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Carlos Ortiz (izq) brilló en el boxeo con una depurada técnica y sólido desplazamiento en el cuadrilátero. Aquí, en una de sus peleas como campeón del peso ligero. (Archivo)

En la década de 1930, Sixto Escobar plantó, por primera vez, la bandera de Puerto Rico en el boxeo mundial.

Tres décadas más tarde, fue Carlos Ortiz quien abrió las compuertas del pugilismo para los peleadores del patio.

Polivalente y tenaz, Carlos Ortiz es el segundo campeón mundial puertorriqueño y ocupa el quinto escalafón de las Leyendas Boricuas del Ring.

Nacido en Ponce pero criado en Nueva York, Ortiz se albergó en el boxeo para evitar los problemas en las calles neoyorquinas, a donde se mudó de muy chico junto a su familia.

Ortiz mostró potencial con los guantes puestos, por lo que debutó como peleador profesional el día de San Valentín en 1955, cuando noqueó en un asalto a Harry Bell.

Ya que residía en la Gran Manzana —para entonces el centro del universo boxístico— Ortiz enfrentó a púgiles de calidad desde el arranque de su carrera.

Desde temprano en su vida boxística, Ortiz demostró gran capacidad asimiladora y fuerte pegada, al igual que un sólido desplazamiento en el ring y técnica depurada.

El fenecido cronista boxístico Mario Rivera Martinó describía a Ortiz como un púgil que podía “boxearle a los pegadores y pegarle a los boxeadores”, refiriéndose a la capacidad de Ortiz de utilizar de manera efectiva tácticas generalmente consideradas como contradictorias sobre el cuadrilátero. En esos aspectos, Rivera Martinó  solía ver similitudes entre Ortiz y otro de los grandes boxeadores boricuas.

“(Miguel) Cotto se me parece mucho a Carlos Ortiz, porque es muy buen técnico, pero le gustan las peleas emocionantes”, fue como Rivera Martinó describió los aspectos boxísticos que compartían ambos.


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