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El maestro de la gráfica mantiene una estrecha relación con la “Mayor de las Antillas”.
El maestro de la gráfica mantiene una estrecha relación con la “Mayor de las Antillas”. (Benjamín Morales Meléndez)

La Habana, Cuba - “Aquí vengo a gozar, porque no hay nada que me guste más que dibujar”, dice el gran artista boricua Antonio Martorell, mientras retrata a varios cubanos en las paredes que dan entrada y salida a un ascensor en la prestigiosa Casa de las Américas de La Habana, Cuba.

Martorell lleva uno de sus característicos sombreros, firme sobre la cabeza, y las manos negras embarradas de carboncillo. No frena el trabajo y aun así conversa con todos los que se acercan curiosos a mirarlo en su curiosa labor, enmarcada en los espacios de un elevador.

Entre charla y charla, muestra su proverbial jovialidad: “Esa pose tiene una línea bien chévere, me gusta porque te da carácter y movimiento”, dice a una joven trabajadora de la institución que tomó de modelo.

El multifacético creador, nacido en Santurce (1939), culmina en la “Mayor de las Antillas” su próxima intervención plástica, Ascensor al Paraíso II, que inaugurará en Casa de las Américas el próximo 11 de julio. La pieza permanecerá allí quizás tantos años como la primera versión de esta obra, realizada hace dos décadas durante un taller de grabado que el puertorriqueño impartiera a jóvenes latinoamericanos.

“Sobre el infierno todos estamos de acuerdo, pero el paraíso nos lleva a conflicto siempre, no es lo mismo para ti, para mí o pa’ el otro”, dice en diálogo con El Nuevo Día, mientras recuerda la primera vez que intervino el elevador de la institución y las paredes aledañas en 1999.

Recalca que esta es la segunda ocasión que vuelve sobre el mismo tema en este lugar, “un dato importante, porque ascender al paraíso una vez ya es bastante, tener aspiración de ascender dos veces es casi un sacrilegio. Pero yo soy un sacrílego”, afirma mientras sonríe pícaramente.

La obra ya estaba deteriorada y ahora el maestro boricua regresó para crear otra totalmente distinta, que comenzó a gestar con los artistas que trabajan en su taller en la Playa de Ponce, y él mismo le da los toques finales en La Habana.

Explica que “es más fácil decirlo que hacerlo, usé variedad de materiales y soportes; volví a una idea que yo tenía originalmente y es que el ascensor es el viaje en comunidad más incómodo del mundo, porque es una comunidad forzada, involuntaria: la gente se monta allí y no sabe para dónde mirar”.

Dentro del ascensor dejará figuras de pasajeros que diseñó e imprimió en Puerto Rico, colocadas unas cerca de otras, cuerpos superpuestos que representan diversas actitudes y en las que escribió “aquellas cosas que la gente piensa y normalmente calla en un ascensor, y diálogos que se dan allí. Fue muy divertido”.

Además, en las paredes próximas representa “el acto de la espera, que es diferente del viaje” mediante dibujos que reproducen “una gestualidad parecida a la boricua, pero más cubana, porque son las de las personas que trabajan en Casa a quienes conozco y quiero mucho”, dice al tiempo que retoca los claroscuros y añade detalles a las siluetas que ya llenan la pared de vida.

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Cuba y Puerto Rico en su corazón 

Ni la tensa situación política con Estados Unidos, cuyo gobierno actual congeló los avances diplomáticos logrados por la anterior administración, disuade al artista de viajar a Cuba. 

“Yo regreso a Puerto Rico y no se ni qué me espera allá. Vine a cooperar, luego la gente de aduanas, de Migración, puede hacer cualquier cosa. Pero yo vengo a Cuba desde principios de los 80, he venido consecuentemente a hacer talleres, exposiciones. No he contado los viajes pero son por lo menos una docena. Nunca le he pedido permiso a nadie (ríe). No me preocupa, en todo caso me ocupa, cuando llegue allá”.

El maestro de la gráfica mantiene una estrecha relación con la “Mayor de las Antillas”, donde le otorgaron el título de Doctor Honoris Causa de la Universidad de las Artes en 2009. Ese mismo año la Casa de las Américas lo condecoró con la Medalla Haydee Santamaría, que en honor a su fundadora premia a los mejores artistas del continente.

“Este es mi segundo hogar. Yo en Cuba me siento a la vez más puertorriqueño y más cubano. Hay una identidad entre nuestros pueblos que para mí es patente”, afirma con emoción.

“Casa de las Américas es una institución que parte de la premisa de la hermandad, de una comunidad latinoamericana. Además, Cuba ha sido siempre la nación más solidaria con las luchas libertarias de Puerto Rico. Tenemos una deuda impagable, así que yo en Cuba tengo siempre mi corazón”.

Antonio Martorell cree que en el escenario actual “nunca fueron más ciertas las palabras de nuestra ilustre Doña Lola Rodríguez de Tió sobre ambas naciones, no han caducado, es más, se han potenciado con el paso del tiempo: recibimos flores y balas en el mismo corazón”.

Para él, ambas islas comparten “la necesidad de expresarnos, de ser nación, de librarnos del yugo que nos viene del norte, de la opresión, sobre todo ahora que hay ese fanfarrón [Donald Trump] en la Casa Blanca, un insulto a ese país y a la institución de la presidencia”.

Su hambre creadora no cesa

A sus 80 años recién cumplidos, el prolífico boricua, reconocido como grabador, pintor, dibujante, creador de instalaciones, escenografías y vestuario, entre otros ámbitos de la cultura, muestra una vitalidad y curiosidad de aprendiz. Antes de intervenir este mes en la Casa de las Américas, nunca había dibujado al carbón sobre la pared, pero cree “que un artista no hace lo que sabe, una artista aprende haciendo”.

En su obra, como en su vida, predomina la celebración: “Yo me niego al sufrimiento. Se dice fácil cuando uno tiene la posibilidad cotidiana de gozar trabajando, otra cosa sería picar piedra bajo el sol. Este placer que siento no es fácilmente transferible y estoy muy consciente de que soy privilegiado”.

Quizás por eso en la actualidad puertorriqueña, donde muchos ven sólo desastre, Antonio Martorell cree que hay saldos positivos.

“Es el peor momento económico, social, político, moral que ha tenido mi país, pero nos hemos dado cuenta por fin de que lo que no hagamos nosotros mismos no se va a hacer. Que la dependencia hay que sacarla, con la solidaridad, en el trabajo a conciencia. El huracán María sumado a los problemas políticos y económicos evidenció el mal que nos aquejaba, y nos dimos cuenta que podíamos contar con nosotros mismos y con la diáspora nuestra, parte innegable de la nación”, afirma.

“Entonces se dio un fenómeno no solo en la cultura, también en la agricultura, las ciencias, hay todo un florecer. Estoy más esperanzado en un país que lleva siglos de colonia, siempre proyectándose a un futuro que nunca llega. Este es el momento, el futuro llegó, no hay que esperar”.

Ya en la etapa de su vida que gusta definir como “superadulta”, todavía siente el hambre de crear, como un artista adolescente que experimenta en sus primeros bocetos. “Tengo un apetito voraz. Cada día estoy más ‘esmallao’. Dicen que el deseo nunca muere y es cierto, yo no me canso”.

Así participará próximamente, entre otros eventos, en una Bienal en el Bronx (Nueva York), a finales de octubre llevará piezas a la Universidad del Claustro de Sor Juana en Ciudad de México, donde realizará un homenaje a su cine en blanco y negro, desde Santa (1932) a Roma (2018).

“Voy a hacer un altar de muertos donde se verán fotogramas de las películas”, explica y evidencia una idea de la muerte, como metáfora de la vida, un deseo de jugar con los sentidos de los terrenal y lo divino, como en su Ascensor al Paraíso.

Cuando se le pregunta qué le ha traído esa preferencia por un comportamiento que él define como “sacrilegio” responde jocoso:

“Muchísimos placeres, pero casi todos están prohibidos, menos este: trabajar. Porque es que el trabajo creador es delicioso, mientras más lo hace uno, más ganas tiene. Es un vicio divino, y yo abuso de él. Realmente tengo que disciplinarme para descansar. Mi familia me dice que descanse para que conserve fuerzas. ¡Pero si a mí lo que me da fuerza es el trabajo!”