de todos los colores. No entienden una insurrección democrática porque nunca han visto una. Es obvio que desconocen la historia de Selma, Alabama o de Delano, California, por mencionar ejemplos apropiados.

El autonomismo anda por el mismo camino, llamando a celebrar el 25 de julio como si el Estado Libre Asociado (ELA) tuviera algún signo de vida. Bajo el yugo de la Junta de control fiscal y con sindicaturas federales anunciadas en varias agencias, el ELA es simplemente una alfombra para limpiarnos los zapatos. Enajenados y delirantes, los populares tratan de pasar agachados para no coger el cacerolazo que se merecen, pero no pueden. Suya es la herencia de una sola cruz bajo la pava, y suya la sentencia de que no volverá a ocurrir. El cuerpo del prócer yace finalmente en su última morada. Suya sea la paz de los sepulcros.

Me despido citando a Casa Pueblo, que es un lugar que lleva décadas modelando formas de vidas pacíficas y sustentables: “Regresa la felicidad a Puerto Rico, con un pueblo que lucha por un futuro diferente”. Exactamente.

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