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José Torres con uno de sus cuatros.
José Torres con uno de sus cuatros. (Carla D. Martínez Fernández)

Davenport – Como para acentuar que esta ciudad ya se perfila como el nuevo enclave boricua en Florida Central, uno de sus residentes, el manatieño José Torres, suele interrumpir las muy silenciosas mañanas y tardes de su comunidad rasgando las cuerdas de alguno de sus cuatros puertorriqueños para extraerle algún aguinaldo o mapeyé.

Dice que como cuatrista es apenas un aprendiz, que su dominio del instrumento es limitado y explica que aprendió con un libro. Sin embargo, es otra cosa a la hora de fabricarlos. Sus manos logran transformar cualquier pedazo de madera en un hermoso y curvilíneo instrumento que para los puertorriqueños constituye uno de los más poderosos símbolos de la identidad nacional.

Ese arte le nació por casualidad. Tenía 13 o 14 años y su padre recién lo había matriculado en una escuela de Manatí a la que llegaba, en ocasiones, a bordo de un carro público. Un día, perdió el dinero del transporte y no le quedó más remedio que caminar hasta el plantel. En la ruta, por el camino que se conoce como “La cuesta de los baúles”, se tropezó con el taller de fabricación de cuatros y guitarras de Don Epifanio Valentín y se apostó en la puerta de la entrada a mirar.

Al día siguiente, hizo lo mismo: se paraba en la puerta de la entrada y se embelesaba observando a Don Epifanio mientras cortaba pedazos de madera, lijaba piezas y armaba un rompecabezas que daba vida a este hermoso instrumento de cinco cuerdas dobles y que es más pequeño que una guitarra.

“Estuve haciendo eso hasta que un día, Don Epifanio me dijo ‘o entras y me ayudas, o te vas’, y yo entré al taller. Él me puso a lijar unas piezas.  Así volví cada día durante los siguientes tres años. Entonces, un día le dije que me dejara fabricar mi primer cuatro. Él me guio, pero yo lo construí”, contó hoy José, quien tiene 52 años.

Con las complicaciones de la adultez, José dejó la artesanía a un lado, hasta que, tras una visita a la casa de su madre en Puerto Rico, ésta le recordó que por algún lado de la casa había guardado un cuatro a medio terminar. Se lo buscó y se lo entregó.

De regreso a Davenport, en febrero pasado abrazó el armazón y poco a poco lo terminó. Luego, se propuso construir otro y así avivó el amor por este arte. Como su taller es el garaje de la casa, un día un vecino lo vio trabajando en un cuatro y ofreció comprarlo, y así la voz empezó a correr.

“Esto es un pasatiempo para entretenerme. Allá en Puerto Rico tus vecinos son tus vecinos, pero aquí tu vecino está encerrado pues siempre está trabajando”, contó.

Sacó otro cuatro. “Este está hecho de cedro y cherry Wood, que es una madera americana. ¡Ya vez que estamos conquistando a los gringos! Este se armó en piezas”, dijo. Buscó otro: “Pero este se hizo de una sola pieza de madera. Su sonido es más agudo y por eso es el que más buscan los músicos”, explicó. Se los acomodó en el regazo, y tocó algo. “La caja es de árbol de yagrumo y la madera de Puerto Rico. Este puede costar entre $800 y $900”, explicó.

Sacó un cuatro que luce como aplastado. Chato. “Este es un cuatro eléctrico que me inventé”, dijo. Lo conectó a un altoparlante y tocó algunos acordes. “Suena a guitarra eléctrica, pero es un cuatro. Lo construí de cedro rojo y pino”, explicó.

En ocasiones, viaja a Ocala o a Lake Land donde ha identificado establecimientos donde venden buena madera. Cada instrumento le puede tomar dos o tres semanas, dependiendo de los detalles que le aplique.

Desde el interior de su garaje, allí en la ciudad de Davenport, emana el sonido que le hará virar el cuello a cualquier boricua cercano. Es la melodía de “Dame la mano paloma”, para que todos sepan que, para el puertorriqueño, la Navidad es cosa seria y ya está por iniciar.