De izquierda a derecha, Lin-Manuel Miranda, Pixie Davies, Joel Dawson, Nathanael Saleh y Emily Blunt. (AP) (semisquare-x3)
De izquierda a derecha, Lin-Manuel Miranda, Pixie Davies, Joel Dawson, Nathanael Saleh y Emily Blunt. (AP)

Una chulería de principio a fin. Esa es la mejor forma de describir la magia particular de “Mary Poppins Returns”, la secuela del clásico de Walt Disney Pictures que estrena hoy en Puerto Rico.

Resulta apropiado que un estudio que no duda en realizar versiones nuevas de sus clásicos animados haya optado por filmar una secuela de Mary Poppins.

La nueva oferta es un maravilloso ejercicio de nostalgia que constantemente le rinde tributos a la versión original a la vez que se encarga de expandir sus encantos.

Aunque la combinación de los talentos del director Rob Marshall (“Into the Woods”, “Chicago”), Emily Blunt en el rol titular y Lin-Manuel Miranda en su primer rol sustancial en la pantalla grande logran que ese objetivo se cumpla con facilidad; la conexión de sus esfuerzos con el pasado funciona como un arma de doble filo.

Que el filme evoque la alegría y la inocencia de la película original es uno de sus mayores triunfos, pero de la misma forma resulta bien poco probable que alguien que esté teniendo su infancia en el nuevo milenio se rinda fácilmente a los encantos conservadores de esta secuela. Eso convierte a la película original en una asignación obligatoria antes de salir al cine a ver esta. En contraste, resulta poco probable que los adultos que sí experimentaron la primera película en su niñez no caigan bajo el hechizo peculiar de este película en menos de un minuto.

La idea de otra historia protagonizada por Mary Poppins no es un invento oportunista de Disney. Pamela Lyndon Travers publicó 11 libros de aventuras mágicas con este personaje. Sin embargo, la trama de esta secuela no adapta ninguna de las historias de la creadora de Poppins.

Esta historia “original” ha sido construida como un un eco de lo que se hizo en el primer filme. Las circunstancias son diferentes, pero en esta ocasión es Michael Banks (Ben Whishaw) quien está emocionalmente desconectado de sus hijos debido a una tragedia familiar. Esto se complica con una crisis económica que amenaza con dejarlos sin hogar. Justo cuando Michael y Jane (Emily Mortimer) están a punto de darse por vencidos, Mary Poppins (Blunt), la niñera que rescató su infancia, regresa a sus vidas para ayudarlos.

La estructura dramática de la película no es el único recurso de esta secuela que emula la versión original.

Los números musicales se han desarrollado de la misma forma. La única razón por la cual esta película no puede ser descartada como un “remake” disfrazado de secuela es la dirección de Rob Marshall. Su trabajo aquí no está a la altura de lo que logró con su adaptación de “Chicago”, pero eso no quita que su dirección sea ágil y enfatice lacomedia y la diversión que trae el regreso de Mary Poppins a la pantalla grande.

Al estar protegido bajo la clasificación de “clásico”, resulta fácil olvidar que la última sección del primer filme es descarrilada por un aire melancólico que neutraliza la magia del personaje titular e interrumpe por completo el ritmo de la trama. Eso no sucede en esta ocasión, y Marshall balancea mucho mejor lo dulce con lo amargo que emana de las nuevas tribulaciones de la familia Banks.

De la misma forma, por más idealizado que el público tenga la interpretación de Julie Andrews en la primera película, es imposible no reconocer que la versión de Emily Blunt tiene su propia magia. La actriz se entrega por completo a las cualidades mas excéntricas del personaje, lo cual acentúa la comedia del filme con mucha efectividad.

De otra parte, el valor de la inocencia y de no olvidar lo que es mágico en el mundo es aportado por el personaje que interpreta Lin-Manuel Miranda. Jack es el aprendiz de Bert (el personaje de Dick Van Dyke en la original) y el único de los adultos que ha podido preservar todos los momentos mágicos que vivió en su infancia junto a Mary Poppins. Aunque el creador de Hamilton no tiene la agilidad física que distinguió el trabajo de Van Dyke en la oferta original, su carisma y talento musical es más que suficiente para anclar todos los números en los que participa.

No obstante, con todo esto a su favor, existe un aspecto donde esta película no supera los alcances de la original.

Las canciones originales de Marc Shaiman y Scott Whitman son efectivas y enfatizan la magia cinematográfica de la producción. Aun así, ninguna de ellas registra como un clásico que vaya a ser recordado más allá del estreno de la película. Independientemente de esto, el trabajo de Marshall, Blunt y Miranda evitan que la medicina (los mensajes positivos que aterrizan con muy poca sutileza) de este filme no sea insufrible y que su azúcar (que se manifiesta en olas de comedia y nostalgia) sea irresistible.


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