La isla de Procida cobró una dimensión especial tras la filmación, en 1994, de la última parte de la película “Il Postino” (“El cartero de Neruda").
La isla de Procida cobró una dimensión especial tras la filmación, en 1994, de la última parte de la película “Il Postino” (“El cartero de Neruda"). (Unsplash) (ELNUEVODIA.COM)

Alrededor de tres cuartos de hora después de zarpar del Molo Berverello, uno de los embarcaderos de Nápoles, desde donde parten los barquitos a Procida, se empiezan a divisar las almenas de la fortaleza Terra Murata, ubicada en el promontorio más alto de esta isla y donde surgió el núcleo fundacional, su “corazón histórico”. Y si el viento es favorable y la época justa, a medida que nos vayamos acercando, sentiremos el perfume de los limoneros.

Unos cinco minutos después, ya se ven las casas que se empinan hacia las colinas con su policromía de ocres, rosados, azules. Estamos en el malecón de Marina Grande, en Procida, una de las islas más pequeñas de Italia, que ahora será una de sus capitales: la de la Cultura de Italia durante todo el año 2022.

La primavera y el otoño son, sin duda, las mejores épocas para recorrer esta isla de poco más de 4 kilómetros cuadrados, y más bien plana, lo que permite conocerla en poco tiempo. Aunque también uno puede tomarse las cosas con calma.

Procida cobró una dimensión especial para los chilenos tras la filmación, en 1994, de la última parte de la película “Il Postino” (“El cartero de Neruda”), dirigida por Michael Radford, una adaptación libre de la novela “Ardiente paciencia”, de Antonio Skármeta.

Por los pasados cuatro siglos Procida se ha ido manteniendo prácticamente inalterada. Sobre todo porque nunca ha estado en la ruta del turismo más de masa. Aunque hay guaguas que hacen el recorrido de Procida (el pasaje cuesta un euro y medio), lo mejor es moverse a pie. Y descubrirla, por ejemplo, a partir de los lugares de “El cartero”.

Es curioso. Aunque solo poco más de la mitad de las escenas de la película se filmaron acá (la otra mitad tiene locaciones en Salina, en el archipiélago de las Eolias, más cerca de Sicilia), es Procida la que se ha identificado totalmente con esta. Tanto es así, que incluso se creó una asociación dirigida por un apasionado de la poesía de Neruda y de Gabriela Mistral, Giosué Santillo di Scotto, quien hace unos años viajó a Chile y entregó a la Fundación Neruda una serie de diseños hechos por artistas procidanos y napolitanos en recuerdo de la obra de Radford.

Procida es una de las islas del Golfo de Nápoles, por su posición y cercanía recomiendo visitarla desde Nápoles o Sorrento. (Unsplash)
Procida es una de las islas del Golfo de Nápoles, por su posición y cercanía recomiendo visitarla desde Nápoles o Sorrento. (Unsplash)

En Procida, la mayor parte de las escenas se rodaron en el barrio Marina de Corricella, hasta donde se llega a través de unas callecitas estrechas flanqueadas por casas de colores desde cuyos balcones cuelgan buganvillas rosadas y fucsias. Como son tan estrechas, la mayor parte del tiempo son sombreadas, pero en algunos trechos de improviso se abren a placitas iluminadas por el sol. Casi siempre con una estupenda vista al mar.

En estos lugares, muchas veces la naturaleza se ha reapropiado de sus espacios: en las fisuras de lo que alguna vez fueron murallas de ladrillo, aparecen flores multicolores. O curiosas plantas cuyas semillas llegaron desde quizás donde.

Tampoco este lugar, que es la típica aldea de pescadores, ha cambiado demasiado. Quizás solo la pintura de las casas, ahora más brillantes. Frente al mar, y junto a las barcas de pescadores, muy ordenadas una al lado de la otra, encontramos La Locanda del Postino, el lugar donde el cartero Mario Ruoppolo (intepretado por el actor Massimo Troisi) se enamora de Beatrice (la actriz Maria Grazia Cucinotta), típica belleza del sur de Italia.

En esta ‘locanda’ (que se podría traducir como “posada”), toda una pared está dedicada a recordar el filme. Hay recortes de diarios, fotos, reproducciones de objetos y piezas originales de la producción, como la bolsa del cartero.

La película no se filmó totalmente en Salina, como era la idea original, una que “era necesario estar cerca del hospital donde se controlaba Troisi de su afección al corazón. Y como Salina queda muy lejos, se eligió a Procida”, dije Giosué Santillo di Scotto, un residente de la isla.

Desde la altura de uno de sus montes, la vista de Procida es espectacular. (Unsplash)
Desde la altura de uno de sus montes, la vista de Procida es espectacular. (Unsplash)

De hecho, Troisi, el cartero, murió de una patología congénita al corazón un día después de finalizar la filmación. Antes, su estado de salud había llegado a ser tan precario que todas las escenas donde se ve al personaje de espaldas (sobre todo cuando subía en bicicleta hasta la “casa de don Pablo”) fueron hechas por un doble.

Desde Marina di Corricella se llega hasta la playa que originalmente se llamaba del Pozzo Vecchio, por un antiguo pozo que servía para proveer de agua a la población. Sin embargo, desde la filmación de la película se le conoce como la del Cartero.

Esta vez, el recorrido no es por callecitas serpenteantes, sino por una especie de camino más amplio que bordea desde lo alto la playa, hasta donde se llega por escalones construidos en las rocas mismas. La playa no es demasiado grande, con poca arena blanca y algunos peñones que permiten no solamente nadar en unas aguas cristalinas, sino también descubrir arrecifes y grutas.

Antes de subir al núcleo histórico de la isla, Terra Murata, se puede recorrer el último lugar que recuerda a “El cartero...”, la Iglesia Santa María de las Gracias, desde donde partió la procesión de la película.

Está en la Plaza de los Santos Mártires de Procida, llamada así en recuerdo del asesinato por motivos políticos de 16 lugareños, ocurrido a fines del siglo XVIII. Esta plaza es considerada el balcón principal de la isla, ya que desde aquí se tiene una estupenda panorámica que abarca la playa del Cartero, el barrio de Corricella, la fortaleza de Terra Murata y el resto de las islas del golfo de Nápoles.

La Iglesia, construida a fines del siglo XVII en estilo barroco, antes se llamaba Semmarecio (en el dialecto local, “Santa María”) y aún la gente la conoce así. El interior está totalmente decorado con diseños florales, estucos, muebles de fina madera con incrustaciones de madreperla. En el altar central, un grupo de personas reza ante un cuadro adornado con incrustaciones de oro y plata realizado a mitad del siglo XIX, y que representa a la Virgen de las Gracias: la obra fue financiada totalmente por la población para agradecerle a ella haber salvado a Procida de la peste que asoló la región. Y la devoción, como se puede apreciar, ha seguido hasta hoy.

Desde la plaza principal, para subir a Terra Murata lo mejor es atravesar por el Canale Vascello, un antiguo barrio fortificado, ubicado en una de las cuatro esquinas de la plaza que en tiempos normales es escenario ideal para manifestaciones culturales de todo tipo.

La estructura actual, según me cuenta el asesor para el turismo y la cultura de Procida, Leonardo Costagliola, se remonta al siglo XVIII. Y el hecho de que sus características casas multicolores con los típicos balconcitos cubiertos estén pegadas una a la otra tiene su razón: de este modo se impedía el paso de los enemigos. Son las mismas construcciones que luego encontraré en el lugar más alto de la isla.

Decir que la panorámica que se aprecia desde este lugar encantado, que es la fortaleza de Terra Murata, es espectacular, no es ni con mucho una exageración. Después de una larga cuesta bastante empinada, ya que la fortaleza se encuentra a 90 metros sobre el nivel del mar, desde arriba en días despejados a lo lejos se divisa Nápoles y la mole siempre inquietante y en acecho del volcán Vesubio, además de Capri y la península sorrentina.

Todas estas espectaculares vistas, se podrían combinar bien con algo más mundano, como alguna de las delicias gastronómicas de la isla. Entre ellas, su imperdible ensalada de limones con menta, o su preparación de conejo con aceitunas. También está la pasta alla pescadora con anchoas y pimentoncitos verdes. Otra alternativa, es la lengua procidana, hecha con hojaldre y crema pastelera.

Aunque en una isla así, también es fácil dejarse tentar por placeres más sencillos. Como ir a cualquier cafetería y pedir “una colazione” , su sándwich con mozzarella, sobre todo de búfala, que en esta zona es espectacular. Y podría redondear la experiencia con algo imprescindible de probar aquí: su limoncello. Toda una degustación de película.

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