Imagen de la película
Imagen de la película "Alpha". (Suministrada)

Después de una temporada de verano donde los cines se inundaron de películas de superhéroes, secuelas y "remakes", resulta tentador exaltar los placeres simples de “Alpha”, la nueva producción de Sony Pictures que estrena hoy, simplemente por ser diferentes.

La realidad del caso es que aunque no hayamos tenido este verano ninguna otra aventura donde el protagonista enfrenta los elementos de la naturaleza de una forma realista, lo cual inmediatamente elimina “The Meg” y “Jurassic World: Fallen Kingdom”, no significa que esta película sea novedosa. El desarrollo de su trama es predecible y el gancho emocional de una historia que muestra cómo un joven logra domesticar a un lobo, no es particularmente original. Con ese contexto claro, resulta pertinente dejar saber que nada de lo antes mencionado le resta efectividad al entretenimiento que ofrece el filme.

Esto tiene todo que ver con que Alpha es el nuevo filme del director Albert Hughes, quien claramente aprecia la simpleza de la estructura dramática del guion y la utiliza de trampolín para colocar al público en un filme que no tiene interés en hacer ningún tipo de fusión cinematográfica.

Bajo la dirección de Hughes, esta película es una aventura tradicional. Lo otro que se logra al tener a Hughes en la silla del director es un filme con una propuesta visual épica y atractiva que sabe cuándo facilitar la trama y cuándo acentuar sus momentos emocionales.

La aventura de Alpha se desarrolla hace más de 20 mil años y tiene como figura central a Keda (Kodi Smit-Mcphee), un adolescente que tiene que enfrentar ser el hijo del jefe de su tribu durante un ritual tradicional que pone a prueba su hombría y justifica su lugar en el clan. Cuando un accidente lo separa de su grupo mientras están de cacería, el protagonista tiene que enfrenar los elementos de la Era de Hielo solo. Durante esta prueba de supervivencia, Keda logra entablar una relación peculiar con Alpha, un lobo que también quedo aislado de su manada.

El temple de Hughes detrás de las cámaras no es lo único que logra que la naturaleza episódica del guion no se convierta en un estorbo para el entretenimiento del espectador.

Después de haber tenido su fase incómoda de “adolescente en crecimiento” en filmes como “Dawn of the Planet of the Apes” y “X-Men Apocalypse”, Kodi Smit-McPhee vuelve a conectar con las cualidades distintivas de sus interpretaciones en “The Road” y “Let Me In”. El actor logra balancear perfectamente la vulnerabilidad de su personaje junto con su fuerza interior, evocando efectivamente sin tener que recurrir a monólogos o momentos histriónicos obvios.

La última sección del filme adopta la noción de un melodrama: mientras más sufre el protagonista para conseguir su objetivo, más gratificante será para el público cuando lo logre.

El filme abusa de este cliché, pero eso no quita que sea cierto y no le resta el peso emocional o el impacto visual de la jornada previa al final predecible.


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