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Tras 24 años laborando como policía en Puerto Rico, Ángel Ortega Franceschini decidió renunciar y buscar nueva vida en Florida. Hoy día, Ángel se desempeña como guardia de seguridad en un supermercado de Orlando y aprende inglés para eventualmente buscar (Carla D. Martínez / Especial para El Nuevo Día)

Orlando – Darling Rosario, natural de Yauco, trabaja como ayudante de maestra en una escuela de Kissimmee. Javier González, de Morovis, ahora recorre Florida y estados cercanos conduciendo un camión de transporte. Ángel Ortega Franceschini, nacido en Arecibo, trabaja como guardia de seguridad en un supermercado de Orlando y en ocasiones hace las veces de guardaespaldas.

Los tres tienen algo en común: eran policías estatales en Puerto Rico, pero renunciaron porque las condiciones laborales actuales de esa profesión no compensaban el riesgo diario de intentar ejercer la ley y orden en una isla donde a diario se vive una guerra en las calles, según dijeron en entrevistas separadas.

No son los únicos. En el 2016 renunciaron 197 agentes; en el 2017 se fueron 141 y en el 2018 dimitieron 278, según los datos del Negociado de la Policía de Puerto Rico.

En la actualidad, la Uniformada tiene 11,775 agentes, incluyendo los cadetes que han juramentado, informó la agencia. Esta cifra contrasta con los cerca de 22,000 policías que había hace siete años, según aparece en una medida de la Comisión de Seguridad Pública de la Cámara que estudia precisamente la pérdida de agentes en la Policía de Puerto Rico.

Los datos de 2019 no están disponibles, pues apenas el año comienza, pero reportes de prensa dan cuenta que esta tendencia continúa, aunque hay disonancia en las cifras: en enero pasado, el comisionado de la Policía, Henry Escalera, dijo que 59 agentes habían renunciado al cierre de ese mes. Pero la Corporación Organizada de Policías y Seguridad (COPS) sostiene que la cifra de policías que dejaron la Uniformada ese mes fue mayor y sumó 130.

Ángel Ortega Franceschini, en sus días como oficial de la Unidad Canina en Puerto Rico.

Los tres exagentes entrevistados ahora viven en Florida Central. Estos son sus testimonios.

Ángel Ortega Franceschini

Cada día, Ángel Ortega Franceschini se apuesta a la entrada del supermercado Bravo de Orlando, un reconocido establecimiento de alimentos hispanos.

Su porte y mirada penetrante revelan que no es un guardia de seguridad común. De vez en cuando, deja la entrada de negocio y camina por las góndolas, y cuando no está de turno en ese supermercado, la empresa que lo contrata lo destaca como guardaespaldas de algún artista o político que requiera seguridad especial.

Ortega Franceschini trabajó 24 años en la Policía de Puerto Rico donde laboró en la Unidad Canina y luego como agente del Cuerpo de Investigaciones Criminales de Arecibo. Tiene 46 años por lo que dedicó más de la mitad de su vida a ese cuerpo de seguridad. Pero el mes pasado presentó formalmente su renuncia luego de haberse trasladado a Florida hace seis meses.

“Me mudé a Florida, pero había estado regresando a la isla para cuadrar algunas investigaciones que quería cerrar. Pero en febrero renuncié formalmente”, expresó.

“Me fui porque el gobierno fastidió el sistema de retiro. Tenía el 65% de beneficio al retirarme, y ya me quedaban 6 años para jubilarme, pero lo cambiaron y me lo bajaron a un 35%. Eso me iba a dejar con una pensión de indigencia, me creó inseguridad para mi momento de retirarme”, dijo el hombre quien tiene dos hijos en edad universitaria.

De joven, soñó con ser abogado y se enlistó en la Policía como un escalón para lograr esa meta. Pero, una vez dentro, se enamoró de la profesión y hasta alcanzó varios reconocimientos como agente del año.

“Ser agente es un trabajo que llevo en la sangre. Jamás pensé que bajaría a ser guardia de seguridad, pues soy un agente experimentado, probado y condecorado, pero la situación con el retiro me obligó a irme de la Policía de Puerto Rico y de la Isla para tomar este trabajo que es provisional, pues quiero mejorar mi inglés para solicitar ser policía en Orlando”, dijo.

El dominio del inglés es el talón de Aquiles de muchos de los policías puertorriqueños que aspiran lograr un empleo como agentes en Florida Central, según reconoció en una entrevista reciente con El Nuevo Día el jefe de la Policía de Orlando, el puertorriqueño Orlando Rolón.

“Los policías boricuas pueden competir con los policías de acá, pues tiene la capacidad, pero si el inglés no es bueno, se le cierran las puertas. Esa es la parte más dura de mi trabajo pues sé que allá en Puerto Rico a los policías les han quitado beneficios”, dijo Rolón.

Con todo y eso, Ortega Franceschini dijo que le va bien y a pesar de que gana mucho menos de lo que recibía en Puerto Rico aseguró que el dinero le rinde para costear el alquiler de su vivienda, pagar sus gastos y hasta enviar a la Isla las pensiones para sus hijos. 

“La vivienda es extremadamente cara aquí, pero lo demás es más económico como la comida, la gasolina y la electricidad, Se logra un balance y Dios me abre las puertas”, dijo el hombre quien en la Isla recibía un salario de $3,400 mensuales, mientras que en Orlando le pagan a $12 la hora.

“Me hubiera quedado en la Isla si esto del retiro no lo hubieran cambiado. Lo que me alarma es ver que en un país en el que la criminalidad está rampante, esté emigrando tanto policía experimentado. El país se queda sin sus policías y los delincuentes aprovechan esa brecha para hacer lo que quieran”, señaló.

Aunque las cifras de renuncias que suministró la Superintendencia de la Policía no muestran una cifra astronómica, organizaciones profesionales que representan a estos agentes alertaron de que la cifra es más alta que se trata de una tendencia continua que va dejando a la Isla en una posición vulnerable en su lucha contra el crimen.

“Se nos están vaciando las gradas en términos de seguridad”, dijo Carlos Morales, presidente de la Corporación Organizada de Policías y Seguridad (COPS). “Puerto Rico  prepara los policías pero se van principalmente por la pérdida de beneficios como el retiro, y eso el delincuente lo sabe y por eso no le importa cometer los crímenes a plena luz”, agregó.

Ningún funcionario de la Superintendencia de la Policía estuvo disponible para entrevista. Tampoco se entregaron todas las estadísticas solicitadas y que incluían un desglose detallado de las razones para que los agentes dejaran la Uniformada, así como el total de policías en funciones para los años 2016, 2017 y 2018.

Tras tener su tercer hijo, Darling Rosario decidió dejar la Policía ante la incertidumbre y falta de beneficios. (Carla D. Martínez / Especial para El Nuevo Día)

Darling Rosario

El primer tropiezo en el sueño de Darling Rosario en su carrera profesional como mujer policía fue cuando le tocó dejar su casa en Yauco para establecerse en San Juan, a donde la habían transferido. Ello supuso que el bajo salario que devengaba –de $1,600 mensuales- se le redujera aún por tener que costear hospedaje y por la gasolina que consumía por sus viajes frecuentes al “pueblo del café”.

Cuando tuvo su segundo hijo, los turnos laborales la obligaron a perderse el momento en que su bebé soltó sus primeras palabras y dio sus primeros pasos. Por eso, cuando le nació el tercer vástago, quiso ponerle un punto final a su sueño. “Renuncié. No quería volver a perderme los momentos más importantes de mi bebé”, dijo.

Llegó el huracán María y la escasez de agua y alimentos para el pequeñín fue el impulso que la animó a mudarse a Kissimmee.

“Yo era agente, investigaba querellas, patrullaje y a veces estaba de retén en el cuartel. Una vez, guiando de San Juan a Yauco me quedé dormida. Mi turno era de noche y salía tarde. Me despertó la vibración de la goma con la cuneta, si no hubiera tenido un accidente y me hubiera quedado sin nada pues nos han quitado casi todos los beneficios y el seguro que hay en caso de un accidente no cubre nada”, declaró.

Aunque aún lleva en la sangre ese deseo heroico que lleva el que aspira con ser policía, Darling optó por cambiar su perspectiva y hoy día trabaja como ayudante de maestra.

“Pero antes de eso trabajé en Uber, como ama de llaves en un hotel hasta que apareció este trabajo en el sistema de escuelas públicas de Osceola. Como policía, lo que me pagaban no compensaba el riesgo al que me exponía y menos ahora que no hay un futuro cuando te retiras. Venir a Estados Unidos no estaba en mis planes, pero al llegar me propuse buscar un empleo en lo que fuera y me ha ido bien”, afirmó la mujer quien, de alguna forma, se ha convertido en una líder entre sus amigos expolicías.

De hecho, en febrero pasado organizó un taller en una iglesia en la que asistirían portavoces de las oficinas de los alguaciles de los condados de Osceola y Orange. La intención era orientar a los que acudieran sobre cuáles son los requisitos para ser policía en esas agencias.

“Era para 10 personas, pero llegaron cerca de 500 y hasta policías de Puerto Rico sacaron pasajes solo para venir a esa charla. Muchos me dijeron que iban a renunciar pronto para tratar de ser policías acá, pero acá hay que saber inglés para entrar. La mayoría de los policías que llega y toma el examen no lo pasa. Es en el inglés donde se cuelgan porque en términos de preparación, un agente boricua compite igual que uno de aquí”, agregó.

Pero balance neto para Puerto Rico es perdidoso, pues ese agente preparado y con experiencia que pierde la Policía de Puerto Rico supone un debilitamiento en un cuerpo de seguridad nacional que, de por sí, ya llevaba muchos años lidiando con una competencia desleal con el criminal, quien posee los recursos para tener la mejor tecnología para sus fechorías, mientras que las agentes muchas veces ni siquiera tienen un chaleco antibalas adecuado, según dijo Gregorio Matías, vicepresidente de la Asociación de Policías Organizados (APO).

“Se siguen yendo y los que quedan aquí han perdido la fe. Hay gran desánimo. El país está quedando a la merced del crimen”, declaró. “Antes las academias de policías se llenaban con 3,000 cadetes cada una. Ahora, apenas llegan a 1,000”, dijo Matías.

Javier González

“No es justo que el gobierno de Puerto Rico se quedara con el dinero de mi retiro y por eso me fui. Y me decían que si no hablaba inglés me iba a ir mal, pero no es cierto. Ahora estoy haciendo lo que hace la mayoría de los policías que renuncia en la isla se muda para acá: guiar camiones”, dijo el moroveño Javier González, quien tiene bachillerato, maestría y como agente policial llegó a alcanzar una posición como sargento.

Quería quedarse en la isla y hasta solicitar admisión a la Escuela de Leyes, pero la reducción de beneficios en la Policía de Puerto Rico lo llevó a pensar que lo mejor era mudarse a Estados Unidos con su esposa, cuatro hijos y olvidar los 15 años de servicio en la Uniformada.

“La semana que viene empiezo con mi propia compañía de Transporte que se llamará Family Transport”, dijo el hombre. “Esto aquí es un Puerto Rico mejorado”, sostuvo. “La diferencia es que ahora, guiando camiones, estoy ganando más dinero que cuando era sargento”, dijo el hombre de 34 años y quien se enlistó en la Policía a los 18 años.

“No quería que pasaran 40 años trabajando en la Policía y que cuando llegara mi retiro no tuviera nada, eso si es que no me lesionaba antes por alguna herida de bala o algo así. Y como no veía ninguna intención del Gobierno para resolver esta situación, me cansé de esperar, me fui y me va bien”, dijo.


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