Mayra Montero

Días bubónicos

Por Mayra Montero
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Y dale con Singapur

En Puerto Rico, desde hace tiempo, han corrido ríos de tinta, comentarios radiales o televisivos, sobre el milagro económico de Singapur.

Ha habido momentos en que uno siente como si Singapur fuese ese niño intachable del salón de clases, o el hermano al que siempre ponen como ejemplo a la hora del desayuno. Y dale con Singapur.

Nos recalcan que es maravilloso su modelo educativo, a base de incentivos a los estudiantes: tres niveles antes de llegar a la universidad. Y la enseñanza bilingüe de primer orden, que dispone que tres veces a la semana, durante cuatro horas, todos los alumnos cojan clases de inglés.

La seguridad y el sistema de salud singapurenses son alabados en el mundo entero. Mucho antes del coronavirus, ya en Singapur estaba prohibido sonarse la nariz o escupir en la calle. Las manifestaciones de protesta deben contar con el permiso de las autoridades, y no pueden participar extranjeros de paso, ni gente que no sea originaria del país, aunque sean residentes.

Hace algún tiempo causó gran asombro que el 97% de los habitantes de Singapur reconociera que se siente seguro en sus calles, que son muy limpias y ordenadas. ¿No les digo que es el estofón que siempre saca las mejores notas?

El hecho de estar en Asia, cercano a países donde el COVID ha arrasado, obligó al gobierno a tomar medidas tempranas y rigurosas. Nadie se atreve a saltárselas.

Por eso, porque estamos un poco hartos de que sea el modelo a seguir, el pariente que nunca comete travesuras y maravilla a los visitantes, atrayendo a todos los inversores por su disciplina y buenos números, nos asombra que, en medio de la pandemia, sigan ejecutando condenados a muerte, algo común cuando se trata de delitos por narcotráfico. Lo que ha llamado la atención en estos días, es que han reiterado la condena de un reo vía teleconferencia, a través de la tecnología Zoom. El método que utilizan es la horca, no se toman demasiado trabajo en evitarles sufrimientos a los ajusticiados.

¿Cómo se entiende que uno de los países con el nivel educativo más alto y participativo del planeta, alabado por todos, tenga tanta prisa en aplicar la pena capital, que ni siquiera pueden esperar a que pase la pandemia?

He leído que en general los condenados a muerte suelen ser extranjeros, quienes no se toman en serio, como sí hacen los locales, el rigor de las leyes en cuanto al tráfico de drogas.

Ahí tienen tela para cortar los sociólogos, psicólogos y, por supuesto, los grandes admiradores de Singapur, quienes son los indicados para profundizar en la dinámica de multas descomunales por infracciones nimias, y soga al cuello si agarran a un sujeto con las manos en la masa. Son implacables. Ni chicle se puede masticar en la calle.

En estos días de pandemia, Singapur trata de crecerse. Han tenido sus altas y sus bajas. Pero en general han bregado bien con el control de los contagios.

Fastidia decir que son casi perfectos.

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